martes, 29 de abril de 2014

Abril 29, 2014

¿Dónde está esa realidad que tildaban de ficticia, esa realidad imperfecta que, tal vez de un modo irracional pero convincente, llenaba nuestras vidas?
¿Cómo les explico a mis hijos, con qué cara les digo, para tranquilizarlos, "la vida es así"?
¿Lo es?
Recuerdo tardes de sosiego bajo un sol que se iba a descansar, para abrir paso a una noche plena de sueños, de anhelos, de expectativas infantiles, de alegrías mansas.
No había monstruos detrás de las puertas ni espectros debajo de las camas.
Latente estaba un mundo dispuesto para nosotros a ser explorado, a ser vivido con paciencia y curiosidad. Un mundo vasto.
Y las noches estaban llenas de los murmullos de las estrellas, de los cantos de la Naturaleza, de lunas empeñadas en repetir los mismos rostros conforme avanzaba el mes... y se acumulaban los años.
Y la familia. Mi familia. A mi lado.
El tiempo pasa, deshoja la flor de mi esperanza que unos fantasmas reales, crueles, carentes de piedad, amenazan con aniquilar.
¿Dónde está eso que era mi vida?

sábado, 26 de abril de 2014

Esto que llamamos...

No es malo pensar que un texto merece corrección. El trabajo verdadero tiene cicatrices, digo yo. Es como ver un atardecer, a la orilla del mar, del mundo, de ese pedazo de vida que anhelamos mantener eterno.

Una madre duerme a media noche. Su sueño no lo perturba este puñado de dudas, que iguala en cantidad a las estrellas del cielo primaveral.

Hoy digo: equinoccio en pleno marzo. Mañana, verano. Qué importa. Cuantas nueces deja caer un nogal, es cuantas dudas, multiplicadas por un millar, suelto al viento.

Unos dirán que soy pretencioso; otros que no valgo nada. Pero mi espíritu me dice que detrás de las palabras está el viento... feroz... como si nada... solo porque tiene que estar ahí.

¿Qué más da tener un nombre? ¿Qué más da tener nada? Al final... ¿qué es lo que permanece?

Te asesinan, te mutilan, te acaban.

¿A quién le importa?

Puede ser en un gimnasio, que vean el video de tu muerte en you tube. O tal vez, nadie lo vea.

Si no te matan, de veras. Vives en la orilla del miedo, de la realidad.

Tu colon se hincha, tanto como tu cuerpo... solo porque no puede rebasar el común denomidador: esto que llamamos hombre... o mujer... ser humano... esto que llamamos...

lunes, 21 de abril de 2014

Abril 18, 2014

Viernes Santo. Ayer murió Gabriel García Márquez (GGM), en Jueves Santo, como Úrsula Iguarán, su querido personaje de Cien años de soledad: otra coincidencia, de las que está llena la vida. 

Por este hombre, GGM, quise aprender a escribir. Ya "escribía" antes, desde la secundaria. Pero leer a GGM despertó en mí unas ansias tremendas de decir cosas. Como buen principiante, intenté imitarlo... ¡Y me salió tan mal! Hasta me atreví a asistir a un taller literario, donde pude confirmar mi ignorancia literaria. Haber leído y escrito mucho, no me hizo lector ni escritor.

Pasaron los años y con ellos muchas lecturas. Entré a otro taller y me di cuenta de que estaba peor que al principio: sí, había leído muchos libros, pero no les había puesto atención. Los leí mal. Y eso se nota en mis textos.

Escribía esta entrada, mientras los helicópteros volaban sobre la ciudad. Mi esposa preparaba la comida (que daríamos después de las siete de la tarde... pónganse en nuestro lugar, son cuatro días de descanso seguidos, hay que aprovechar dormir), me embarga una pena que no logro explicar. En mi cabeza bullen historias, pero no logro pasarlas al papel, no del modo que yo quisiera. Me gustaría que no sea la misma voz que se encuentra en lo que he escrito, que fuera algo diferente.

Las palabras deben decir algo, dicen. Solo deben contar una historia y nada más. No estoy de acuerdo: las palabras deben hacer algo más que contar. Deben hablarle a esa persona que somos, a quien nosotros mismos no nos atrevemos a dirigir la palabra, y decirle que no está solo en este mundo que llamamos realidad.

Las palabras están ahí, la hoja está en blanco: la mesa está puesta.

Buenas noches.


viernes, 18 de abril de 2014

Diario de Tehuani

Hoy compré "El último cuaderno" de José Saramago y se me ocurrió transformar este blog en un cuaderno de ejercicios y un diario. El objetivo del primero es publicar los textos que he presentado en el taller al que asisto; el del segundo, se explica solo.

JAT (entrañable amigo y compañero del taller) me ha preguntado en varias ocasiones si llevo un diario. No.
Me gustaría llevarlo, uno personal, propio y para mí. Por tanto, mi intención al modificar el perfil de este blog no es el de crear dicho documento íntimo. Más bien, me gustaría crear un diálogo que vaya más allá de la plática unipersonal que se crea con un diario personal: uno platicando con uno mismo.

Decir lo que pienso, solo para dejar un registro de lo que, en cierto momento, pensaba (hoy), y que con seguridad no será lo mismo en unos años (mañana). Muchas veces me he sorprendido al releer mis manuscritos; parecen escritos por otra persona, tanto que he llegado a preguntarme: yo escribí esto. Así que me gustaría sorprenderme en unos años y regresar a estas palabras y cuestionar al autor de ellas. Tal vez me guste, o quizás no. Pero una cosa será segura: quien las relea no será el mismo (yo).

miércoles, 2 de abril de 2014

Una tarde sin Facebook

[Facebook se cayó: no hay nada interesante qué hacer]

La realidad, el mundo, me rodea. Escucho a mis padres, allá abajo... ¡Qué hueva!

Enciendo el televisor. 

Un programa interesante: sobre las estrellas del espectáculo... pero son las viejas. Cambio de canal varias veces: una película gringa... repetida. Intento anclar mi atención en los canales de música. ¡Hey, esa rola me gusta! Qué pena que no haya aquí un botón de "Me gusta"... me entra la nostalgia. Tomó mi celular y entro al Facebook. Nada.

Vuelvo al televisor.

Un chef, que no sé quién es, prepara mole de pollo. Se ve rico... Creo que tengo hambre. Voy por un sangüich: dos rebanadas de pan... no, mejor tres... cuatro jamones... mostaza... ¡Y listo!

Estoy frente al televisor de nuevo. A ver... ¿Ya regresó Facebook? No. ¡Chingada madre! ¡Qué puto aburrimiento! ¡Oye, ese mole se ve bien rico! Mmmmm, no estaba mal este sangüich, eh.

Déjame ver qué más hay en la tele.

Mamá me grita desde abajo. Me pregunta si los voy a acompañar a hacer el mandado. No contesto. Pregunta, bueno grita de nuevo. "Está bueno, sí voy".

Pero antes, a ver, Facebook. Parece que regresó. "¡Mamá, mejor no voy! Tengo mucha tarea". Se va con papá, echando pestes. Así son ellas.

¡Falsa alarma! Pinche feis, ¿valiste madre o qué? ¡Ash!

Bueno, a ver qué hay en la televisión. ¡Mira qué ropa tan chida! ¡No mames! Ojalá y estuviera así de flaca. Ya no voy a busguear tanto. Mmmm, creo que me pondré a dieta. ¡Ay, pero eso de comer lechugas y hierbas, como las vacas, no me gusta! Bueno, ¡pero ya parezco una vaca! Ja, ja, ja, ja...

Neta que ya no aguanto este pinche aburrimiento. En la puta tele no  hay nada qué ver. Ojalá tuviéramos los canales tres equis. ¡De veras! A ver, bendito Internet. ¡Ay, no mames! No hay Internet. :(

Chingado. Bueno, deja veo ese programa gringo. Pinche doblaje, güey. Del nabo, la verdad. No. Mejor le cambio. ¡Ay, ya son del nabo todos los canales! Bueno, mejor le pongo en los videos. Así, ya de perdis, me entretengo escuchando música, mientras me pinto las uñas.

¿De qué color me las pintaré hoy? Negro. Sí, hace mucho que no uso ese tono. A ver, color negro, ¿dónde estás? ¡No pinches mames! ¿Se fue la luz? ¡Ay, no! ¡Ahora sí me da! ¡No mames! ¿Qué voy a hacer aquí sola sin tele ni Internet ni feis? ¡Qué pinche vida es ésta! ¡No mames! ¡Ojalá y hubiera un pinche botón de "No me gusta" y otro de "Chinguen a su madre"!

domingo, 30 de marzo de 2014

Alarma

Lo despertó la alarma antirrobo de la casa del vecino. Pensó que Gabriel había olvidado desactivarla otra vez, antes de entrar, pero el artefacto siguió aullando.

Entonces despertó. Abrió los ojos; no se levantó de la cama. De la casa de Gabriel escuchó unos gritos que, entre insultos, ordenaban a sus vecinos a salir. Luego, a la mujer que gritaba desesperada, el llanto de los dos niños… al escucharlo, la piel se le erizó y una quemazón aceitosa resbaló por su estómago. “¡Los niños!”, pensó. Quiso llorar, y lloró; quiso gritar, pero se contuvo: el miedo, desbocado en su cuerpo, se lo impidió.

La madre suplicaba. Gabriel pedía a sus captores que no se llevaran a su familia, que la bronca era con él… solo con él… pero no lo escucharon. Los metieron a todos en los vehículos.

Escuchó el rechinido de las llantas y el rumor agitado de los motores perderse en medio de la madrugada. Solo se quedó la alarma con su lamento cuadrado, gris, ajeno.

Ya no pudo dormir. La impotencia y el miedo no se lo permitieron.


“Por un lado es bueno que no tenga familia”, se dijo, ahogando el grito que comenzaba a escalar su garganta. La alarma se lamentaba todavía. Respiró profundo y se dio cuenta de que se había orinado.

jueves, 20 de marzo de 2014

Zeta


El olor del café se cuela bajo la puerta. Escucho ruidos de trastes, abajo en la cocina, y el parloteo del televisor. Mamá prepara el desayuno. Siento un borboteo en el estómago, quiero levantarme, pero la sábana no me libera, me abraza, lánguida, tibia. El rumor del aparato del aire acondicionado me arrulla: es un susurro, un canto manso como el de un río que dormita en medio del bosque.
La mañana está en mi habitación: tranquila, atemporal. Su luz toca mis párpados y ellos se dejan acariciar, querer… adormecer. Mi respiración se relaja y mis pies descalzos asoman por el borde de la sábana. Siento frío.
El aroma del café se mezcla con el de huevos con chorizo. Mi estómago protesta. Me niego a despertar, a levantarme. Allá abajo los ruidos aumentan, ya no son los trastes ni el televisor, son pasos fuertes, la puerta se abre de golpe, alguien grita. Mis ojos están vendados, mis manos atadas detrás de la espalda. La persona es  un hombre, me levanta de los cabellos y me arrastra fuera del recinto que huele a humedad y orines. En la habitación contigua se escuchan el llanto y las súplicas de alguien que pide le perdonen la vida. Me hincan junto a él, a mi lado derecho, en mi oreja, siento el soplo fugaz de un golpe sordo, luego el sonido de un bulto que choca contra el suelo y… silencio.
Sigo yo. Me insultan y golpean. En mi frente se estrella un escupitajo caliente que resbala por mi mejilla. Del lugar donde el bulto cayó, me llega el olor de la mierda. El gruñido metálico de una pistola que se prepara para disparar resuena sobre mi cabeza. La voz enojada de un hombre maldice la última letra del abecedario, una y otra vez. Se refiere a mí. Oigo el último sonido de mi vida: un disparo, mientras mi pensamiento se aferra a mi madre. La extraño.

viernes, 28 de febrero de 2014

Otro sueño

La noticia del fin de semana pasado fue la detención del narcotraficante "El Chapo". La semana siguiente estuvo, literalmente, plagada de notas sobre él, sus riquezas, su detención, en el radio una supuesta plática con él. En un noticiero de la televisión dijeron esta mañana, ya viernes: estamos "enchapopotados" (el chapopote es una resina del petróleo que se utiliza para pavimentar las calles). Esta insistencia mediática -en el internet, la televisión y la radio- dejó una huella en mi inconsciente.

Anoche soñé que vivía en un cuartito. Era de noche. Una balacera se desató y mi esposa y yo quedamos en medio de ella. El cuartillo no pudo protegernos: las balas llovían, literalmente, y agujereaban el techo y los muebles. Salimos a buscar un refugio entre tanto cuarto que había, sin encontrarlo. Podía escuchar el zumbido de las balas, las detonaciones, los gritos de los soldados y de los criminales. Sentí tanto miedo de no poder proteger a mi mujer ni a mí mismo. Luego la lluvia comenzó, suave, silenciosa, como un estorbo que llenaba de lodo las calles. Odié la indiferencia de las personas hacia nosotros, los que huíamos; la codicia de unos, el deber tajante de otros. Odié al ser humano y la maldad de la que es capaz. Odié la lluvia, la falta de refugio, las balas y la muerte. Me odié a mí mismo, mi propia vida que me tenía, quizá de manera casual, en medio de todo eso. 

Entonces desperté. Vi la realidad de mi recámara, hundida en la noche y el silencio de la madrugada. Mi esposa a mi lado, dormida, tranquila. Yo mismo, intacto. Entonces, odié esa parte de mí, que no me deja conciliar un sueño tranquilo, que no me da solaz, a pesar de la vida. ¿De qué sirve estar vivo, si el sueño te recuerda que lo estás?

¿Por qué hace uno un blog?

Al crear este blog, "Cuaderno de ejercicios de Tehuani", tenía en mente publicar los ejercicios que presentara en el taller literario en que me inscribí, el día de mi cumpleaños, el año pasado (2013). Soy honesto: no he cumplido el objetivo. 

He escrito desde la secundaria. La primera vez que publiqué fue en la gaceta de la universidad, un poema. Luego otro. Ambos con el pseudónimo de Mictlampapepetl. Diez años después, en un periódico de mi ciudad: tres o cuatro cuentos, no lo recuerdo, con mi nombre. De ahí llené las páginas de un diario con minicuentos que escribía los domingos y con recuerdos de mi infancia. Escribí varios textos de evocaban experiencias que me marcaron o que, simplemente, venían a mi mente. Todas al lado de mis familiares.

Pasaron otros diez años y entré a mi segundo taller. Ya no he publicado nada, pero he escrito mucho. Y, también, he fallado mucho. Me he dado cuenta de que este oficio, si se hace con amor y dedicación, no te da frutos, en el sentido de que por sí solo no te abre puertas. Debes dedicarle mucho, mucho tiempo, para alcanzar un logro modesto o ínfimo.

Publicar. Publicar. ¿Para qué publicar? Hoy en día la tecnología te permite hacerlo. De hecho, lo haré cuando comparta este texto. ¿Y qué he logrado? Comunicar una idea, tocar puertas. Pero no, escribir.

Me gustaría compartirles mis textos, los ejercicios del taller.Quizá un día lo haré. Hay tanto que decir.

jueves, 20 de febrero de 2014

Envidia

La tarea de hoy, 19 de febrero, es un cuento cuyo tema central es la envidia.

¿Qué no se ha dicho sobre la envidia? Quisiera escribir aquí una sesuda disertación sobre este pecado capital, cuya posición ordinal la verdad desconozco, para adornar y "enriquecer" esta entrada. Sin embargo, no recuerdo, de ninguna de mis lecturas, que hayan, siquiera, rozado este tema.

Puedo hablar, eso sí, de lo que me ha tocado vivir. De mis propias vivencias.

Tuve un jefe que, cito, "no vas a llegar a esa posición antes que yo". O sea, no iba este pobre hombre a conseguir ese puesto antes de la edad que él lo consiguió. En otra ocasión me dijo, "mientras yo esté en esta compañía, tú no pasarás de ese puesto". Y no pasé... ni cuando se fue. En sí, no fue tanto culpa de él. Para qué le doy tanto crédito. Mi timidez y mi falta de relaciones ayudaron en ello. Ergo... yo contribuí.

Yendo más atrás, a la secundaria. Un compañero hizo y deshizo para golpearme. Nunca lo logró. Una tarde, al salir del colegio, juntó a un grupo de amigos y me estuvo, como dicen aquí en el norte de México, "venadeando", lo que en buen español quiere decir, acechando. Yo solía hacer el camino a casa junto a un amigo que tomaba la pesera (transporte público). Ese día, no recuerdo bien por qué, no fue así. Mi amigo se fue primero y lo confundieron conmigo. Lo golpearon y amenazaron, pensando que era yo. Él, nunca olvidaré esto, regresó hasta el colegio y me alertó. No regresé hasta que mi madre fue por mí.

Hoy, al salir del taller, mi compañero y yo, vimos a un indigente (como les dicen en México a los pobres que no tienen casa y duermen en la calle) durmiendo con sus cosas en la acera de una iglesia católica de construcción moderna. Está en una colonia de ricos. Yo le dije: ahí hay un cuento sobre la envidia. Y di varios ejemplos: él indigente que envidia a los ricos; el rico, recién secuestrado (bueno, no resulta creíble ahora, pero así lo comenté) que pasa en su coche y envidia al pobre porque no tiene riquezas que cuidar ni rescates que pagar. Mi compañero dijo que leyó una historia en el Internet (¡maldito Internet!) que hablaba de algo parecido. Entonces, le propuse cambiar la historia: el indigente envidia al rico, por rico; y el rico, recién secuestrado, al pobre por pobre: ambos unidos en la misma historia. Ambos reímos. Luego añadí a un perro que orina al indigente dormido y al coche del rico (inverosímilmente estacionado en la calle).

La envidia, pienso, debe ser la más grande de las inseguridades. Es una soledad, sin sol ni desierto, que agosta el alma. Un vacío incapaz de ser llenado y, por tanto, sin oquedad. Es tener un pie en la muerte y padecerla en vida. Como intentar respirar bajo el agua putrefacta.

Tengo que escribir un cuento sobre la envidia. Más bien, la tarea es escribir un cuento sobre la envidia... ese sentimiento silencioso...

Taller de primavera

El 5 de febrero inició el taller de primavera. Esta vez hay nuevos compañeros que, a pesar de su inexperiencia en talleres literarios, están aportando mucho. Quizás nunca hayan escrito un cuento. Son sus lecturas. En sus ejercicios, dos hasta ahora, se asoman, tímidas. Me gusta, así como el botón del Facebook. sus puntos de vista, o, mejor dicho, sus valoraciones sustentadas, como he dicho, en la lectura, aportan un valor que yo no tengo: el de los años y años de continua y apasionada... lectura.

La verdad siento temor de no entender, como ya me pasó en este taller, los comentarios sobre autores que jamás he leído. Me siento ignorante. Ellos dicen, de mí y un compañero a quien conocí hace diez años en otro taller, que "se nota que tenemos experiencia". La verdad es que no. Ellos, varones añosos, qué pueden ignorar de la experiencia. Ya quisiera yo tener sus conocimientos a mi edad. Armar frases poéticas, escritos redondos, como ellos dicen, no es tan difícil. Se requiere práctica y malicia. Pero la experiencia... nada la suple. 

Los admiro a los tres. Mira que venir a un taller, con más de cinco décadas a cuestas, y decir que dos simples jóvenes, inexpertos en la vida, sabemos escribir, que tenemos oficio... No, para nada. Ellos, y nuestra querida maestra, son los que aportan.

Yo soy todo oídos... y un montón de hojas en el cesto de basura.

sábado, 15 de febrero de 2014

Mi pesadilla de anoche

Es curioso lo que una cena pesada puede hacer con tu sueño. Si no, pregúntenle a Gregorio Samsa, quien, tras un sueño intranquilo, despertó convertido en un insecto.

Anoche me acosó una pesadilla que, a pesar de interrumpirla en tres ocasiones, se negó a desaparecer. Conducía un coche por una calle de automóviles atravesados. Salí de ella por un espacio entre un camión de mudanzas y otro carro, pero cuando lo hacía, de alguna manera embestí al automóvil y éste golpeó a una motocicleta e hirió a su conductor. Bajé a ver los daños y resultó que la moto estaba destrozada, pero, por fortuna, la persona no había sufrido ninguna herida. Regresé y vi que mis pies no tenían zapatos, solo calcetines. Entonces descubrí en el izquierdo una protuberancia que no me dolía. En ese momento el conductor de la moto me gritó que yo había dejado un charco de sangre donde estuve parado. "Estoy bien. No me duele", le contesté y me metí al lugar del conductor en mi coche. Era de transmisión manual y cuando pisaba el pedal del embrague (con el pie izquierdo, queda claro) me preguntaba por qué no sentía dolor. Entonces desperté.

Aún estaba oscuro, me di vuelta, abracé a mi esposa y me tapé. La pesadilla continuó. Conducía el mismo coche. Llegué a una casa similar a la que mis padres alquilaban en esta ciudad hace tres décadas. Dentro me esperaban mi esposa y mis hijos; se disponían a acostarse. Comencé a prepararme también y escuché ruidos fuera. Me asomé por cada ventana hasta que vi a un hombre mayor, de cabello cano, que buscaba la manera de entrar. En la mano traía una pistola. Me asusté y empecé a verificar que el candado de cada ventana y puerta estuviese asegurado. Luego, fui a la puerta de la entrada, por donde el hombre intentaba introducirse, y lo enfrenté. Me dijo que quería a mi hijo de en medio, que quería ahorcarlo. Luché contra él y me disparó. Volví a despertar.

Ahora era mi esposa quien me abrazaba. Mi aliento tenía un dejo intenso a cebolla. Repasé mis últimas tareas, antes de irme a dormir y recordé que sí había cepillado mis dientes. Eructé y el sabor a cebolla aumentó. Me negué a ver la hora, porque la madrugada continuaba y no quise espantar al sueño. Me volteé, dándole la espalda a mi mujer y me dormí otra vez.

El intruso estaba ya en la casa. Podía escucharlo. Revisé mi cuerpo y no encontré ninguna herida, solo una fuerte opresión en el estómago y el olor a cebolla invadiéndolo todo. Las luces de todas las habitaciones estaban encendidas. Corrí a una de las recámaras, estaba vacía; luego a otra, y encontré lo mismo. En la del fondo el hombre trataba de correr una de las puertas del clóset. Dentro mi familia gritaba. Lo ataqué a puñetazos, a patadas, mientras soltaba una ristra de gritos. En medio de la pelea, el tipo logró zafarse y huyó. Lo perseguí hasta uno de los otros dormitorios y me apuntó de nuevo con la pistola, a la cabeza. Cuando disparó el arma, en lugar de un estallido se escuchó el sonido del despertador del teléfono celular de mi esposa. Abrí los ojos, el resplandor de la mañana comenzaba a colarse por la cortina e iluminaba, tenue, el techo. Mi esposa extendió el brazo y apagó el escandaloso aparato.

Ya no intenté dormir. La abracé, ella de espaldas, y sentí el calor de su cuerpo a través de sus nalgas abultadas. Recordé la protuberancia de mi pie en el sueño y giré mi tobillo izquierdo: mis articulaciones crujieron sin dolor. Me acurruqué de nuevo y besé la nuca de mi mujer, en su cabello dormitaba su aroma único. Entonces pensé en lo afortunado que era Gregorio Samsa: es mil veces mejor despertar, aunque sea convertido en insecto, que irse para siempre al sueño eterno.

Eso sí, esta noche mi cena será ligera.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Lo que voy a hacer

Antes del taller, escribía en mis diarios historias que venían a mi mente, sin pedirlas. Sólo tomaba la pluma, abría el diario y escribía. Era un completo desorden, porque al terminar los relatos y, tras una ligera revisión, los olvidaba. Si acaso un día los releía, añadía correcciones menores y no volvía a preocuparme por ellos. Sin embargo, este año pude releerlos y descubrí que en realidad no estaban terminados. Eran esbozos. Historias inconclusas. Confieso que en este mismo momento, siento un vacío en el vientre: es la angustia o quizás el miedo, o ambos. En mi cabeza revolotea una pregunta que no he formulado, pero cuyo significado empieza a doblegarme: ¿qué vas a hacer a partir de ahora, Tehuani?

¿Qué voy a hacer?

Disfruto mucho escribir. No sé la razón. No sé por qué la necesidad de contar historias. Me gustaría decir que por medio de ellas entiendo un poco más al mundo, a las personas. Pero en realidad no es así. Sólo sé que si no lo hago, escribir, no podré estar tranquilo. Haga lo que haga en mi vida diaria, ahí estará ese sentimiento, esa presencia, siguiéndome, mirándome con reproche. Tal vez hasta me reclame y me llene de gritos la cabeza. No me permitirá concentrar, cometeré errores, diré incoherencias cuando otros me hablen. Entonces mi humor se tornará negro, me volveré más huraño, me pondré irritable y esta angustia, cuyo origen no logro explicar, comenzará a comerme por dentro y aparecerá el dolor. El sufrimiento me llevará hasta el límite, al extremo de no poder soportar más hasta que no tome la maldita pluma y con ella hiera la piel virgen de mi diario.

Como dije, tengo que escribir para estar tranquilo; en paz conmigo mismo. Para dar voz a esas personas que deambulan en mi universo hilando sus propias historias, padeciéndolas, disfrutándolas.

¿Qué voy a hacer?

Aprender a escribir. Trabajar. Tachar. Tirar. Empezar de nuevo. Volver a suprimir. Desechar otra vez. Seguir trabajando. Continuar rayando palabras. Descartando párrafos, hojas enteras. Herir el papel, mutilar los textos, dejar que los escritos se desangren. Intentar contar las historias bien leyéndolas en voz alta. Ordenar mis ideas. Afilar mi pluma, mi daga. Tomar un breve descanso o tal vez uno largo o quizás ninguno. Reflexionar. Sacrificar mi tiempo, pero también a los manuscritos, tal vez a todos ellos. Dedicar más horas, más días, muchos meses, a este acto agotador, a esta pacificación de mi mismo. Proveer a la deidad de víctimas para que su ira no caiga sobre mí. Ofrendar a ese dios mis palabras, pulidas, trabajadas, llenas de significado.

La angustia crece. El miedo se reaviva. Este ente no calla. Tomo la pluma, la empuño contra el papel; pero en realidad, la empuño contra mí.

sábado, 16 de noviembre de 2013

El taller de escritura: 8:28

Es curioso cómo fui a dar al taller de escritura. En la edición dominical del periódico de mi ciudad, Reynosa, leí un artículo de Cristina Rivera Garza (crg) y su relación con las redes sociales, especialmente el Twitter (no me gusta esa palabra así que usaré Tuiter). Ella decía que había que poner atención a lo que ahí se estaba haciendo. El hecho que Cristina no tuviera una residencia fija -que deambulara entre el país del norte, ese gigante voraz, y México, este país indescriptible (el México del norte no es el mismo país del centro, ni el del sur. Y aún en cada una de estas regiones es distinto)- fue determinante en despertar mi interés en ella. Quería conocerla.

Así que empecé a buscarla en Tuiter. Tardé unos días en encontrarla. Luego, la seguí y busqué, en las personas que ellas seguía, gente de interés. Debo hacer un paréntesis aquí. Por "gente de interés" quiero decir personas que crg  tenía en su lista de a quiénes seguía y que, de algún modo captaron mi atención. Esta red sin restricciones me permitió agregar a mi lista de "followed" a muchas personalidades. Entre ellas a una que un buen día publicó el inicio de un taller en Reynosa. Tal vez fue el destino o la casualidad. No lo sé. Pero el taller iniciaba el día de mi cumpleaños: 28 de agosto. Pedí información por correo electrónico, me respondieron y aquí estoy. Así de simple.

Ese día cumplía 37 años. Desde un año antes me obsesionaba mi fecha de nacimiento: 8.28. Estuve publicando en el Facebook el número (8.28).  Hasta mi esposa ganó unas maletas el día de la Madre con ese número... Este año mis placas del coche llevan el número 8228. No soy muy dado a la superstición, ni a las casualidades. Pero debo admitir que me gusta que en el día de mi cumpleaños 37 iniciara una etapa importante de mi vida, sin querer. Cuando estuve en la universidad creamos un grupo de teatro que nombramos Escena 37, a sugerencia mía. No sé por qué les gustó.

Agosto 28, Escena 37 (2013). Aquí vamos.




domingo, 3 de noviembre de 2013

Cazadores de espectros

Han pasado más de diez días desde la última publicación que hice en el blog. He estado ocupado tratando de escribir tres cuentos. Mientras, he terminado otros dos que son tareas del taller. ¿Cómo ha sido posible esto (que pueda terminar dos cuentos y tres queden pendientes)? Es difícil explicarlo. Ahora mismo podría estarlos terminando, pero no es así. Las historias me han soltado; no caminan por donde quiero. O más bien, no son mi voz, no dicen lo que quiero, lo que soy. Por eso decidí detenerme. Tengo hasta el 30 de noviembre, quizás antes, para terminarlas y entregarlas.

Son tres historias distintas, por tanto, tres cuentos diferentes. Uno habla de un amor imposible, otro es un cuento fantástico y el último, es un relato sobre la pasión. Los escogí de esa manera, para poder dedicarme a cualquiera de los otros si no podía terminar uno. Hoy no puedo continuar ninguno de los tres.

Y aquí estoy, varado en la playa de la indolencia, como esos pobres cetáceos que van a dar a ellas y nadie sabe porqué. Así como yo, que desconozco cómo he venido a dar aquí, anquilosado, muerto en vida. Los escritores temen la página en blanco; peor es la página a medias, ésa, conato de diálogo, que flota como un gemido de mudo.

Quizás ayude releer lo que llevo escrito con la esperanza de continuar la narración. Sin embargo, los tres espectros deambulan en mi mente, seguro también lo hacen en mi subconsciente y en ese hipogeo desconocido que es el inconsciente. Los veo aparecerse cada día en donde menos espero: en el televisor, en mi espejo, en la figura de mis familiares o de la gente que pasa por la calle, frente a mi casa. Ahí van sin saber que los miro callado, al acecho, a través de la rendija de mi ventana, escondido tras la cortina, esperando el momento justo en que me decida a atraparlos.

Los que inventamos historias y los que las escriben eso somos: cazadores de fantasmas que un día deciden abandonar las cuevas de nuestro profundo inconsciente, porque han decidido no pertenecernos más y cobran vida propia.

Entonces nos convertimos en cazadores de espectros, pensando que perseguimos apariciones, aunque en verdad, nos perseguimos a nosotros mismos.

viernes, 25 de octubre de 2013

Minicuentos, 23 de octubre


Minicuentos del taller del 23 de octubre de 2013.


Tenía apenas dos días de muerto y la hamaca que usaba, vacía ahora, era el solio del poder que él tenía en casa; desde la tumba, continuaba gobernándola.

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Entonces, desde lo más profundo del hipogeo de su alma, subieron oscuros sentimientos que él creía enterrados y, que ahora revividos, comenzaban a dominarlo.

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La negativa de él soliviantó emociones recónditas en ella, agolpándole todas las palabras en la garganta. Quería gritárselas en la cara, mas no podía. Era un hervidero de nervios, de enojo, un volcán a punto de la erupción, cuya intensa furia se había acumulado con los años de indiferencia, de burlas y maltratos, que sólo consiguió liberar al darle un bofetón de olor a azufre, a sal y a sangre, lanzándolo contra la enorme puerta de cristal, que cedió al instante de recibir el cuerpo sorprendido de él.

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El dejo de su voz transportaba una murria ácida, cruzaba el aire y se estrellaba en las paredes, carcomiéndolas.

Un escándalo de luz

Escribí en uno de mis ejercicios del taller de escritura "afuera era un escándalo de luz". Así es este domingo, después de una semana de lluvias que acribillaron las calles y les dejaron millares de heridas que exponen el suelo basto, sobre el que, débilmente, se asienta nuestra infraestructura, tornándolas intransitables para vehículos y peatones. En Reynosa, la civilización no ha logrado domar a la Naturaleza.

La realidad de nuestra ciudad nos asusta. Simulamos ignorarla, pero ella ahí está, en la esquina, cerca de nuestras casas. Cuando vamos al trabajo, nos la topamos seguido. De vez en cuando, el noticiero de la noche da información de ella y de un hecho raro: aún existimos.

No es que el miedo nos obligue a callar, es la muerte. Preferimos medrar, como se pueda, en medio del caos, que morir.

Mis amigos, que no son muchos, me platican anécdotas que han tenido al encontrarse con delincuentes en las calles –no los llamaré "mañosos", "narcos", "sicarios", etcétera. Su nombre correcto es: delincuentes. Todos coinciden en que su edad debe ser menor a los veinte años. "Mocosos", "güerquitos", "chamacos", por mencionar los que recuerdo. Todos hijos de madres como las nuestras, hermanos de personas como nuestros hermanos o hermanas, gente común y corriente que prueba suerte jugándose la vida y quitándosela a otros. 


Nuestro lenguaje, de por sí, tiende a disfrazar la realidad. A pervertirla. A través de esa perversión del lenguaje, nuestra percepción de la realidad se suaviza. Entonces es más sencillo aceptar la crueldad, el horror, el miedo propio ante ellos. Vivir se vuelve real... ¿o la realidad se torna vivible? Cualquiera que sea el caso, nuestras mentes construyen una fantasía más llevadera.


Sin embargo, esta crueldad no es nueva. Existen numerosos relatos, libros, películas, sobre las barbaries a las que nuestros antepasados fueron sometidos. Un claro ejemplo es la Biblia, plagada de asesinatos, exterminios y venganzas, perpetradas en el nombre de Dios.  El mismo horror o sadismo ocurre en colonias de hormigas, de abejas, en manadas de monos y de delfines. Contextos un poco distintos, pero en esencia los motivos y los resultados son los mismos: supervivencia y muerte.

Si vamos más allá, a las estrellas, existe la violencia de las leyes naturales. No que los astros se exterminen entre sí con plena consciencia, sino que el Universo se expande y desenvuelve sin la menor delicadeza: él mismo, según las últimas teorías científicas, nació de una explosión, las estrellas en sí mismas son un violento cúmulo de estallidos nucleares; inclusive, las muertes de miles de millones de estrellas –como expresó Carl Sagan– suceden por medio de fenómenos llamados supernovas, estrellas de neutrones o agujeros negros, cuyo común denominador es la máxima expresión de fuerzas descomunales capaces de deformar el espacio-tiempo. Es decir, la violencia en su máximo esplendor.

Obvio, son contextos diferentes. Lo que trato de mostrar es que la paz y la tranquilidad no es un estado natural, sino un prototipo mental que nace en nuestros cerebros. Con esto, no trato de excusar la estupidez que nos rodea. Para nada. Tengo por seguro que, si en este momento, salgo y un grupo de delincuentes pubertos, armados, me intercepta, el miedo se hará presente.

La violencia, la injusticia, son conceptos que nacen en nuestras mentes al humanizar la realidad. Creemos que el Universo está "creado" para nosotros, pero éste nos demuestra que no es así. Sólo somos parte de él. Y nada más.


Pero este horror, esta muerte sin sentido que nos rodea, nace de nosotros. De esas personas que, persiguiendo riqueza, fama, gloria y temor, se permitieron explorar vertientes de nosotros mismos que sabíamos que estaban ahí. Tuvieron el valor de entrar a esa oscuridad y la trajeron consigo; luego, se perdieron en ella.


Nuestra consciencia humaniza la realidad. Sin embargo, la ignorancia, la que impera ahora a nuestro alrededor, la torna insoportable.


Deseo nunca verme, ni a mi familia o amigos, en medio de esa crueldad. Porque no habrá razonamientos, por  muy sesudos que sean, que eviten el dolor y el sufrimiento.


Al final, de eso se trata, de que nos vayamos de este mundo en un escándalo de luz.


domingo, 20 de octubre de 2013

Escribir

Escribir es no tener miedo, hasta de uno mismo.

La honestidad cruel, absoluta, debe preponderar. Si no, mejor no escribas. Ni lo intentes. No se puede escribir, soslayando verdades que incomodan. Verdades que matan. Escribir, como acto creador, es un actor destructor si no se le sabe emplear.

Cuando escribes, se nota cuando no eres tú.

No existe tal cosa llamada "escribir bien", o mal. Sólo hay escribir. Escribes o no escribes. Eres honesto, o te pendejeas a ti mismo. No hay nada peor que escupirse en la cara.

Si al leerte detectas una belleza jamás escrita por nadie, no sirve. Si al leerte tu cerebro te dice que huele a mierda; no hay de otra, es mierda.

Lo que escribes no te tiene que gustar. Ni a nadie. Debes ceder el control a esa persona que llevas dentro y que no es nada en el mundo de los humanos, en eso que llamamos "sociedad".

Confesemos, nadie es brutalmente honesto en sociedad, ni cien por ciento uno mismo. Si fuésemos así, ningún círculo social nos aceptaría. Por eso escribimos, o pintamos, o fotografiamos. Porque el mundo tiene algo que no nos gusta y queremos transformarlo, entenderlo, disfrutarlo de un modo distinto o, simplemente, decirlo como no nos atreveríamos a hacerlo en sociedad.

Por ello, escribir, aparte de ser un acto de honestidad, es un acto de validación personal. Las mentiras mal contadas, son mentiras. Sin embargo, las mentiras bien contadas son literatura. O, humildemente, escribir.

Al final, poner en palabras nuestros sentimientos y nuestra opinión sobre el mundo, original o no, es un exhibicionismo. Nos abrimos, así sin más y con ello nos exponemos al ojo crítico o burlón de los demás.

Escribir, tal vez, no es difícil. Lo es dar a leer lo que somos en nuestros escritos, exhibir nuestros sentimientos más profundos, nuestras mentiras más creíbles. Y dejar que el mundo ruede y pisotee lo que más amamos.

Sólo asegúrate de que el primero en hacerlo seas tú.

Buenas noches.

jueves, 17 de octubre de 2013

Mini cuentos

Les dejo estos minicuentos, ejercicios del taller pasado.

-El mar, ola tras ola, le susurra un abanico de posibilidades. Pero él no las entiende y van a perderse al universo interno de las conchas.
  
-El Sol, incrustado en el cielo esa helada mañana en el bosque, era silencioso, a diferencia de otros días en los que se le escucha arder.

-Luego él quiso esconder el rubor en los intersticios de la sonrisa de ella, pero ya era tarde.


-Bastó ese intersticio entre ambos segundos, para que ella comprendiera que la amaba.

Posdata:
Aprender sobre albañilería, siempre es bueno. Aunque no llevemos las manos a la obra. Buenas noches.