viernes, 10 de noviembre de 2017

Reynosa violenta



He resistido el impulso de escribir sobre la violencia de Reynosa. No me gusta quejarme en público; solo en privado o con mis allegados, íntimos. Pero las secuelas del estrés, de la angustia, están dejando marcas en mí: una colitis aguda, noches de insomnio y de pesadillas cuando logro dormir. No puedo más. Tengo que decirlo: esta no es la vida que conocí.

Hace 17 años tenía dos hijos pequeños. En la zona rosa de Reynosa había centros nocturnos que permanecían abiertos toda la noche. Yo no los visitaba pero sabía que la ciudad tenía una vida nocturna tranquila, festiva y despreocupada. La calle del taco era una efervescencia de olores y sabores a disposición de los trasnochadores. Recuerdo una madrugada de borrachera con mi amigo Pachuco; después de agarrar la jarra en el New West fuimos a una taquería en la calle San Luis de donde me llevé el plato de menudo a casa. Eran los años noventa, mi época de universidad. Pachuco rentaba un cuarto a mamá. Ella se había ido al otro lado no recuerdo la razón. Llegamos ebrios. Abrir el candado del portón fue un desafío; dormir, otro. Pachuco me levantó a caminar por el patio para bajar la peda. Vueltas y vueltas en el jardín hasta que le dije que yo nunca había vomitado, que podía dormir sin problema. En la mañana, mamá llegó y nos encontró crudos. Sorpresa.

En el 2000 recuerdo que Sinaloa era el estado más violento del país. Los asesinatos se contaban por cientos y yo leía los periódicos con morbo. Imaginaba la barbarie como un ente irreal, lejano. Luego, con el señor que le declaró la guerra al narco, con todas sus letras, vino la guerra, la de verdad. Los tiroteos pasaron de ser esporádicos a comunes luego a los periódicos luego al silencio luego a la nada. La realidad no estaba en los medios pero sí en las calles. Una madrugada de 2010 Reynosa despertó con una balacera que todavía recuerdo: mi perro ladrando, los disparos al sur, de metralleta, y explosiones por horas. Esa mañana tenía que cruzar al otro lado para tomar un avión a Georgia. Mis compañeros de trabajo y yo viajamos preocupados. No pretendo hacer crónica ni periodismo. Cuento mi experiencia, nada más. Ese día era el inicio de lo que vivimos hoy.

El 22 de abril de 2017 Reynosa vivió una madrugada de sangre, bloqueos, incendios... recuerdo un cuento que escribí años antes. En él imaginé lo peor: una ciudad en llamas vista desde un avión que llegaba al aeropuerto. La realidad me superó, como sucede a toda ficción. Me pregunto cómo vieron a Reynosa los viajeros que llegaron al aeropuerto ese sábado. Un amigo querido me dijo hace un par de semanas: piensa lo peor, lo que nunca te hayas imaginado, Reynosa lo supera.

Y así es.

Imaginen que tienen que salir al trabajo con la angustia de ser despojado del coche, secuestrado o, en el mejor de los casos, ponchado en una calle. Imaginen las balas en el estacionamiento de un centro comercial, una balacera justo frente al lugar donde laboras, una bala perdida que arrebata hijos deportistas, padres de familia, amigos... Imaginen un gobierno que existe nada más en la constitución política, porque en la realidad de sangre, de miedo, de Reynosa, los vivos y los muertos son tan tercos, pero tan tercos, que desprecian cifras, estrategias, planes, etiquetas; llenan tumbas y corazones y, en el mejor de los casos, memorias.

sábado, 22 de abril de 2017

Diario de recuerdos

En 2004 empecé a escribir en un diario recuerdos de mi infancia. Sólo escribir. Lo primero que viniera a mi mente de esos años. 
La primer entrada está fechada el 16 de julio. Escribí sobre mi maestro Joaquín y cómo él se enamoró de una compañera de trabajo, casada. Un día, ella abandonó la escuela, su carrera docente, al terminar el recreo. Rememoro al maestro Joaquín subiendo a su combi, desesperado. Moreno, ojos rasgados, pelo chino. Alto, con carácter, y un corazón roto que apenas pudo ocultar mientras se disculpaba frente a la clase de tercero, mi salón; un montón de niños. 
La segunda entrada trata sobre un domingo. Está fechada el 18 de noviembre. Norbert, el niño, intenta cambiar mentalmente las luces de los semáforos. De repente, mamá baja del coche y le pega a puño limpio a un fulano que vapuleaba a un niño en la banqueta. "¡Pégame a mí! ¡Pégame a mí!", grita ella. Papá baja para regresarla, como puede, al coche. Norbert se siente seguro con ella. Sólo con mamá. 
La siguiente entrada es sobre lo que considero mi recuerdo más lejano. Una noche que perseguí a un gato negro. Vivíamos en Jojutla, Morelos. El minino, en plena persecución, se detuvo en la acera y volteó a verme; sus ojos brillaron como dos tizones anaranjados. Sentí miedo. Acaso tendría tres años. A pesar de la experiencia, no temo a los gatos. 
El diario continúa. Es un esfuerzo inútil por registrar al niño que fui. 
En este momento, me vienen imágenes de experiencias sobre las que no he escrito. Un dóberman que mató a un niño porque no lo reconoció una noche. Una piñata de celofán llena de globos. Las clases de inglés de mamá en la Casa de la Cultura. Las canciones de Juan Gabriel. El gato siamés del mismo nombre. El cielo del atardecer, llenándose de estrellas. La niña de enfrente coqueteándome en la ventana. Un hombre caminando por la calle con un costal de tela blanco a la espalda una mañana de sábado (¿un ladrón?). Las paredes azules de la casa. Las cortinas largas bloqueando la luz. El fantasma del niño Perico, atropellado hacía muchos años y que se me apareció. El perro Huevín. El colchón incendiado por mi hermana con una vela. El olor a pinol del piso recién trapeado. El programa Sesenta minutos con Jaime Mausán hablando de ovnis. Mi cumpleaños siete con pastel de Mickey Mouse, piñata y niños vecinos, sin regalos. Año 1984. El programa Cosmos, pasado 1985. Mi favorito 

domingo, 4 de septiembre de 2016

Noche

moonlit-shadow-night-trees
Tomo el canto de los grillos.
Bajo el pasto los caracoles reptan al lecho
Las estrellas ríen con luz titilante.
El cricrí entre mis manos
Cosquillea
Como el sol acaricia la madrugada.
Abro mis palmas y surge,
No el día,
No las horas despertadas.
Brota un raspar de patas
Que intenta una oración
Un llamado inútil
En medio de la noche.
La Noche

jueves, 4 de agosto de 2016

La cosa más rara que vi hoy


El 4 de julio escribí Escarabajo verde. Su título original era "La cosa más rara que vi hoy"; luego, lo cambié, no recuerdo la razón. El 31 de julio, mi esposa y yo nos topamos con el coche y le tomamos varias fotos: #LaCosaMasRaraQueViHoy. Carne asada donde sea.

martes, 2 de agosto de 2016

Recuerdos II


Qué razón tenía Gabriel García Márquez cuando dijo: La vida no es lo que uno vivió, sino lo que recuerda. Días después de escribir mi entrada Recuerdos I me di a la tarea de corroborar detalles que mencioné en ella y descubrí que muchos de ellos no eran exactos. El hecho despertó mi curiosidad. ¿Entonces qué recordaba? ¿Una mentira, una ficción? ¿Dónde había quedado la realidad que viví? ¿Cómo debería tomar, de ahora en adelante, el resto de mis vivencias, de mis memorias?
Las trampas de la mente al retroceder en el tiempo son intrincadas, uno se interna en un laberinto de paredes que flotan en la realidad nebulosa de Schrödinger. Tal vez nuestros recuerdos son cuánticos y saltan entre esta y otras realidades atómicas, creando vivencias, sueños y pesadillas. Es una posibilidad que me gusta, pero ficticia.
Pienso en un viajero que tras leer Recuerdos I decide visitar los lugares que describo. Qué decepción —o acaso tristeza— sentiría al toparse con la realidad y no con mis recuerdos.

sábado, 30 de julio de 2016

Recuerdos I

En mi pre-adolescencia, papá solía llevarnos a Linares, donde el negocio de mi abuelo tenía camiones que cargaban barita y calcita pulverizadas en un molino local. Entraño muchos recuerdos de esa época. Experiencias que se presentan en mis sueños y en mis textos.
El "rancho" de papá estaba en las afueras de Linares, junto a la carretera. Al otro lado de ella, un arroyo de agua caliente brotaba del suelo bordeándola; metros adelante, se hundía en la tierra, permitiendo un paso hacia el bosque para los coches, a cuyo extremo el arroyo enterrado parecía continuar su curso. Pero no era así: se trataba de un arroyo distinto, una corriente de agua helada.
Otro recuerdo que guardo es la carretera perdiéndose en las estribaciones de la sierra hacia Galeana. (En un punto de ella, a veces nos deteníamos a desayunar en una cabaña. Jamás probé guisados ni tortillas hechas a mano de sabores irrepetibles que perdurarán en mi memoria) La carretera hacia Galeana. Un montón de cerros parecen jalar el largo hilo de asfalto hacia una cerrería agreste, rocosa, gris salpicada de verde. Huele a monte. Galeana está en lo alto, recuerdo, entre el frío y el verde de buganvilias monstruosas que han engullido las casas blancas de techos de teja de barro. Calles empedradas y el cielo azul a la mano. Uno podría tomar las estrellas durante las noches para marcar los cuadros de las cartas de la lotería, o podría, simplemente, tirarse en las alturas para ver el mundo entero, allá abajo, en la oscuridad de las montañas. El silencio aquí calla, abre paso a la música del cielo.
Recuerdo un relieve tallado en la montaña. Enorme, azteca.
Iturbide está en el extremo contrario del camino. Un pueblito desmoronándose casa a casa hacia el vacío. Ahí tenté los cuernos aterciopelados de un cervatillo y retraté una tarántula con una cámara desechable cuyos negativos jamás pude revelar.
En Linares conocí a una niña que vivía cerca de la iglesia, cumplía años el 27 de agosto (desde ese día me aficioné a los números y sus cábalas imposibles), probé las natillas (dulces de leche quemada) y las glorias (natillas con nuez), visité la casa de un amigo de papá hundida en los naranjales y probé los jocoques. En una llantera, junto al tambo partido a la mitad, lleno de agua para probar los neumáticos, supe qué eran los tordos y las brujas de La Petaca. Un día, en el molino, atrapamos una; transfigurada en lechuza... o acaso era un ave que perdió el rumbo por culpa de las luces del molino que apagaban la noche. (Murió, sin comer ni beber, encerrada en una jaula cuando íbamos rumbo a Guadalajara en la combi de papá).
La Petaca, recuerdo, era un montón de casitas insignificantes. "Cómo pueden vivir aquí las brujas", pensé. Se parecía a Reynosa: polvosa, caliente, normal. Sin brujas ni fantasías. Normal, reitero. Nada extraordinario.
Cerro Prieto: un enorme mar azul, redondo, brillando en la blancura de un desierto de tierra blanca, valga la redundancia. El calor ahí era más blanco que azul, se pegaba a los labios y a los ojos. El agua de Cerro Prieto es una aparición: flota en el vaho del calor que transpira la tierra blanca: un espejismo. (Pescamos en Cerro Prieto peces imaginarios que no recuerdo.) Lo rodean, esqueletos de árboles, de pájaros exhibiendo su osamenta entre sus ramas; sal. Pieles bronceadas y anegradas; asoleadas. El agua es una masa azul sobre la que caminan sin descanso las angustias y los ojos. El oído se acostumbra al silencio de Cerro Prieto, que grita más que el cielo y la tierra blanca. Las estrellas aquí no son de fiar; si son fugaces, seguro son brujas expulsadas de La Petaca, o una constelación rendida por el calor.

lunes, 4 de julio de 2016

Escarabajo verde


Hoy vi un bocho verde que tenía soldado en la defensa trasera un tubo que sostenía un pequeño cilindro de gas convertido en asador.

domingo, 12 de junio de 2016

Comentarios sobre Vasodilatador de Joel Plata


Conocí el libro de Joel Plata, la división y otros muertos, por las redes sociales.

Los poemas de esta obra abren el entendimiento a una nueva manera de vivir el mundo. Joel pone en palabras asuntos cotidianos ya sin su cariz normal. En Vasodilatador, mi poema favorito, escribe:

El día vino a sacudir su cabellera a mi ventana
el aire es un avestruz escondiendo la cabeza
en un semáforo

Tres líneas bastan para situarlo a uno al volante frente a la interminable luz roja de las calles que impiden avanzar, respirar. Esperar el paso ante un semáforo, como dice el título del poema, dilata los vasos sanguíneos, eleva la presión de la sangre, desespera.

Una colt llora un espacio
luces pedunculadas luciendo un huso de viento
metonímicamente supermacho

Tres luces que son balas para quienes no tenemos tiempo, imponen una autoridad, siempre arbitraria, para regir nuestro tránsito por la ciudad, ese ente, ser vivo.

tocamos una pianola muerte (dedicada)
a los túneles o reflejos en la tapa del wc
para contemplarnos

Es en ese momento de espera, de sangre precipitándose al corazón, pobre máquina, que uno ve, cara a cara, la realidad, su propia condición.

la calle bostezando al borde de la acera
verosímil
imposible suspender la osamenta

La espera ante el semáforo es una muerte pequeña, un aburrimiento, un fastidio.

La ciudad no está
se ha suicidado en una botella

Hasta que sólo es uno y la espera, no la ciudad, que ha muerto por propia mano.

sábado, 7 de mayo de 2016

Mitzi, Mitzi araña

Envidio a quienes dicen recordar su primer día de clases. Yo no recuerdo el mío. Supongo que se debe a que, para mí, no fue nada especial, porque no guardo recuerdos traumáticos ni sentimentales de él. No tengo en mi memoria un pedazo de mundo que pueda nombrar “mi primer día de clases”.
                Hay en mi mente, sin embargo, un vendedor de chupirules y de manzanas cubiertas de un caramelo rojo; un día sin nubes lleno de un cielo azul, pero no de sol; una canción de Güinzi, Güinzi araña y las yemas de mis dedos tocándose como una escala de Jacob; una resbaladilla hundida en la sombra; y flores, las múltiples manos moradas de una buganvilia intentando aferrarse al aire, a la luz, a lo que sea.
                Hay un recuerdo: la maestra saliendo del aula; en el pizarrón una plana, la misma que repito en mi cuaderno. La puerta marcando el límite a la oscuridad de los enormes fresnos que cobijan el recinto. Un minuto, tal vez menos, de orden… luego, los cuerpos de los otros, niños y niñas, invadiendo los pasillos entre los mesabancos con sus caras planas a la deriva en medio del desorden, mi cuaderno de doble raya, mi mano, un lápiz en mi palma izquierda, con la que escribía, el dolor, mi llanto, el lápiz amarillo ensartado como una flecha en la piel de mi mano.
                El llanto. El desorden. El dolor.
                Las caras de la directora y de mi maestra, en la Dirección, rojas y duras como el caramelo de las golosinas que no podía comprar. El cielo, ampliamente azul, sin nubes. El señor de los chupirules, bastón-palo en mano ensartado de manzanas acarameladas, en silencio, con su rostro moreno y sudado. En silencio. Mi mano vendada.
                La lluvia de Güinzi-Güinzi Araña borbotea en mi mente.
El llanto y el dolor; la araña y la lluvia; la escala de Jacob; el sol a la deriva en la soledad azul; las buganvilias como dioses hindúes aferrándose a la eternidad; el lápiz; la sangre; la plana incompleta... Mi primer día de clases.

viernes, 5 de febrero de 2016

Un sueño

Soñé que iba a presentar un libro ajeno junto a Mónica Lavín. A minutos del evento, era la primera vez que yo lo leía. Presa del miedo, comencé por el prólogo, luego un cuento y otro y otro, hasta que mis manos empezaron a pasar las páginas y a sudar. Entonces, Mónica tomó mi hombro y me dijo: "No te compliques. La mente de una doctora está fuera de este mundo".
Una doctora... Fuera de este mundo. En el sueño razoné que el argumento tenía lógica y peso. Mi mente "real" concluyó que el libro era de Cristina Rivera Garza. Después de todo, estaba soñando. Una historia como cualquiera en la que todo puede suceder, contada por mí y para mí.
El libro tenía pastas rosas y era del grosor de mi dedo: más de cien páginas. Una doctora, pensé -no sé si en el sueño o fuera de él-, una doctora cuya mente está fuera del mundo.
Mónica, toda elegancia y buenos modales, cabello bien peinado y uñas recién pintadas, nítidas como las flores, me sonrió. Carraspeé para aclarar la voz.
Tomé el asiento central de la mesa y levanté la mirada. Un montón de sillas vacías. Mónica Lavín a mi lado, el libro rosa de crg en mis manos.
Desperté.

viernes, 29 de enero de 2016

Amanecer








Hoy, dentro del coche, vi el amanecer. Miraba hacia el sur. El cielo clareaba desde el noreste hacia el sudoeste. A mis espaldas: la oscuridad. Entonces, recordé un video publicado en Twitter por la NASA donde se distingue la línea de sombra del amanecer y el atardecer: no va directamente de norte a sur. Más bien es una recta inclinada cuya dirección se modifica conforme avanza el año a través de las estaciones.

Ahora que conozco la dirección de la línea del amanecer, me es fácil distinguirla en el firmamento. Siempre estuvo ahí, ante mis ojos. Pero yo no la veía.

Echa un vistazo al Tweet de la NASA para ver la línea de sombra del amanecer (segundos 8, 22 y 37) y del ocaso (segundos 0, 12, 26 y 40). Es fácil apreciar que la noche dura más que el día, típico durante el invierno.

Nota: la publicación original de la NASA es sobre los efectos de El Niño. Yo uso el video como un apoyo para ver la línea del amanecer y de la noche.


 @NASA: https://twitter.com/NASA/status/685594204479737856?s=09

lunes, 25 de enero de 2016

Nunca más


La primera vez que leí El cuervo fue en una estética, en los noventa. El libro estaba enterrado en una pila de revistas TV y Novelas. Lo leí al pie de un televisor, mientras la dueña hacía un permanente, muy popular entonces.
Yo no sabía lo que era el busto de Palas, jamás había escuchado del nepente. Leí el texto varias veces. Me intrigaba el hecho de que un cuervo hablara, que lo hiciera infundiendo terror, en un poema. En Reynosa existen las hurracas, cuervos menores, ordinarios. Sus graznidos sólo dan tristeza, cuando mucho. Sus cuerpos, lástima.
Había escuchado que los cuervos eran aves inteligentes. Que sabían abrir las cremalleras de los equipajes en algún parque de Estados Unidos para robar la comida. Pero, ¿que hablaran?
Hace unas semanas mi padre me contó que él iba a la misma estética (mis padres están divorciados desde los ochenta). Me contó sobre lo bien que la mujer cortaba el cabello. Lo barato que costaba el corte. Cuando él me dio santo y seña sobre el lugar, pensé en el poema de Poe. En el estribillo del cuervo.
Hoy mi hijo mayor, de veinte años, me dijo que no había entendido el escrito. Tomé el libro que reúne las obras completas de Édgar Allan Poe y releí el texto. No tengo un dintel ni un Palas, tampoco una Leonora... pero el cuervo está justo frente a mí. Con sus ojillos rojos y el graznido de su voz hurgando los rincones de mis recuerdos. Trixie, mi gata, me acompaña, inquieta. Estoy seguro de que escucha la voz del ave de ébano pronunciando el nombre de esa mujer perdida en los brazos de la muerte. Esa mujer cuyo fantasma flota en los versos de Poe.
Nunca más, Never more.
¿Cómo explicarle a mi hijo que El cuervo es una metáfora del pasado?

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Limpieza profunda

Con el tiempo, las casas se desgastan: se llenan de polvo sus rincones, de cochambre los intersticios de la cocina. Los dormitorios se tornan en nidos de ácaros y de sueños y de querellas maritales cuerpo a cuerpo, palabra a palabra. El jardín, si lo tienen, llega un momento que se cansa de verse bonito y se pone a crecer, a merced de la entropía. La casa pequeña se vuelve enorme. La familia numerosa se reduce.
Esmero, limpieza profunda, renovaciones: actos de fe genuinos. Preparar la casa para la fiesta —el futuro— a ciegas.
Tirar lo viejo, lo desagradable y calamitoso, amontonar las cacerolas y las sartenes —arrastrar cadenas— hacer resonar sus voces huecas. Restregar el piso y las paredes, la piel para eliminar los recuerdos, la mente para borrar las sensaciones. Limpieza profunda: arrancar los vellos de la nariz con aromatizantes, lejía y desinfectantes. Preparar la casa, la comida, recibir a los invitados, a la familia, a los demás... luego se van, no regresan.
Limpieza profunda.
Las casas, a veces, se abandonan: se llenan de nostalgias y de lágrimas, de espacios vacíos o de cachivaches o de basura o de muertos. De gente desconocida. De mascotas que suplen la familia mas no los seres queridos. Se llenan de nombres, de ecos de nombres —voces de cadenas— que se multiplican en los dormitorios e invaden los rincones, los intersticios de los rincones, del cochambre y del polvo, porque no pueden restregar el cerebro o el corazón.
Limpieza profunda.
Los ácaros baten las cazuelas junto a las cucarachas y los roedores. El jardín es una selva con cara de desierto; mientras las cuentas, las enfermedades, las visitas efímeras: florecen. El dormitorio es un ensayo de tumba.
Las casas requieren limpiezas profundas, de todos modos. Con vivos o sin ellos, con ácaros o sin muebles, con sueños o sin dormitorios, con paredes recién pintadas y pisos renovados y un letrero de venta clavado en el periódico... la limpieza profunda de las casas perpetúa la esperanza, la vana y fútil esperanza, de la eternidad.

martes, 29 de diciembre de 2015

Una tarde de compras

No sé cómo empezar a describir lo que sentí esta tarde. Mi hijo de 15 años y yo, tras pagar el mandado, nos habíamos adelantado y acabábamos de entrar al coche a esperar que mi esposa regresara del supermercado. Para tener un poco de aire, bajé las ventanas a la mitad. En eso, escuchamos un rechinido de llantas. Luego unos gritos: “¡Agárrenlo! ¡Agárrenlo!”. Lo primero que pensé fue que el conductor de la troca que rechinó las llantas (ignoro por qué asocié el sonido con una camioneta y no con un sedán o un taxi)  había atropellado a alguien y, tras escapar, lo perseguían.
Por el retrovisor vi a un trío de huercos que perseguían a un cuarto. Luego los vi correr por el lado izquierdo y cuando estaban casi frente a  nosotros, el acosado soltó un grito que se estrelló en forma de puño en el oído de uno de sus perseguidores.
Ninguno de los cuatro iba armado.
La persecución continuó entre los coches estacionados. Hacia la derecha la camioneta (esta vez comprobé que sí se trataba de una troca) rechinó las llantas de nuevo y se dirigió al lugar donde el trío tundía al perseguido. Era una camioneta de modelo reciente, limpia, de rines caros; como las que traen “ellos”, los “malos”.
Decidí que era momento de sacar a mi hijo de ahí.
—Vámonos a la tienda—le dije—. Antes de que se agarren a balazos.
La verdad no sabía qué pensar. Si sólo le darían tremenda madriza al pobre huerco o lo “levantarían” o lo ejecutarían ahí, frente a todos los que mirábamos. Frente a mi hijo.
Fuera lo que fuera, supuse que lo mejor sería evitar el horror de esas posibilidades.
Cerré las ventanas, nos bajamos y nos fuimos a la entrada del supermercado.
—Busca a tu mamá —le ordené—. Aquí los voy a esperar. En esta puerta.
Lo que en realidad pretendí fue que, en caso de que el indeseado tiroteo sucediera, mi hijo estuviera con su madre. No sé por qué pensé que eso le haría sentir más seguro que estar conmigo. Tampoco sé por qué no me fui con él a buscar a mi esposa. No lo sé.
Los mirones, yo entre ellos, no dejaban de mirar. Busqué la camioneta donde la había visto. Ya no estaba. Ni el huerco ni el trío de atacantes. Pero el mar de ojos, de rostros azorados, la gente, pues, permanecía a la expectativa. Yo no sabía qué miraban, si el punto de la golpiza estaba vacío.
Entonces salí.
Cerca de la entrada una señora con dos niños, de esas mujeres que llaman humildes por no decir jodidas, sacaba de su bolso Kleenex y se los daba a un pobre diablo de camisa manchada de sangre. Era el golpeado, el madreado, la víctima. El perseguido.
Las mujeres, en especial las madres, tienen más valor. Yo no me hubiera acercado a ese huerco. Me hubiera alejado de él del mismo modo que evadí la pregunta de un fulano que se acercó y me preguntó si habían golpeado al muchacho:
—No sé —fue mi respuesta.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Balacera

El trueno de los balazos: ráfagas. Disparos solitarios. Gritos marciales. Griterío de maleantes y lamentos... llanto. Boquetes en los vidrios de mis ventanas, en las paredes... el último suspiro de las llantas de mi coche. Más ráfagas y disparos solitarios: el olor de la sangre en el aire, entre las sienes, reventando mis oídos. Las garras de una granada arañando mis paredes... el cuchicheo de tuiter y de feisbuc... mi orina expandiendo su abrazo caliente en mi pantalón. El resplandor de mi celular en la oscuridad, vana esperanza. Tiros de gracia en la calle: lapidarios. Rechinidos de neumáticos, lloronas impostadas. El silencio. Siempre el silencio, al final.

sábado, 3 de octubre de 2015

#TrendingTopic

Cuarto día. No ha dejado de llover. La oscuridad ha inundado todo; el sonido de la lluvia se ha filtrado en la mente, en el sueño; es un taladro que ha roto el concreto de la cotidianeidad. Me molesta. #OdioLaLluvia.

            El hambre desgarra mi estómago, sus uñas hieren mi estado de ánimo que rezuma mal humor. Parece de noche. Ojalá pudiera dormir, abandonarme a la inconsciencia que cura: que no es adictiva sino necesaria. #TengoHambre, #MueroDeSueño.

            Octavo día. El jardín es un mar de lodo, una masacre verde. La calle, un río. Y el rumor de éste, un aullido que eriza mi piel. Ayer vi un reportaje sobre #ElSahara. Hoy no hay luz ni teléfono. Sólo la lluvia aplastante y sonora y el televisor con su cara negra. #NoMames.

Soñé una mesa llena de comida. Platillos simples: pollo asado o tal vez pato. Comida olorosa, masticable, domadora de estómagos y de ansias y de sed. Propiciadora del sueño. Era el día treceavo.

En el vigésimo,  mi brazo izquierdo duele. Sangra. Al principio, fue difícil morderlo: era un pez resbaladizo y sanguinolento. #PrimeroMisDientes.

            Día veintiocho. No ha escampado. El azote del temporal continúa. La casa cruje. Mis brazos y piernas y el jardín están en los huesos. Regresa la luz. El televisor pone cara de noticiero. El plan DN3 lanza una bocanada de auxilio desde las aspas de un helicóptero. En tuiter nada la foto de mi cuerpo mutilado: #AutoAntropofagia, #SeComioASiMismo, #ElCanibal: un huracán cibernético.

sábado, 25 de abril de 2015

El ingeniero Bernardo Diez

El ingeniero Bernardo Diez vive en El Anhelo (ciudad fronteriza que se llama a sí misma "Ciudad Industrial", gracias a un puñado de maquiladoras desperdigadas en el sórdido noreste). Radica en ella desde hace ocho años y, a decir verdad, no le ha ido mal. Tiene casa propia -una pequeña y limpia, sin pretensiones-, coche del año, bien cuidado, que conserva pulcro sólo porque la prolongada sequía lo permite.
Su edad, misma que el cuerpo se empeña en esconder, roza la treintena, pero es el aire de éxtasis de su rostro lo que borra todo trazo temporal. Pareciera que va a existir por siempre. Aunque no es de buena escuela, sus notas académicas flotan tranquilas sobre el promedio. Habla un inglés fluido, pausado, bien pronunciado, con el que arranca sonrisas sinceras a los pocos norteamericanos con quienes trabaja. Es dueño de una honestidad casi inocente que brota sin permiso. No tiene dios, no tiene vicios y tampoco amigos.
Para le empresa es un recurso que hace su trabajo: eficiente, confiable y, sobretodo, barato. Las visitas a la cafetería las hace solo, pero se deja acompañar por quien así lo decida. Puede hacer plática con operarios, técnicos, colegas o gerentes, cuyo contexto procura mantener lejos del plano personal, con un respeto agradable y elegante que, para su mala suerte, invita al interlocutor a abrirse. No es lo que les dice, sino el silencio y la atención que prodiga a las otras personas lo que provoca la confesión involuntaria. Escuchar es saber callar y él, haciendo sin hacer, permite que la persona se desborde a sí misma. Es la sensación última, una especie de orgasmo psicológico, lo que se llevan y lo que las hace volver. Por esto, conversar con el ingeniero Bernardo Diez es adictivo.

miércoles, 22 de abril de 2015

Diecinueve de abril de dos mil quince

En este momento, una veintiuno de la mañana, recuerdo una tarde con mi padre, en Cuernavaca, Morelos. Visitábamos a un amigo de él, músico. En el patio trasero de su casa había un jardín y, en medio de él, una ceiba. Recuerdo el tallo grueso, verde, en el que las espinas -características de la especie- pululaban como si estuvieran hechas de madera seca. En ese momento, la imagen me llevó a mi infancia, al jardín trasero de un vecino donde una miríada de insectos, cuyos cuerpos imitaban a las espinas, infestaban los tallos de un árbol. Una conexión se estableció de inmediato, a través del tiempo, en lugares distantes. Pero no pasó de ahí: una mera asociación.

No recuerdo cómo es que fuimos a dar a la casa del amigo de mi padre. Tampoco recuerdo cómo di con mi padre. Las fechas exactas se confunden en mi mente. Me fui a la prepa, en Monterrey, cuando la caída del muro de Berlín. Seis meses después regresé a Reynosa y, de ahí, no recuerdo cómo terminé en Cuernavaca.

Mis padres se habían divorciado varios años atrás. Papá vivía en Jojutla, al sur de la capital del estado de Morelos. Ahí tenía una tienda de motos y otra de refrescos y una pandilla de microbuses (camioncitos del transporte público, hoy extintos). Llegué con la ilusión de estudiar en una escuela de monjas... a pesar de que soy ateo. El caso es que, durante mi estancia, me resigné a dejarme llevar por la corriente de los acontecimientos. No recuerdo mucho, la verdad, sólo la enorme ceiba irguiéndose en el patio del amigo de mi padre y una planta de jazmín que había conquistado el ámbito de un restorán de antojitos mexicanos.

Las plantas están ligadas a mis recuerdos.

Cuando pienso en los viajes a Guadalajara, recuerdo las que vi en el camino. Las vacaciones en tal o cual lugar vienen a mí a través de imágenes en las que las plantas ocupan el lugar más importante.

Puedo decir, por ejemplo, que el primer sitio al que llegamos a vivir en Reynosa era un departamento sin plantas. Luego nos cambiamos a  una casa a las afueras de la ciudad en cuyo patio trasero los carrizos formaban una valla que los tres gansos que teníamos no podían cruzar. La siguiente casa tenía un pequeño bosque de albahacares que, años después descubrí, era "la hierba que había crecido" en el terreno porque la casa llevaba varios años abandonada. En ese tiempo, yo tenía seis años y los arbustos de la aromática especia rebasaban mi estatura. Me gustaba meterme entre ellos y llenar mis pulmones con ese olor dulce, extraño y adictivo.

Después nos cambiamos a la casa que sería de mamá. Ella y yo la llenamos de todo tipo de plantas: pasto, hiedras, enredaderas, rosales, alcatraces, crotones, romeos, julietas, amores de un rato...

Uno de los recuerdos que tengo de mi abuelo, que guardo con mucho cariño, tiene que ver con su jardín: una pasiflora, aferrada a la pared de adobe de la cochera, daba la bienvenida al que llegara. Más allá tenía plantados maíz, melón y planta de estropajo. Un banco de rosales se erguía orgulloso alrededor de una fuente a la que nunca vi con agua... mi abuelo solía enseñarme los nombres de cada mata, sus propiedades y maneras de propagación.

En mi casa de hoy, en una superficie de 1.7x3 metros, aglomeré una variedad de plantas que, a partir de la primavera, parece que va a reventar de flores y hojas verdes enormes. Disfruto mucho ese espacio las tardes cálidas y luminosas, cuando el sol tiende una sombra mansa sobre el jardín. El silencio es un recurso escaso en la ciudad, casi un lujo. Pero ese silencio es en realidad el canto de las plantas: un susurro que ha estado aquí, en la Tierra, desde hace miles de millones de años atrás, antes de que el ser humano pusiera un pie sobre ella.

Ayer, en Reynosa, las balas, el caos y la muerte pisotearon la ciudad. La hundieron en el miedo. Hubo muertos que los encabezados de los noticieros no mencionaron, que sólo se contaron de boca en boca, como antes nuestros ancestros nos contaban las historias frente a una fogata. Ante las carencias de la modernidad, lo más efectivo es el método antiguo: encender el fuego, una luz de Verdad, y contar la historia, dialogar con el miedo. Al final, el murmullo milenario de las plantas sosegará el terror, se nutrirá de nuestros cuerpos, de lo que fuimos.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Reynosa

En estas calles
Transitan nuestras esperanzas.

Aquí tenemos mañanas
Sin cerros en el horizonte
Que se roben un pedazo de cielo.
Nuestros amaneceres y ocasos
Son un ventanal abierto
De par en par al mundo.

Es verdad,
Nos arremeten
Veranos e inviernos inclementes.
Y cuando las lluvias llegan,
Lloran sobre nosotros
Sin consuelo,
Como si quisieran lavar nuestras almas,
Llevarse nuestras penas…
O, como dicen pocos, como si
Intentaran borrarnos de la tierra.


Estamos a un río de lo que llaman
El Primer Mundo.
Una masa de agua, durmiente, nos
Separa de la felicidad, dicen.
Muchos cruzan nuestras calles en pos
De esa ilusión, de ese canto sirenio.
Pero muchos nos hemos quedado
En esta ciudad, sólo porque
No tenemos adónde ir, un hogar.

Sí, lloramos porque la canícula
No permite sembrar nada.
Porque el invierno,
Con su manto gris,
Desbarata el placer cotidiano de andar
Fuera, en la calle,
Buscando un solaz
Bajo el cielo estrellado.

Sí, nuestros fines de semana
Tienen el perfume de la carne asada
Y entonan un canto de sirena
Disfrazado de música norteña,
Que intenta hipnotizar a la felicidad.

Y las primaveras efímeras
Que intentan aferrarse a la tierra
Con sus contadas flores.
Y los otoños que las sequías eternizan.
Y el fin de año nuevo,
Pretexto para llorar a gusto, en público,
Con una máscara de alcohol.

Y las noches en vela junto a los nuestros…

Hoy intentan arrebatarnos eso.
Nos han dicho que ya no hay esperanza,
Que el gobierno no puede
(Y sí, no puede),
Que no hay remedio
(Y lo hay).

Hoy intentan convencernos
De que no vale la pena creer
O tener los oídos abiertos al canto añorado.
Como si uno estuviera hueco,
No tuviera corazón.

A pesar de la muerte constante,
No cerramos los ojos,
No callamos el grito,
No dejamos de sentir:

Nuestra voz resuena en esa oquedad
Que llamamos vida, cuerpo, yo.

A pesar de lo que nos dicen nuestros ojos,
Sabemos que este horror,
No es la ciudad que hemos construido
Y que ellos han ocupado.

Tal vez nos maten,
Pero ni así nos iremos.
Transitaremos en estas calles,
Como las esperanzas de esos otros
Que vendrán,
Atraídos por el canto de nuestras voces,
En pos de la felicidad que dejamos aquí.

martes, 4 de noviembre de 2014

De los viajes de mi infancia

Recuerdo los viajes de mi infancia por carretera, cuando papá nos llevaba a través de campos y montañas antes de llegar a Guadalajara. Lo que más me gustaba era ver por la ventana los innumerables pueblos que se sucedían, silenciosos y lejanos, como si alguien los hubiese olvidado ahí, en medio de la nada.

            A veces nos deteníamos a comer en un restaurante que con frecuencia era una casa de adobe o de leña junto al camino, por lo regular sin clientes. Era típico de papá entablar amistad con las personas que nos atendían, quienes no tardaban en prodigarnos una amabilidad sincera que en muchas ocasiones terminaba en una conversación nostálgica y amena; nuestros anfitriones la disfrutaban hasta el último minuto, antes de que partiéramos y la soledad cotidiana volviera a tomarlos entre sus manos. En verdad parecían estar muy complacidos con nuestra “visita” y así nos lo hacían saber cuando anunciaban “La casa paga”.

            Otras paradas fueron en lugares que frecuentaban los camioneros. Recuerdo una noche fría y estrellada en Concepción del Oro*. La luna llena estaba en el cénit, en el centro de un enorme halo. Las montañas y el suelo desértico brillaban con una luz mortecina azulada, y las siluetas de los cactus y otros arbustos parecían mirar sus propias sombras… era como si al día se le hubiera olvidado seguir al sol y estuviera moribundo en plena noche. El restaurante, una enorme cabaña con una expansión de tubos y lonas que el viento sacudía como si también quisiera entrar a calentarse, estaba atiborrado de camioneros y familias que cenaban al amparo de una atmósfera olorosa a carnitas. Las mesas y sillas eran metálicas y ostentaban una marca de cerveza. Yo me frotaba las manos y de vez en vez, en el huequito que hacía con ellas, soplaba un poco de aire húmedo y tibio que se quedaba pegado a mi piel un rato. Un bigotón de gorra, vestido con pantalones y chamarra de mezclilla, que había iniciado una plática con papá, se refirió al halo lunar: “Significa que viene una helada”. En ese momento no pude entender cómo podría hacer más frío del que ya sentía. Pero sucedió: Concepción del Oro se heló tanto que las sombras bajo la luna se quebraban con el viento.

            Y luego, la helada nos alcanzó a nosotros.


No recuerdo cuál fue nuestro último viaje por carretera, en familia. Mis padres se divorciaron tiempo después del vaticinio del camionero y las visitas a Guadalajara terminaron. Yo me volví más retraído y callado de lo que ya era. Me torné huraño. Sin embargo, los libros me salvaron, extendieron los viajes de mi infancia y, en cierto modo, se convirtieron en una visita inesperada a la vera del camino. Gracias a los libros, pude entender la amistad y la alegría que sentían aquellas gentes solitarias que nos atendían cuando papá decidía llegar, con su familia a cuestas, a sus restaurantes abandonados en medio de la nada.

*Concepción del Oro, Zacatecas, México.

martes, 14 de octubre de 2014

Madre... ¿sólo hay una?

Hoy me sentí impotente. Un vecino -quizá un adolescente, no lo sé- tenía en el piso a un niño de unos tres o cuatro años. La escoba sobre él. El niño gritaba: "Quiero decirle algo a mi mamá", varias veces.

El vecino es familiar de un criminal (sobra especificar de cuál). Tuve que tragarme la rabia, las ganas de correr y enfrentarlo, de palabra, a grito abierto. 

Tengo tres hijos. En el barrio todos me conocen.

Clavé mi mirada en ese engendro, en esa bestia... ignoro si, entre las sombras, vio que lo miraba.

Al final lo soltó. El infante corrió subiéndose los pantaloncillos. Me indigné, odié este mundo... maldije contra todo y contra todos.

¿En dónde estaba la madre de ese bebé?

Sobre las plantas


No recuerdo la primera vez que me interesó una planta: cuidarla, regarla. Esperar sus flores, sus frutos. Que creciera y ver su sombra tendida en el suelo, fresca. Tendría cuatro años cuando comí el pistilo amargo de un alcatraz y acaso uno más cuando tuve la ocurrencia de tocar la hoja aterciopelada de un opuntia: un nopalito de ornato cubierto de espinas diminutas que se enterraron en la palma de mi mano por cientos. Este evento pudo haberme instilado un temor hacia las plantas: tocarlas duele. Como esa vez que toqué una ortiga y el ardor de mi palma no se calmó en horas. Todo esto podría haberme traumado, pero no fue así.
Primero, encontré placer en memorizar los nombres científicos de las plantas que abundaban en el jardín de mamá: eran cientos, literalmente, y todas tenían apelativos extraños que descubrí en los libros y que han permanecido intactos en mi memoria. Después me gustó saber si eran de sol, media sombra o sombra total; si daban flores, frutos o no daban nada pero embellecían un rincón con su aromática presencia, silenciosa; misteriosa.
Yo no tengo el jardín enorme de mamá en mi casa, pero sí uno pequeño y exuberante que despierta la envidia de mis vecinas, a quienes el peso de los años les ha dejado poco en qué entretenerse.
Mi abuela decía (refiriéndose a cuidar un jardín en casa): las plantas alargan la vida. Pienso que tenía la razón: no en balde fueron durante eones, millones de años antes de la aparición de los animales, los únicos seres vivos que habitaron la Tierra como monarcas perennes, inamovibles. Casi eternos.

Por eso creo que llenar de plantas un rincón yermo –como el que era el de mi casa– es inundarlo de vida, de una belleza que requiere, más que cuidados, devoción y entrega. Porque las plantas, aunque mudas, conquistan el espacio con sus cuerpos, con sus flores, sus aromas y sus frutos. Con ese silencio luminoso que agrada no solo a la pupila y al olfato, sino que penetra hondo en el espíritu y le recuerda a uno que está vivo; y que la eternidad está a la mano: en una planta.

domingo, 12 de octubre de 2014

El viejo

La tarde, cálida y húmeda, moría entre nubes naranjas. Hacía rato que había escampado, respirar ese aire nítido y limpio que la lluvia había dejado daba las fuerzas necesarias para superar el caos de la ciudad anegada.

Me dirigía a casa cuando el chubasco me pescó a diez cuadras de distancia. La calle se había convertido en un río desbordado sobre las banquetas, donde apenas había un lugar para poner el pie sin que el agua se le trepara a uno por las piernas. Ya no sabía yo si mis ropas escurrían o era el río que trataba de atraparme. Pero estaba decidido a llegar.

En el Este, donde las nubes ardían, comenzaba a levantarse un arco iris. Mi casa estaba en lo alto de la loma por la que el río y la calle se precipitaban. Ir cuesta arriba, contra la corriente y la pendiente empinada, me resultaba difícil, a mí: un viejo que había salido a caminar y ahora luchaba por regresar a salvo a casa.

Un coche venía de bajada, levantando dos olas grandes a sus costados; parecía que surfeaba. Cuando pasó junto a mí me mojó por completo pero más me calaron las burlas de los jóvenes que iban en él. “¡Anciano!” fue la única palabra que pude entender entre sus gritos y risas.

No siempre fui un anciano. Ser viejo es algo que me sucedió con los años, algo que sabía que iba a llegar y cuando llegó me sorprendió de todos modos. Mi cuerpo dejó de ser aquel que era yo, o el que pensaba que yo sería siempre… pero no, uno con los años se acaba, se va arrugando, llenándose de canas, de aniversarios, de recuerdos y de difuntos. Luego aparecen los jóvenes, los días interminables, las noches insufribles y la soledad… eterna compañera.

No supe, o más bien, no acepté que envejecía a pesar de los hilos de plata y de los pliegues en la piel que me iban brotando. No. Sucedió cuando Anita, mi esposa, murió una mañana de diciembre antes de Navidad. No habíamos tenido hijos, sólo nos teníamos uno al otro… hasta ese día en que la perdí. Miré lo que habían sido nuestras vidas juntos. Ese peregrinaje hacia un fin común pero al que se llega a solas, a tientas.

La extrañaba y nunca dejé de hacerlo después de su muerte. De Anita sólo me quedaban sus recuerdos y la casa que coronaba la loma.

¡De veras que había llovido mucho! El río no dejaba de correr, los bordes de la banqueta no aparecían, solo se veía la superficie activa, líquida, de la masa de agua desbordándose cuesta abajo.
A mitad del camino, el río pareció reducirse. En el Este, la cima de la calle, el arco iris reverberaba con una brillantez de siete colores que parecían cantar luz. Un aroma húmedo, de aire recién lavado, rodó cuesta abajo y me cubrió con un manto frío que hizo mi ascenso, rumbo a casa, más pesado. A pesar del agua, del frío, de la soledad, estaba decidido a llegar: aunque fuese un viejo, un anciano empapado por el exceso de años.

Anita solía esperarme en el jardín de la entrada de la casa todas las tardes, cuando yo volvía del trabajo. El jardín era un pequeño espacio conquistado por rosales, geranios y otras plantas de sol que, en la cumbre de la loma, casi lo tocaban con sus ramas y flores. Pudimos haber plantado árboles frutales y otros enormes, sólo para conseguir una canasta de frutas de temporada y una sombra amable que hiciera los días de verano más llevaderos. Pero ella, Anita, no quiso. Decía que la penumbra era el principio de la oscuridad y que los árboles levantarían la casa con sus ramas, arrancándola de la tierra. “Tanto sacrificio que nos ha costado, como para abandonarla a la suerte de las plantas”, decía.

La verdad es que Anita no era amiga de los árboles. Les temía del mismo modo que temía la oscuridad. La noche era lo peor que nos podía caer en la casa: ni la multitud de estrellas ni la luna que despeinaba con sus rayos la cima de la loma, pudieron espantarle el miedo. La noche, cargada de espantos desconocidos, era un monstruo que nos acechaba más allá de la puerta.

Las noches lluviosas eran lo peor. Era cuando la oscuridad se apoderaba del mundo y penetraba los sueños con su maldad líquida. Esas ocasiones, Anita no dormía. Encendía velas por si la electricidad se perdía y se enroscaba en la cama con los ojos bien abiertos, esperando el día.

Al principio, su miedo irracional me inquietaba. Pero los años contribuyeron a suavizar el temor hasta convertirlo en rutina. Yo amaba a Anita, a pesar de sus manías. Hasta que se murió.

Sucedió durante su último otoño. Semanas antes me había dicho que no podía oler nada y que había perdido el sentido del gusto. La vida le olía y sabía a vacío: fuera que la probara con la piel, el alma o la respirara. Su cuerpo no recibía los estímulos que cualquier ser humano sano detectaba sin dificultad.

Entonces yo no entendía. Después supe que estaba muerta en vida.
La noche de su muerte cayó un chubasco que casi desgajó la loma. El agua corría por las calles como si fueran las venas cansadas de la ciudad. El cielo era un escándalo de truenos y de relámpagos que parecían haber venido por Anita.

Ella llevaba postrada dos semanas y, a penas, tenía fuerzas para respirar, para abrir los ojos y colocar su mirada en mí. Yo tomaba su mano, una tristeza enorme, pesada, me había robado la voz y las esperanzas. Saber que pronto me dejaría solo, que ella se iría y yo no podría hacer nada para impedirlo, me llevó al límite.

Tal vez fue el miedo. Tal vez la inexperiencia ante la pérdida de la mitad de mi cuerpo, de mi alma. Pero no pude evitar lo que hice.

Anita, agotada, me miró y con esos ojos que solían hablarme de amor y de paz, con esa mirada que muchas veces me reprendió, me dijo: mátame, no soporto más.

Llovía. Los truenos tenían el ímpetu de un huracán y la lluvia taladraba la tierra con una multitud de pisadas que no dejaban dormir al mismo diablo.
“Mátame”… “Mátame”.

No me atreví.

Me arrepiento de no haberlo hecho. Porque la noche lluviosa se la llevó. Mis manos hubieran podido liberarla de sus miedos, de la oscuridad… pero yo no tuve el valor de enfrentar el espanto.
Apagué la luz y, sin soltar su mano, la dejé morir en medio de lo que ella más temía.

Hoy llevo esta giba de remordimientos. Solo soy un viejo que intenta llegar a la soledad de su casa. A dos calles de ella el suelo está seco. Así ha sido desde la muerte de Anita: en casa la lluvia no se presenta, ni los truenos, ni la noche de espanto. Suficiente tengo con la oscuridad que mis manos no pudieron arrancar de mi esposa.