El sol se desangraba
en el oeste y lentamente teñía las nubes cercanas. Entonces, recordé las
palabras de mi abuelo: nubes rojizas anuncian lluvia.
Acababa de salir de la maquiladora. Cada paso me costaba en serio: era un
mastodonte tras otro, tratando de agujerar el suelo.
Cuando llegué a la
parada, perdí la pesera: se marchó atiborrada de brazos, piernas y cabezas
derramándose por las ventanas y las puertas. No me importó, porque estaba muy
cansado como para que me importara.
Era el último
transporte especial que pasaba en esa avenida larga, polvorienta y sucia. En el
horizonte, donde el sol agonizaba, estaba la parada de la ruta que pasaba hasta
medianoche. Fui hacia allá, lento, exhausto.
El parque industrial era una ristra de fábricas, de edificios -con entrañas de
máquinas ruidosas- que parecían ronronear y de coches que huían despavoridos en
medio del viernes.
Los viernes olían a
prisa, a billeteras desesperadas por vaciarse, a casa, a cerveza y carne asada.
A descanso ficticio, narcótico.
Agosto exprimía mis piernas, mi cuerpo, apendejaba mi pensamiento. Llegué a la
parada del camión, mojado en sudor, el interior de mis zapatos chicloso y los
dedos de mis pies ahogados, henchidos de cansancio, trataban de reventar el
calzado. Agosto me hizo subir a la pesera.
No había asiento en el
urbano. Viajé de pie, aferrado a los tubos como una piñata hasta que una
anciana bajó y tomé su lugar.
El sueño me venció.
Cuando desperté, el
centro de Reynosa y el zangoloteo de las calles plagadas de baches.
Y la noche.
El calor de la canícula lamía cada centímetro de mi piel, los rincones de las
calles, de las casas abandonadas del centro. Mi mano golpeó el tubo del pesero
con la moneda de diez pesos y bajé sin esperar el cambio.
La calle Aldama, con
las siluetas de los travestis deambulando en las sombras, y las doce con cero
minutos, me recibieron. El hedor de la calle, mezclado con el calor de la
canícula, taladraron mis pulmones. Sentí el espasmo de la náusea subir mi
garganta; lo ahogué, lo empujé abajo, hondo.
Ya me había pasado antes: recorrer la ciudad hecho un bulto en un asiento del
transporte público. Esta vez, posiblemente, dos vueltas. Casi cuatro horas
dormido en el mismo lugar, aunque nunca había despertado en el centro, la
mayoría de las veces había terminado cerca de la casa.
Me sentía ligero,
tembloroso y asustado. Como una liebre que intuye las fauces pero no logra
verlas.
Pasé media hora
atosigado por las luces de los coches que luego se perdían al doblar la esquina,
en medio de las risas afeminadas de los prostitutos. Treinta minutos que,
segundo a segundo, dilataron una eternidad mi temor. Maldije mi cansancio, al
chofer que no me despertó, a la noche que me tomaba de repente, sin reservas...
Una sombra se acercó. El cuerpo delgado y sensual, moreno y oloroso. Sus ojos
azules: dos luceros en medio de la noche calurosa. Él era la atracción mágica
que los misterios suelen musitar en las canciones que sacuden los huesos, las
ideas y los fundamentos...
Me saludó con un
"Buenas noches" que se evaporó hacia las estrellas. Tenía una sonrisa
de luna creciente y su voz era como el siseo de la lengua de los gatos
acicalándose con esa elegancia sobrehumana.
No contesté, pero mi
cuerpo quería hacerlo.
—Me llamo Manuel —dijo
el de él.
El silencio, árbitro
involuntario, solidificó la tensión que los segundos incrementaban. Manuel
levantó la cara, como si tratara de enfocarme desde lejos y se limitó a
acariciar con su mirada el contorno de mi miedo, la soledad inusitada que ahora
se derramaba sobre mí y crecía como un charco de sangre a mis pies, y mi
insensatez de que no habría otro día que de todos modos llegó, y que yo no
sabía entonces que llegaría: de verdad pensaba que moriría ahí.
—Tienes pinta de llamarte Luis —agregó, pronunciando mi nombre con un tono
juguetón que logró captar mi atención.
—Me quedé dormido en la pesera —le dije—. Tendré que caminar hasta Las Granjas.
—Queda muy lejos —contestó arqueando las cejas.
Lejos era poco. Si me fuera caminando desde ahí, tardaría tres, quizá cuatro
horas. Porque tendría que evitar las avenidas principales, para no exponerme a
la vista de los soldados o los sicarios de La Maña que suelen
patrullar la ciudad a altas horas de la noche. Mis dieciocho años y la atención
que había prestado a oscuras historias de jóvenes secuestrados en las calles de
Reynosa durante la madrugada, me habían devastado. Por eso estaba muerto de pavor: ya
ni los taxis pasaban. No habría más, tendría que caminar... o quedarme ahí, en
la Aldama, la calle donde los travestis se prostituían.
Soy homosexual, pero no vendo mi cuerpo. Siento el mismo terror ante la muerte
y el horror del secuestro como cualquiera. Soy de carne y hueso, por tanto el
dolor, el sufrimiento, se sienten igual en mi piel.
Manuel no había dejado de mirarme. Guardaba silencio, distancia. Esperaba una
respuesta de mi parte.
—Sí, queda lejos. No podré llegar ahora —dije. Él bajó las cejas.
Hubiera suspirado y levantado mis brazos en señal de "no hay más
remedio". Pero mantuve mis manos en los bolsillos y la mirada en la acera
de enfrente. El olor dulzón de la mariguana relajó mis instintos. Volteé a ver
a Manuel, pensando que era él quien fumaba.
—Son aquellas perras —me dijo, levantando el índice derecho en dirección de la
silueta de un árbol cuyo follaje susurraba su canción de verano, metros más
allá.
Yo nunca la había consumido, pero sabía a qué olía. En ese momento deseé saber
fumarla para tenerla dentro de mi cuerpo, espantando el miedo y el terror de
mis huesos, adormilando a la liebre inquieta que brincaba entre mis pulmones.
En el techo de la casa antigua que se desmoronaba enfrente, una lechuza aulló y
agitó las alas como si se sacudiera lo que quedaba del día de encima; me
asustó.
Manuel soltó una carcajada dulce, cuyo sonido me recordó a una nuez que se quebraba
despacio.
—El nombre de Luis te queda grande —me dijo—. Es nombre de reyes.
En mi familia era el único al que habían bautizado y registrado ante la ley
como Luis. Gracias a un arrebato de mi madre. Mi padre se llamaba José, pero ella así me puso y así me llamó hasta que murió: Luis.
—¿Reyes? —pregunté.
—Sí, de reyes franceses. ¿No lo sabías?
¿Cómo iba yo a saberlo? Y qué importaba si me encontraba en medio de la noche,
abandonado en una calle oscura, maloliente, infestada de...
—¡Pásate para acá! —dijo Manuel con un grito sordo, jalándome del brazo hacia
el interior de un consultorio abandonado, que carecía de techo, puertas y
ventanas.
Una camioneta de carrocería y rines relucientes se paró bajo la silueta del
árbol -que había enmudecido- donde el grupo de prostitutos fumaba mariguana. De
ella bajaron varios hombres armados con metralletas y empezaron a golpear a los
homosexuales. Entre gritos, alaridos e insultos, los sicarios preguntaban
por...
—Me buscan —susurró Manuel— ¡Me buscan! —balbuceó
aterrorizado.
Lo abracé por la espalda y lo jalé al interior del edificio en ruinas, el tacón
de una de sus zapatillas tronó, mi mano sobre su boca, nos arrinconamos en el
piso de lo que había sido el baño, junto al retrete seco y nauseabundo. Los
disparos retumbaron fuera, uno por cada prostituto. Después escuchamos el sordo costalazo de sus cuerpos al caer en la caja de la camioneta. Al final, las llantas de la
troca rechinaron, y se perdieron en la esquina de la calle Bravo, rumbo al
desnivel.
Manuel lloraba, su enorme cuerpo moreno se convulsionaba, a causa del
llanto, sobre el mío. El cielo estrellado sobre nosotros, en medio de las
ruinas. Vi las constelaciones cruzar el pedazo de firmamento que las paredes
acunaban como si fueran dos manos juntando agua, mientras el cuerpo de Manuel
dejaba de temblar sobre el mío, hasta que el sueño anestesió nuestro terror.
Luego llegó el amanecer.
La mañana nos despertó con su lengua húmeda de rocío. Estábamos abrazados, como
si uno y otro buscáramos refugio en el cuerpo ajeno. Despertamos y nos pusimos
en pie, en silencio, aliviados, renovados.
Manuel posó en mí su mirada azul: mi cuerpo era el horizonte en el que
nunca se hubo posado astro tan magnífico. La pierna de la zapatilla
rota, flexionada. Sonrió con su luna creciente que se antojaba menguante.
Entonces le pregunté cómo había sabido mi nombre.
Guiñó un ojo y posó su índice en mi bata de trabajo, donde estaba bordado mi nombre.