viernes, 30 de mayo de 2014

Variaciones sobre el beso

Llevaba meses esperando el beso. Ella o él. No importa quién dio el primer paso. Es el encuentro, la necesidad, los labios tocándose, los cuerpos. Un beso robado a la persona que tanto te gusta. Y tras él, la realidad. Ser ajenos y lejanos. Cómplices en un instante.

******

En su mente quedaba el último beso que se dieron. Sin embargo, no se sabía en la de quién.

******

Era noche. Estaban solos. Se besaron: el primer y último beso. Años después, habrían de repetirlo muchas veces, de distintos modos y duraciones, en sus recuerdos.

******

En la pared plasmó el beso en blanco y negro: solo de ese modo, pudieron besarse para siempre.

******

¿Por qué un solo beso duele y gusta tanto?

******

Cuentan de una pareja que, para acallar la soledad y el miedo, se daban un beso.
Solo uno. Pero no cualquiera. Un beso lento que fundía sus cuerpos en uno y les hacía olvidar el dolor de la vida.

******

Cuentan de una pareja que, durante las noches, solía darse un solo beso.

Un beso que fraguaban durante el día, en los breves intersticios de tiempo que lograban arrancar a la jornada.

Uno podría pensar que sus besos eran iguales o parecidos. Pero no era así: cada uno era distinto, porque era el resultado de la lejanía temporal, pero obligada; de la añoranza mutua; de una búsqueda incierta; de alivio contra el dolor y la soledad que la vida infligía a sus corazones. 

Un beso, cada noche, que lo curaba todo al fundir sus cuerpos un instante en una minúscula eternidad.


******

La cadena de besos se rompió una noche de agosto. Ni él ni ella, la noche anterior, sabían que sería el último.

******

No me importa morir, dos veces. Me importan los dos besos.

******

-Aprietas tus labios, los estiras y dejas que ellos la toquen. Así de simple.

-¿Así de simple?

******

Él se acercó y la besó en la mejilla, así como quien no quiere la cosa... pero quiso, y más.

******

Tus labios son la caja de pandora.

******

Popocatépetl besó la frente de Iztacíuatl. Así, en náhuatl.

******
Nezahualcóyotl sellaba sus decretos con un beso.

******

Y bueno, la besó.

******

Y ella también, lo besó.

******

Luego se despidieron con otro beso.

******

"Es el nahual", le dijo. Y no, eran sus labios.

******

La Llorona acalló sus lamentos cuando el cometa besó a la Tierra.

******

El dinero de Judas.

******

El dinero de todos.

******

Buenas noches :*

sábado, 24 de mayo de 2014

El Reyno (falta de ortografía intencional)

Resulta que mi ciudad, el Reyno, está custodiada por las fuerzas federales. Esta semana no hubo "contingencias".

Sin embargo, hubo un asalto, cerca del trabajo. Un día antes de que viniera el segundo en el gobierno de la federación. Tras esta "contingencia" mi miedo ha aumentado al borde de la psicosis: me da terror salir del trabajo.

Pienso en aquellos días  lejanos en los que nuestros ancestros se enfrentaban a sus depredadores naturales y a otros grupos humanos, depredadores también. No me parecen tan distintas.

La realidad del Reyno toca fibras arcaicas que la civilización ha adormecido. Volvemos a ser esos seres que vivían en guardia, en alerta constante ante los peligros que los rodeaban. Quizá este estado de tensión es lo natural, lo que nuestros cuerpos y cerebros necesitan para evolucionar.

De ninguna manera justifico los ataques, los ultrajes, los robos y los asesinatos que pululan ahora, pese a la negación y cerrazón oficial. Pienso que si no aprovechamos esta singularidad para crecer, no seremos superiores a nuestro entorno, a nuestros gobernantes, a nuestra realidad. Cada día somos más fuertes, más astutos. Somos más. Que nadie confunda el silencio con la sumisión.

domingo, 18 de mayo de 2014

Domingo 18 de mayo de 2014

Hoy hizo un sol clemente cuyo calor manso, de tanto en tanto, arrastraba el viento, dejando un fresco agradable que erizaba la piel. El cielo era claro, azul, con una valla de nubes que no se movía del horizonte. 

Estos domingos me gustan, porque los puedo disfrutar en casa. Durante la semana de trabajo, si días así ocurren, ni cuenta me doy. En el claustro de mi oficina, a pesar de la ventana, es difícil tantear el día, su sabor. Uno solo puede mirarlo a través del cristal e imaginarse cómo es estar ahí afuera, nada más.

Tantas horas en el clima artificial del aire acondicionado lo hacen olvidar a uno que hay un mundo real. Son muchos los días que paso así, encerrado, trabajando, poniendo mi mente y conocimientos a los servicios de mi patrón. Mientras el mundo, el día de sol y temperatura mimosa, suceden allá afuera, tras la ventana cercana a mi oficina.

Años atrás trabajé en otra maquiladora en la que también tenía una ventana cerca. Mi vista era la de un campo de pasto que se extendía hasta la reja. En él, vivían las ardillas. Me gustaba pararme ahí, a verlas, y las envidiaba porque ellas podían estar bajo la luz del sol, como si nada.

En esta ventana, no hay un manto verde frente a mí, solo el gris del estacionamiento. Pero más allá, en el fondo, las copas de los árboles me saludan con sus manos verdes y las aves vuelan en su busca, para completar el saludo. Imagino que la voz del viento trae hasta mí el sisear y el canto de los árboles y de las aves. Pero esto es un puro decir, porque no puedo escucharla. En mi oficina todo es artificial y rutinario, tanto que se antoja de un gris latente bajo las capas de color. No hay naturaleza que disfrutar ni viento que recibir. Solo ese gris plomizo que pesa en las pupilas y en el alma, que quiebra los nervios y la salud.

Por eso aprecio estos días luminosos, estos días claros, llenos de vida. Es como si la música de la Naturaleza se hubiera liberado de la mano del hombre y cantara a sus anchas, con descaro, frente a mí.

La voz de la Naturaleza es más fuerte que la nuestra y nosotros somos tan pequeños, tan insignificantes ante ella. Qué privilegio poder escucharla una tarde de domingo, en mi jardín.

jueves, 15 de mayo de 2014

Sobre la muerte

Morimos cuando dejan de recordarnos.

Olvidé en dónde lo leí (¿lo leí?), pero esta frase guarda un oculto anhelo de inmortalidad. Irreal, por cierto, porque cuando nuestro sistema solar desaparezca, no habrá nadie que nos recuerde. Los hechos así lo dicen: estamos acabando con el planeta y, con ello, cavando nuestra propia tumba. Como humanos, por supuesto. Tal vez vengan otras especies y se adueñen de lo que dejemos atrás.

La muerte nos fascina. No el acto de morir, claro está; sino el hecho en sí, el puntual, el momento... sin embargo, la muerte es tan necesaria para que los ciclos naturales se cumplan. Sin muerte no hay evolución; y sin ella, nosotros, los humanos, no estaríamos aquí. Queramos o no, creamos en ello o no, somos el producto de una larga cadena sucesiva de muertes: miles de millones de seres nos antecedieron y murieron para que pudiéramos existir. Todo esto a consecuencia de una serie de eventos fortuitos: no tenemos exclusividad, el Universo no se hizo para nosotros, no somos especiales.

Y es esta vanidad la que nos hace, a nosotros, los que estamos vivos en este momento, únicos. Tenemos un sinfín de oportunidades para apreciar el valor de nuestra vida. El que no haya un después, algo tras la muerte, hace la vida de cada uno de todos los seres vivos, una oportunidad valiosa, pero no especial. El Universo no está pensado para nosotros. Solo somos parte de él.

Muchas veces he pensado en mi última fecha. ¿Cuál será? Deseo que sea un dato perdido todavía en la bruma del futuro. Una fecha que sea inscrita después de ver crecer a mis nietos. Pido mucho, lo sé: quiero mucho. Nadie tiene la vida comprada. Pero si en algún momento dejara de perseverar en un futuro incierto, en contradicción, daría al traste con mi vida. Es lo irreal, el anhelo, lo que nos hace luchar por un futuro. Es esta eterna necedad, esta terquedad, por aferrarnos a lo vivo, a lo real, lo que nos permite adorar la vida aun y con todas sus vicisitudes, sus dolores, sus injusticias.

La muerte nos fascina, porque, queramos o no, es la única verdad plausible. La única verdad real. Sin embargo, de un modo poético, perduramos en el recuerdo que otros alimentan sobre lo que fuimos. Y cuando esa remembranza se pierda, entonces, habremos muerto de verdad.

martes, 6 de mayo de 2014

Cosmos

Los seres humanos -en resumen: todos los habitantes de este planeta-, somos entes limitados. Hay cosas que no está en nuestras manos cambiar; la humilde aceptación de esta verdad, alivia el peso de estar vivo. Esa es nuestra diferencia con esos seres que llamamos animales, inferiores: que nosotros sabemos que, a consciencia, sufrimos.

Díganme si no: la ignorancia de la propia condición es mejor a la total lucidez sobre ella. Bien, somos unos seres pensantes que caminan sobre la delicada superficie de un planeta en enfriamiento, perdido en medio de ese inmenso espacio que llamamos Universo, solo para evitar afirmar que estamos en medio de la nada.

¿Qué tiene de malo esto? Estar en medio de nada. Es la realidad, creamos o no en ella. Creer, tener fe, son actos irracionales. ¿Por qué? Porque prescinde de los hechos y confía las verdades trascendentales a la nada, a eso que no podemos palpar o demostrar.

Es inevitable pensar que uno es el centro de todo, de la realidad. Pero la vida se encarga de demostrarnos que estamos en un error, equivocados. La humildad nos orilla a aceptar que solo tenemos esta oportunidad, esta vida... nada más. ¿Para qué carajos desperdiciarla en ideologías sin sustento?

La fe es un acto irracional que conduce a conclusiones irracionales. Pero en modo alguno reta a la realidad. El Universo no está pensado para nosotros, de hecho, no está pensado, por tanto, no es de nadie.

Queramos o no, estamos solos, abandonados al inevitable encuentro con seres de otros mundos, inteligencias reales. Estamos en compañía unos de otros, nada más. Solo nos tenemos a nosotros y ya.

Somos, junto con nuestros compañeros "animales", seres errantes, limitados, compuestos del mismo polvo que forma a otras entidades en otros lugares. ¿No es eso maravilloso y REAL? Que exista solo una oportunidad, una chance de levantar la mirada a las estrellas y ver en esa luz del pasado nuestra propia historia. 

La magia existe, es real, solo cuando se avoca a los hechos. Porque esta soledad inmensa cobra sentido cuando aceptamos nuestra condición humana: que no hay más mundo que este y nada más.

lunes, 5 de mayo de 2014

Cinco de mayo, 2014

Un diario no es tal si no registra las experiencias vividas. Por tanto, lo ficticio, lo fantástico -acaso sí, en cierto modo, lo irreal- no tienen cabida en él. Conviene aclarar que su propósito no es el de reportar, con ese alejamiento descriptivo (¿o debería decir: esa descripción alejada?), los sucesos relevantes o noticiosos. No. Un diario es un diálogo interno. Una conversación con uno mismo, quizá. Pero un soliloquio cuya aspiración es ordenar los propios sentimientos, amansar hasta la quietud las hordas desatadas de las emociones. 

Un diario eres tú observándote a ti mismo, con un alejamiento y una cercanía inevitables y necesarios, para lograr entender los ríos de vida y de muerte que corren libres en esas profundas cavernas del subconsciente. 

Un diario son páginas de tu ser expuestas al escrutinio, a la luz de esta realidad, al posible manoseo de otros seres que, como tú, intentan desmenuzar los hechos que nos ocurren, que nos impactan, llenan o vacían... o que no mueven en nosotros nada de nada. También eso se vale: la indiferencia.

¿A qué viene todo esto? Hoy tuve la oportunidad de observar, sin quererlo, las fotografías de cuatro personas abatidas por las fuerzas armadas (sobran las aclaraciones). El horror. La irracionalidad. La repugnancia. No puedo describir lo que en este momento está latente en mí. Por ello, más allá de dar los detalles sobre lo que ocurrió este día en mi ciudad, quiero dejar escrito el grito que hay en mí. Uno hondo, grave y sincero. Un verdadero espanto.

domingo, 4 de mayo de 2014

May the 4th be with you!

Hoy tengo en la cabeza muchas ideas, pero revueltas. Todo empezó con mis sueños de anoche, que arrojaron, como quien no quiere la cosa, un semillero de sensaciones en mi subconsciente.

Ya entrada la tarde, un artículo del periódico sobre filosofía, me ayudó a anudar sentimientos que vagaban dentro de mí, sueltos.

La noche llegó acompañada de la lectura y de una voz femenina que se repite en mi mente: "Me dejaste sola con todo el peso de tu fama".

No recuerdo la cantidad exacta de sueños que tuve, solo sé que fueron muchos. Tampoco recuerdo qué fue lo que soñé. Quedaron en mi mente consciente retazos de esa "realidad". En uno de los sueños tenía yo poderes sobre los objetos: podía moverlos de un lugar a otro, sin tocarlos. También, en la palma de mi mano izquierda, concentraba a voluntad una esfera de calor cuya intensidad y tamaño aumentaban con mi deseo; luego la lanzaba contra lo que yo quisiera. En el sueño tenía enemigos y contra ellos lanzaba la bola de calor, invisible. También soñé a mi abuela materna, difunta. Me aconsejaba no confiar en el automóvil que manejaba en el sueño. Estábamos en Guadalajara, en una casa que, junto con otras, estaban en la orilla de un camino y, tras ellas, una barranca amarilla. Era un día sin sol, en penumbras, como una media tarde nublada en la que no se adivina si está próxima la noche. Era un día a media luz, nublado y pardo. Sin embargo, todo era claridad. Y la voz de mi abuela, su rostro que yo muchas veces había mirado cuando era niño, me decía que no confiara en mi carro. Lo había estacionado cerca de ahí y, cuando fui a buscarlo, no estaba. Que roben mi coche es un sueño recurrente. Por último, el baño. Tenía que ir, pero cuando iba no podía encender la luz antes de entrar. Había muchos baños en esa casa (aclaro, este ya es otro sueño) y baño al que entraba, permanecía a oscuras por más que intentara encender la luz. Eran baños con regaderas, sanitarios solos, o unas habitaciones con tina y demasiado espacio. Hasta baños de escuela dispuestos como en laberinto. Cuando por fin pude encontrar uno, la taza calló a un lado y dejó un enorme boquete en el piso del que manaba un chorro de agua sucia; no eran aguas negras, solo un agua parda que no dejaba de fluir.

El artículo que leí era sobre un filósofo coreano radicado en Alemania. Prácticamente, lo que este señor dice es que nos encanta el chisme, porque nuestra propia vida ha dejado de interesarnos. Bueno, estas son mis palabras, describiendo lo que yo entendí: que exigimos transparencia a nuestros gobiernos, porque queremos conocer los oscuros secretos de nuestros gobernantes; no porque nos interese gobernarlos a ellos. Tanto gobierna el poder, como el ciudadano. Es mutuo, y si esta delicada armonía se rompe, ocurre el desastre que hoy vemos. También tocó un tema personal: la depresión. Dice que es un acto narcisista, porque se olvida del otro. En mi tierra, o mejor debiera decir, en mis tiempos, eso se denominaba: egoísmo.

Por último, la frase "Me dejaste sola con todo el peso de tu fama", nació al ver una fotografía de un sonriente GGM. No pude evitar acordarme de Einstein, que también dejó sola a su mujer cuando murió. Ni de Pilar, la eterna compañera de Saramago. ¿Qué sucede con esas mujeres que han estado al lado de esos grandes hombres... hasta que se mueren? ¿En qué se convierten sus vidas sin ellos? Veo aquí un tema, un territorio para explorar.

Por cierto, dicen el tuiter y el f que hoy es el día de Star Wars. La serie favorita de uno de mis hijos. May the 4th be with you!

sábado, 3 de mayo de 2014

Mi recuerdo más antiguo

El recuerdo más antiguo que guardo es el de la noche en que perseguí sobre la banqueta a un gato negro. La calle estaba vacía y las casas, carentes de bardas o cercas, dormitaban su sueño incipiente a la vera de ese camino desierto. Según los cálculos de Lupita, mi mamá, tendría cuatro años. En un punto de la persecución, el minino se detuvo y volteó a verme: sus ojos se iluminaron con un brillo ámbar que me lleno de miedo. Me detuve, el animal me miraba con esos ojos refulgentes que no se me quitaban de encima. Regresé impulsado por el terror genuino de un niño de cuatro años. Era la primera vez que sentía el miedo a consciencia y era como un hervidero en el estómago.

Muchos años después, rebasados los nueve años, sentí en la misma víscera una emoción distinta, pero de igual intensidad. Ocurrió un día en que Lupita nos dio la noticia, a mis hermanas y a mí, de que el primo Daniel vendría ese día de visita. Mi alegría fue tan grande, que mi estómago se contrajo y luego impulsó mis piernas en numerosos brincos, los brazos alzados, la plena y total alegría escapando por mi garganta. Sentí esa explosión varias veces, durante varios años después. Hasta que desapareció por completo cuando llegó la pubertad y con ella los continuos sueños en que volaba con absoluta libertad. Esos sueños eran diarios y numerosos, así como mis poderes que controlaban los eventos oníricos y los sueños mismos y hasta qué soñar. Ser niño, uno de verdad, te da el control sobre las historias que te cuentas a ti mismo, mientras duermes.

Hoy, adulto, me cuesta volar en sueños. Ni qué decir de sentir tamaña alegría. En cambio, el miedo, aunque distinto, es más aterrador e intimidante, aunque no menos imaginario, irreal. Mi mente es amiga y mi peor enemiga, los dos a la vez. Mis sueños de adulto son un reflejo de mi propia realidad, una versión exagerada de ella.

jueves, 1 de mayo de 2014

Basura y angustia, las dos caras de la misma moneda

Cada vez que tiro el envase de un producto, no dejo de pensar en su destino. Ni en su pasado. Me da tristeza que un objeto se vuelva inútil al vaciar su contenido, que ya no sirva para nada: de pronto es, así nada más, basura.

Pensemos en todos los recursos necesarios para su creación: desde las mentes que los concibieron hasta las cadenas de suministro que llevaron los materiales para su fabricación, las personas (obreros, supervisores, gerentes, ingenieros, personal de limpieza, choferes, guardias de seguridad, etcétera), y, por supuesto, el consumidor (cliente es el que paga, los demás somos mirones). Un gran número de recursos intelectuales, financieros y humanos, de empleos primarios, secundarios y vaya usted a saber de qué otro orden, para consumar ese intercambio comercial: la compra-venta.

Lo que sucede después es lo que acrecienta mi angustia: el producto, o mejor dicho, el contenido se consume y lo demás se vuelve en un abrir, mas no cerrar, de empaque... en un objeto inútil y estorboso. Un desperdicio. Y de alto costo. Conservar los millones de desechos que se generan al consumir los productos que compramos implica un costo no solo económico, sino ambiental, y, me atrevo a decir, filosófico.

¿Qué clase de ser fabrica un objeto que, en realidad, nadie necesita, y que gracias a la mercadotecnia (ese eufemismo del lavado cerebral, de la manipulación de nuestros caprichosos deseos), son vendidos a millones de personas como usted y como yo en quienes ha sido creada una necesidad antes inexistente y siempre innecesaria? ¿Qué clase de ser es éste que delimita su responsabilidad a la venta y a la compra de ese objeto y se desentiende del destino final del empaque? La última pregunta involucra a dos entes: el que lo vende y el que lo compra. Ambos son responsables. ¿Y el que permite el intercambio comercial?

Sea lo que sea, los empaques de varios de los productos que he adquirido a lo largo de mi vida, yacen en los vertederos de basura. Estorbando, contaminando, pudriéndose con lentitud, unos con la velocidad de los siglos y de los milenios (según los expertos).

Cuántos de esos mismos productos cruzan las fronteras que los tratados comerciales han abierto de par en par a los objetos, mas no a las personas: millones. Millones de desperdicios que, hay que aceptarlo, son exportados a otros países.

El capitalismo tiene sus lados oscuros, esos que todos miramos de soslayo, pero que, queramos o no, vacían por debajo de nuestras conciencias, sin darnos cuenta, nuestros espíritus. Lo que queda es esta ausencia desesperante: la angustia.

Abril 30, 2014

El tema principal de hoy en las pláticas y publicaciones de las redes sociales fue la balacera de ayer en mi ciudad. Hasta el periódico local, cuya tónica principal el último lustro hace honor al lema "calladito me veo más bonito", le cedió la plana principal, la nota que impacta, la que vende.

De verdad, me gustaría convencerme de que los tiempos han comenzado a cambiar. Pero me cuesta tanto. Llámenle escepticismo, prudencia, negativismo si quieren; el caso es que ante tanta necedad oficial, tanta cerrazón de los gobernantes, tanto empeño en negar la realidad... Lo voy a plantear de este modo: un adicto, que durante mucho tiempo ha negado su enfermedad decide, por fin, una mañana aceptar su padecimiento. ¿Quién va a creer que puede recuperarse del desastre?

Dicen que los hechos hablan por sí mismos, que "por sus frutos los conoceréis", o, más simple, que "el pez por la boca muere". Pero aquellos que han muerto por las balas y han sido anulados en los discursos oficiales, los que han sido arrebatados de la manera más absurda de sus familias, de sus seres queridos, de nuestra ciudad, en suma, de la vida... ¿quién hablará por ellos? ¿Quién hará valer que una vez existieron, que fueron personas comunes y corrientes, que estuvieron entre nosotros sin ser notados porque estaban vivos? Y ahora que están muertos son igual de irreales, unos fantasmas cuya memoria es reivindicada por unos pocos, los suyos, que padecen el dolor de su ausencia, el horror del modo en que fueron tomados de manera fortuita, el hecho de que ya no están, no porque se fueron, sino porque fueron silenciados antes de levantar la voz... ¿Quién habla por ellos?

La memoria es corta porque los eslabones que unen los recuerdos se rompen, se pierden entre generaciones próximas o inmediatas. El dolor es la llama de una vela que apaga el soplo de la muerte.

En cincuenta o cien años seremos historia. Con suerte, seremos objeto de la curiosidad de personas que mirarán hacia atrás pregúntandose cómo vivíamos, qué sentíamos, cómo hicimos para no perder la esperanza. Esas gentes ignorarán lo que hoy ya sabemos: que sentimos y padecemos lo mismo que ellos, a pesar de la distancia que ha interpuesto entre nosotros el tiempo. Y ellos, así como lo hacemos nosotros, en algún momento de sus vidas, se darán cuenta de que solamente están extendiendo el monólogo de la Humanidad: por qué. El mismo soliloquio que en este momento perpetuamos.

No creo en los viajes en el tiempo, porque no detecto a sus viajeros, emisarios, chingado: vacacionistas, alrededor de mí. Pero, si lo piensan bien, en cierto modo, los viajeros en el tiempo son una falacia: de ser posible, iríamos al pasado cargados con un entusiasmo pueril, solo para toparnos con la verdad de que ahí atrás, estamos nosotros mismos, con otros nombres y otras costumbres... pero siempre, no importa la fecha o el lugar, los mismos entes. La misma esencia.

El tema principal entre los seres racionales es la vida y la muerte, el dolor, la irracionalidad del Universo. Pero que esta verdad te llegue a punta de balas que han sido disparadas por semejantes tuyos, otros igual a ti en esencia, cala hondo. Entonces, ese dolor se vuelve TU DOLOR, solo tuyo... y no hay historia o viaje en el tiempo que logre redimirlo. Este eslabón es inquebrantable, a pesar de la muerte, de la distancia en el tiempo. A pesar de todo.

martes, 29 de abril de 2014

Abril 29, 2014

¿Dónde está esa realidad que tildaban de ficticia, esa realidad imperfecta que, tal vez de un modo irracional pero convincente, llenaba nuestras vidas?
¿Cómo les explico a mis hijos, con qué cara les digo, para tranquilizarlos, "la vida es así"?
¿Lo es?
Recuerdo tardes de sosiego bajo un sol que se iba a descansar, para abrir paso a una noche plena de sueños, de anhelos, de expectativas infantiles, de alegrías mansas.
No había monstruos detrás de las puertas ni espectros debajo de las camas.
Latente estaba un mundo dispuesto para nosotros a ser explorado, a ser vivido con paciencia y curiosidad. Un mundo vasto.
Y las noches estaban llenas de los murmullos de las estrellas, de los cantos de la Naturaleza, de lunas empeñadas en repetir los mismos rostros conforme avanzaba el mes... y se acumulaban los años.
Y la familia. Mi familia. A mi lado.
El tiempo pasa, deshoja la flor de mi esperanza que unos fantasmas reales, crueles, carentes de piedad, amenazan con aniquilar.
¿Dónde está eso que era mi vida?

sábado, 26 de abril de 2014

Esto que llamamos...

No es malo pensar que un texto merece corrección. El trabajo verdadero tiene cicatrices, digo yo. Es como ver un atardecer, a la orilla del mar, del mundo, de ese pedazo de vida que anhelamos mantener eterno.

Una madre duerme a media noche. Su sueño no lo perturba este puñado de dudas, que iguala en cantidad a las estrellas del cielo primaveral.

Hoy digo: equinoccio en pleno marzo. Mañana, verano. Qué importa. Cuantas nueces deja caer un nogal, es cuantas dudas, multiplicadas por un millar, suelto al viento.

Unos dirán que soy pretencioso; otros que no valgo nada. Pero mi espíritu me dice que detrás de las palabras está el viento... feroz... como si nada... solo porque tiene que estar ahí.

¿Qué más da tener un nombre? ¿Qué más da tener nada? Al final... ¿qué es lo que permanece?

Te asesinan, te mutilan, te acaban.

¿A quién le importa?

Puede ser en un gimnasio, que vean el video de tu muerte en you tube. O tal vez, nadie lo vea.

Si no te matan, de veras. Vives en la orilla del miedo, de la realidad.

Tu colon se hincha, tanto como tu cuerpo... solo porque no puede rebasar el común denomidador: esto que llamamos hombre... o mujer... ser humano... esto que llamamos...

lunes, 21 de abril de 2014

Abril 18, 2014

Viernes Santo. Ayer murió Gabriel García Márquez (GGM), en Jueves Santo, como Úrsula Iguarán, su querido personaje de Cien años de soledad: otra coincidencia, de las que está llena la vida. 

Por este hombre, GGM, quise aprender a escribir. Ya "escribía" antes, desde la secundaria. Pero leer a GGM despertó en mí unas ansias tremendas de decir cosas. Como buen principiante, intenté imitarlo... ¡Y me salió tan mal! Hasta me atreví a asistir a un taller literario, donde pude confirmar mi ignorancia literaria. Haber leído y escrito mucho, no me hizo lector ni escritor.

Pasaron los años y con ellos muchas lecturas. Entré a otro taller y me di cuenta de que estaba peor que al principio: sí, había leído muchos libros, pero no les había puesto atención. Los leí mal. Y eso se nota en mis textos.

Escribía esta entrada, mientras los helicópteros volaban sobre la ciudad. Mi esposa preparaba la comida (que daríamos después de las siete de la tarde... pónganse en nuestro lugar, son cuatro días de descanso seguidos, hay que aprovechar dormir), me embarga una pena que no logro explicar. En mi cabeza bullen historias, pero no logro pasarlas al papel, no del modo que yo quisiera. Me gustaría que no sea la misma voz que se encuentra en lo que he escrito, que fuera algo diferente.

Las palabras deben decir algo, dicen. Solo deben contar una historia y nada más. No estoy de acuerdo: las palabras deben hacer algo más que contar. Deben hablarle a esa persona que somos, a quien nosotros mismos no nos atrevemos a dirigir la palabra, y decirle que no está solo en este mundo que llamamos realidad.

Las palabras están ahí, la hoja está en blanco: la mesa está puesta.

Buenas noches.


viernes, 18 de abril de 2014

Diario de Tehuani

Hoy compré "El último cuaderno" de José Saramago y se me ocurrió transformar este blog en un cuaderno de ejercicios y un diario. El objetivo del primero es publicar los textos que he presentado en el taller al que asisto; el del segundo, se explica solo.

JAT (entrañable amigo y compañero del taller) me ha preguntado en varias ocasiones si llevo un diario. No.
Me gustaría llevarlo, uno personal, propio y para mí. Por tanto, mi intención al modificar el perfil de este blog no es el de crear dicho documento íntimo. Más bien, me gustaría crear un diálogo que vaya más allá de la plática unipersonal que se crea con un diario personal: uno platicando con uno mismo.

Decir lo que pienso, solo para dejar un registro de lo que, en cierto momento, pensaba (hoy), y que con seguridad no será lo mismo en unos años (mañana). Muchas veces me he sorprendido al releer mis manuscritos; parecen escritos por otra persona, tanto que he llegado a preguntarme: yo escribí esto. Así que me gustaría sorprenderme en unos años y regresar a estas palabras y cuestionar al autor de ellas. Tal vez me guste, o quizás no. Pero una cosa será segura: quien las relea no será el mismo (yo).

miércoles, 2 de abril de 2014

Una tarde sin Facebook

[Facebook se cayó: no hay nada interesante qué hacer]

La realidad, el mundo, me rodea. Escucho a mis padres, allá abajo... ¡Qué hueva!

Enciendo el televisor. 

Un programa interesante: sobre las estrellas del espectáculo... pero son las viejas. Cambio de canal varias veces: una película gringa... repetida. Intento anclar mi atención en los canales de música. ¡Hey, esa rola me gusta! Qué pena que no haya aquí un botón de "Me gusta"... me entra la nostalgia. Tomó mi celular y entro al Facebook. Nada.

Vuelvo al televisor.

Un chef, que no sé quién es, prepara mole de pollo. Se ve rico... Creo que tengo hambre. Voy por un sangüich: dos rebanadas de pan... no, mejor tres... cuatro jamones... mostaza... ¡Y listo!

Estoy frente al televisor de nuevo. A ver... ¿Ya regresó Facebook? No. ¡Chingada madre! ¡Qué puto aburrimiento! ¡Oye, ese mole se ve bien rico! Mmmmm, no estaba mal este sangüich, eh.

Déjame ver qué más hay en la tele.

Mamá me grita desde abajo. Me pregunta si los voy a acompañar a hacer el mandado. No contesto. Pregunta, bueno grita de nuevo. "Está bueno, sí voy".

Pero antes, a ver, Facebook. Parece que regresó. "¡Mamá, mejor no voy! Tengo mucha tarea". Se va con papá, echando pestes. Así son ellas.

¡Falsa alarma! Pinche feis, ¿valiste madre o qué? ¡Ash!

Bueno, a ver qué hay en la televisión. ¡Mira qué ropa tan chida! ¡No mames! Ojalá y estuviera así de flaca. Ya no voy a busguear tanto. Mmmm, creo que me pondré a dieta. ¡Ay, pero eso de comer lechugas y hierbas, como las vacas, no me gusta! Bueno, ¡pero ya parezco una vaca! Ja, ja, ja, ja...

Neta que ya no aguanto este pinche aburrimiento. En la puta tele no  hay nada qué ver. Ojalá tuviéramos los canales tres equis. ¡De veras! A ver, bendito Internet. ¡Ay, no mames! No hay Internet. :(

Chingado. Bueno, deja veo ese programa gringo. Pinche doblaje, güey. Del nabo, la verdad. No. Mejor le cambio. ¡Ay, ya son del nabo todos los canales! Bueno, mejor le pongo en los videos. Así, ya de perdis, me entretengo escuchando música, mientras me pinto las uñas.

¿De qué color me las pintaré hoy? Negro. Sí, hace mucho que no uso ese tono. A ver, color negro, ¿dónde estás? ¡No pinches mames! ¿Se fue la luz? ¡Ay, no! ¡Ahora sí me da! ¡No mames! ¿Qué voy a hacer aquí sola sin tele ni Internet ni feis? ¡Qué pinche vida es ésta! ¡No mames! ¡Ojalá y hubiera un pinche botón de "No me gusta" y otro de "Chinguen a su madre"!

domingo, 30 de marzo de 2014

Alarma

Lo despertó la alarma antirrobo de la casa del vecino. Pensó que Gabriel había olvidado desactivarla otra vez, antes de entrar, pero el artefacto siguió aullando.

Entonces despertó. Abrió los ojos; no se levantó de la cama. De la casa de Gabriel escuchó unos gritos que, entre insultos, ordenaban a sus vecinos a salir. Luego, a la mujer que gritaba desesperada, el llanto de los dos niños… al escucharlo, la piel se le erizó y una quemazón aceitosa resbaló por su estómago. “¡Los niños!”, pensó. Quiso llorar, y lloró; quiso gritar, pero se contuvo: el miedo, desbocado en su cuerpo, se lo impidió.

La madre suplicaba. Gabriel pedía a sus captores que no se llevaran a su familia, que la bronca era con él… solo con él… pero no lo escucharon. Los metieron a todos en los vehículos.

Escuchó el rechinido de las llantas y el rumor agitado de los motores perderse en medio de la madrugada. Solo se quedó la alarma con su lamento cuadrado, gris, ajeno.

Ya no pudo dormir. La impotencia y el miedo no se lo permitieron.


“Por un lado es bueno que no tenga familia”, se dijo, ahogando el grito que comenzaba a escalar su garganta. La alarma se lamentaba todavía. Respiró profundo y se dio cuenta de que se había orinado.

jueves, 20 de marzo de 2014

Zeta


El olor del café se cuela bajo la puerta. Escucho ruidos de trastes, abajo en la cocina, y el parloteo del televisor. Mamá prepara el desayuno. Siento un borboteo en el estómago, quiero levantarme, pero la sábana no me libera, me abraza, lánguida, tibia. El rumor del aparato del aire acondicionado me arrulla: es un susurro, un canto manso como el de un río que dormita en medio del bosque.
La mañana está en mi habitación: tranquila, atemporal. Su luz toca mis párpados y ellos se dejan acariciar, querer… adormecer. Mi respiración se relaja y mis pies descalzos asoman por el borde de la sábana. Siento frío.
El aroma del café se mezcla con el de huevos con chorizo. Mi estómago protesta. Me niego a despertar, a levantarme. Allá abajo los ruidos aumentan, ya no son los trastes ni el televisor, son pasos fuertes, la puerta se abre de golpe, alguien grita. Mis ojos están vendados, mis manos atadas detrás de la espalda. La persona es  un hombre, me levanta de los cabellos y me arrastra fuera del recinto que huele a humedad y orines. En la habitación contigua se escuchan el llanto y las súplicas de alguien que pide le perdonen la vida. Me hincan junto a él, a mi lado derecho, en mi oreja, siento el soplo fugaz de un golpe sordo, luego el sonido de un bulto que choca contra el suelo y… silencio.
Sigo yo. Me insultan y golpean. En mi frente se estrella un escupitajo caliente que resbala por mi mejilla. Del lugar donde el bulto cayó, me llega el olor de la mierda. El gruñido metálico de una pistola que se prepara para disparar resuena sobre mi cabeza. La voz enojada de un hombre maldice la última letra del abecedario, una y otra vez. Se refiere a mí. Oigo el último sonido de mi vida: un disparo, mientras mi pensamiento se aferra a mi madre. La extraño.

viernes, 28 de febrero de 2014

Otro sueño

La noticia del fin de semana pasado fue la detención del narcotraficante "El Chapo". La semana siguiente estuvo, literalmente, plagada de notas sobre él, sus riquezas, su detención, en el radio una supuesta plática con él. En un noticiero de la televisión dijeron esta mañana, ya viernes: estamos "enchapopotados" (el chapopote es una resina del petróleo que se utiliza para pavimentar las calles). Esta insistencia mediática -en el internet, la televisión y la radio- dejó una huella en mi inconsciente.

Anoche soñé que vivía en un cuartito. Era de noche. Una balacera se desató y mi esposa y yo quedamos en medio de ella. El cuartillo no pudo protegernos: las balas llovían, literalmente, y agujereaban el techo y los muebles. Salimos a buscar un refugio entre tanto cuarto que había, sin encontrarlo. Podía escuchar el zumbido de las balas, las detonaciones, los gritos de los soldados y de los criminales. Sentí tanto miedo de no poder proteger a mi mujer ni a mí mismo. Luego la lluvia comenzó, suave, silenciosa, como un estorbo que llenaba de lodo las calles. Odié la indiferencia de las personas hacia nosotros, los que huíamos; la codicia de unos, el deber tajante de otros. Odié al ser humano y la maldad de la que es capaz. Odié la lluvia, la falta de refugio, las balas y la muerte. Me odié a mí mismo, mi propia vida que me tenía, quizá de manera casual, en medio de todo eso. 

Entonces desperté. Vi la realidad de mi recámara, hundida en la noche y el silencio de la madrugada. Mi esposa a mi lado, dormida, tranquila. Yo mismo, intacto. Entonces, odié esa parte de mí, que no me deja conciliar un sueño tranquilo, que no me da solaz, a pesar de la vida. ¿De qué sirve estar vivo, si el sueño te recuerda que lo estás?

¿Por qué hace uno un blog?

Al crear este blog, "Cuaderno de ejercicios de Tehuani", tenía en mente publicar los ejercicios que presentara en el taller literario en que me inscribí, el día de mi cumpleaños, el año pasado (2013). Soy honesto: no he cumplido el objetivo. 

He escrito desde la secundaria. La primera vez que publiqué fue en la gaceta de la universidad, un poema. Luego otro. Ambos con el pseudónimo de Mictlampapepetl. Diez años después, en un periódico de mi ciudad: tres o cuatro cuentos, no lo recuerdo, con mi nombre. De ahí llené las páginas de un diario con minicuentos que escribía los domingos y con recuerdos de mi infancia. Escribí varios textos de evocaban experiencias que me marcaron o que, simplemente, venían a mi mente. Todas al lado de mis familiares.

Pasaron otros diez años y entré a mi segundo taller. Ya no he publicado nada, pero he escrito mucho. Y, también, he fallado mucho. Me he dado cuenta de que este oficio, si se hace con amor y dedicación, no te da frutos, en el sentido de que por sí solo no te abre puertas. Debes dedicarle mucho, mucho tiempo, para alcanzar un logro modesto o ínfimo.

Publicar. Publicar. ¿Para qué publicar? Hoy en día la tecnología te permite hacerlo. De hecho, lo haré cuando comparta este texto. ¿Y qué he logrado? Comunicar una idea, tocar puertas. Pero no, escribir.

Me gustaría compartirles mis textos, los ejercicios del taller.Quizá un día lo haré. Hay tanto que decir.

jueves, 20 de febrero de 2014

Envidia

La tarea de hoy, 19 de febrero, es un cuento cuyo tema central es la envidia.

¿Qué no se ha dicho sobre la envidia? Quisiera escribir aquí una sesuda disertación sobre este pecado capital, cuya posición ordinal la verdad desconozco, para adornar y "enriquecer" esta entrada. Sin embargo, no recuerdo, de ninguna de mis lecturas, que hayan, siquiera, rozado este tema.

Puedo hablar, eso sí, de lo que me ha tocado vivir. De mis propias vivencias.

Tuve un jefe que, cito, "no vas a llegar a esa posición antes que yo". O sea, no iba este pobre hombre a conseguir ese puesto antes de la edad que él lo consiguió. En otra ocasión me dijo, "mientras yo esté en esta compañía, tú no pasarás de ese puesto". Y no pasé... ni cuando se fue. En sí, no fue tanto culpa de él. Para qué le doy tanto crédito. Mi timidez y mi falta de relaciones ayudaron en ello. Ergo... yo contribuí.

Yendo más atrás, a la secundaria. Un compañero hizo y deshizo para golpearme. Nunca lo logró. Una tarde, al salir del colegio, juntó a un grupo de amigos y me estuvo, como dicen aquí en el norte de México, "venadeando", lo que en buen español quiere decir, acechando. Yo solía hacer el camino a casa junto a un amigo que tomaba la pesera (transporte público). Ese día, no recuerdo bien por qué, no fue así. Mi amigo se fue primero y lo confundieron conmigo. Lo golpearon y amenazaron, pensando que era yo. Él, nunca olvidaré esto, regresó hasta el colegio y me alertó. No regresé hasta que mi madre fue por mí.

Hoy, al salir del taller, mi compañero y yo, vimos a un indigente (como les dicen en México a los pobres que no tienen casa y duermen en la calle) durmiendo con sus cosas en la acera de una iglesia católica de construcción moderna. Está en una colonia de ricos. Yo le dije: ahí hay un cuento sobre la envidia. Y di varios ejemplos: él indigente que envidia a los ricos; el rico, recién secuestrado (bueno, no resulta creíble ahora, pero así lo comenté) que pasa en su coche y envidia al pobre porque no tiene riquezas que cuidar ni rescates que pagar. Mi compañero dijo que leyó una historia en el Internet (¡maldito Internet!) que hablaba de algo parecido. Entonces, le propuse cambiar la historia: el indigente envidia al rico, por rico; y el rico, recién secuestrado, al pobre por pobre: ambos unidos en la misma historia. Ambos reímos. Luego añadí a un perro que orina al indigente dormido y al coche del rico (inverosímilmente estacionado en la calle).

La envidia, pienso, debe ser la más grande de las inseguridades. Es una soledad, sin sol ni desierto, que agosta el alma. Un vacío incapaz de ser llenado y, por tanto, sin oquedad. Es tener un pie en la muerte y padecerla en vida. Como intentar respirar bajo el agua putrefacta.

Tengo que escribir un cuento sobre la envidia. Más bien, la tarea es escribir un cuento sobre la envidia... ese sentimiento silencioso...

Taller de primavera

El 5 de febrero inició el taller de primavera. Esta vez hay nuevos compañeros que, a pesar de su inexperiencia en talleres literarios, están aportando mucho. Quizás nunca hayan escrito un cuento. Son sus lecturas. En sus ejercicios, dos hasta ahora, se asoman, tímidas. Me gusta, así como el botón del Facebook. sus puntos de vista, o, mejor dicho, sus valoraciones sustentadas, como he dicho, en la lectura, aportan un valor que yo no tengo: el de los años y años de continua y apasionada... lectura.

La verdad siento temor de no entender, como ya me pasó en este taller, los comentarios sobre autores que jamás he leído. Me siento ignorante. Ellos dicen, de mí y un compañero a quien conocí hace diez años en otro taller, que "se nota que tenemos experiencia". La verdad es que no. Ellos, varones añosos, qué pueden ignorar de la experiencia. Ya quisiera yo tener sus conocimientos a mi edad. Armar frases poéticas, escritos redondos, como ellos dicen, no es tan difícil. Se requiere práctica y malicia. Pero la experiencia... nada la suple. 

Los admiro a los tres. Mira que venir a un taller, con más de cinco décadas a cuestas, y decir que dos simples jóvenes, inexpertos en la vida, sabemos escribir, que tenemos oficio... No, para nada. Ellos, y nuestra querida maestra, son los que aportan.

Yo soy todo oídos... y un montón de hojas en el cesto de basura.

sábado, 15 de febrero de 2014

Mi pesadilla de anoche

Es curioso lo que una cena pesada puede hacer con tu sueño. Si no, pregúntenle a Gregorio Samsa, quien, tras un sueño intranquilo, despertó convertido en un insecto.

Anoche me acosó una pesadilla que, a pesar de interrumpirla en tres ocasiones, se negó a desaparecer. Conducía un coche por una calle de automóviles atravesados. Salí de ella por un espacio entre un camión de mudanzas y otro carro, pero cuando lo hacía, de alguna manera embestí al automóvil y éste golpeó a una motocicleta e hirió a su conductor. Bajé a ver los daños y resultó que la moto estaba destrozada, pero, por fortuna, la persona no había sufrido ninguna herida. Regresé y vi que mis pies no tenían zapatos, solo calcetines. Entonces descubrí en el izquierdo una protuberancia que no me dolía. En ese momento el conductor de la moto me gritó que yo había dejado un charco de sangre donde estuve parado. "Estoy bien. No me duele", le contesté y me metí al lugar del conductor en mi coche. Era de transmisión manual y cuando pisaba el pedal del embrague (con el pie izquierdo, queda claro) me preguntaba por qué no sentía dolor. Entonces desperté.

Aún estaba oscuro, me di vuelta, abracé a mi esposa y me tapé. La pesadilla continuó. Conducía el mismo coche. Llegué a una casa similar a la que mis padres alquilaban en esta ciudad hace tres décadas. Dentro me esperaban mi esposa y mis hijos; se disponían a acostarse. Comencé a prepararme también y escuché ruidos fuera. Me asomé por cada ventana hasta que vi a un hombre mayor, de cabello cano, que buscaba la manera de entrar. En la mano traía una pistola. Me asusté y empecé a verificar que el candado de cada ventana y puerta estuviese asegurado. Luego, fui a la puerta de la entrada, por donde el hombre intentaba introducirse, y lo enfrenté. Me dijo que quería a mi hijo de en medio, que quería ahorcarlo. Luché contra él y me disparó. Volví a despertar.

Ahora era mi esposa quien me abrazaba. Mi aliento tenía un dejo intenso a cebolla. Repasé mis últimas tareas, antes de irme a dormir y recordé que sí había cepillado mis dientes. Eructé y el sabor a cebolla aumentó. Me negué a ver la hora, porque la madrugada continuaba y no quise espantar al sueño. Me volteé, dándole la espalda a mi mujer y me dormí otra vez.

El intruso estaba ya en la casa. Podía escucharlo. Revisé mi cuerpo y no encontré ninguna herida, solo una fuerte opresión en el estómago y el olor a cebolla invadiéndolo todo. Las luces de todas las habitaciones estaban encendidas. Corrí a una de las recámaras, estaba vacía; luego a otra, y encontré lo mismo. En la del fondo el hombre trataba de correr una de las puertas del clóset. Dentro mi familia gritaba. Lo ataqué a puñetazos, a patadas, mientras soltaba una ristra de gritos. En medio de la pelea, el tipo logró zafarse y huyó. Lo perseguí hasta uno de los otros dormitorios y me apuntó de nuevo con la pistola, a la cabeza. Cuando disparó el arma, en lugar de un estallido se escuchó el sonido del despertador del teléfono celular de mi esposa. Abrí los ojos, el resplandor de la mañana comenzaba a colarse por la cortina e iluminaba, tenue, el techo. Mi esposa extendió el brazo y apagó el escandaloso aparato.

Ya no intenté dormir. La abracé, ella de espaldas, y sentí el calor de su cuerpo a través de sus nalgas abultadas. Recordé la protuberancia de mi pie en el sueño y giré mi tobillo izquierdo: mis articulaciones crujieron sin dolor. Me acurruqué de nuevo y besé la nuca de mi mujer, en su cabello dormitaba su aroma único. Entonces pensé en lo afortunado que era Gregorio Samsa: es mil veces mejor despertar, aunque sea convertido en insecto, que irse para siempre al sueño eterno.

Eso sí, esta noche mi cena será ligera.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Lo que voy a hacer

Antes del taller, escribía en mis diarios historias que venían a mi mente, sin pedirlas. Sólo tomaba la pluma, abría el diario y escribía. Era un completo desorden, porque al terminar los relatos y, tras una ligera revisión, los olvidaba. Si acaso un día los releía, añadía correcciones menores y no volvía a preocuparme por ellos. Sin embargo, este año pude releerlos y descubrí que en realidad no estaban terminados. Eran esbozos. Historias inconclusas. Confieso que en este mismo momento, siento un vacío en el vientre: es la angustia o quizás el miedo, o ambos. En mi cabeza revolotea una pregunta que no he formulado, pero cuyo significado empieza a doblegarme: ¿qué vas a hacer a partir de ahora, Tehuani?

¿Qué voy a hacer?

Disfruto mucho escribir. No sé la razón. No sé por qué la necesidad de contar historias. Me gustaría decir que por medio de ellas entiendo un poco más al mundo, a las personas. Pero en realidad no es así. Sólo sé que si no lo hago, escribir, no podré estar tranquilo. Haga lo que haga en mi vida diaria, ahí estará ese sentimiento, esa presencia, siguiéndome, mirándome con reproche. Tal vez hasta me reclame y me llene de gritos la cabeza. No me permitirá concentrar, cometeré errores, diré incoherencias cuando otros me hablen. Entonces mi humor se tornará negro, me volveré más huraño, me pondré irritable y esta angustia, cuyo origen no logro explicar, comenzará a comerme por dentro y aparecerá el dolor. El sufrimiento me llevará hasta el límite, al extremo de no poder soportar más hasta que no tome la maldita pluma y con ella hiera la piel virgen de mi diario.

Como dije, tengo que escribir para estar tranquilo; en paz conmigo mismo. Para dar voz a esas personas que deambulan en mi universo hilando sus propias historias, padeciéndolas, disfrutándolas.

¿Qué voy a hacer?

Aprender a escribir. Trabajar. Tachar. Tirar. Empezar de nuevo. Volver a suprimir. Desechar otra vez. Seguir trabajando. Continuar rayando palabras. Descartando párrafos, hojas enteras. Herir el papel, mutilar los textos, dejar que los escritos se desangren. Intentar contar las historias bien leyéndolas en voz alta. Ordenar mis ideas. Afilar mi pluma, mi daga. Tomar un breve descanso o tal vez uno largo o quizás ninguno. Reflexionar. Sacrificar mi tiempo, pero también a los manuscritos, tal vez a todos ellos. Dedicar más horas, más días, muchos meses, a este acto agotador, a esta pacificación de mi mismo. Proveer a la deidad de víctimas para que su ira no caiga sobre mí. Ofrendar a ese dios mis palabras, pulidas, trabajadas, llenas de significado.

La angustia crece. El miedo se reaviva. Este ente no calla. Tomo la pluma, la empuño contra el papel; pero en realidad, la empuño contra mí.

sábado, 16 de noviembre de 2013

El taller de escritura: 8:28

Es curioso cómo fui a dar al taller de escritura. En la edición dominical del periódico de mi ciudad, Reynosa, leí un artículo de Cristina Rivera Garza (crg) y su relación con las redes sociales, especialmente el Twitter (no me gusta esa palabra así que usaré Tuiter). Ella decía que había que poner atención a lo que ahí se estaba haciendo. El hecho que Cristina no tuviera una residencia fija -que deambulara entre el país del norte, ese gigante voraz, y México, este país indescriptible (el México del norte no es el mismo país del centro, ni el del sur. Y aún en cada una de estas regiones es distinto)- fue determinante en despertar mi interés en ella. Quería conocerla.

Así que empecé a buscarla en Tuiter. Tardé unos días en encontrarla. Luego, la seguí y busqué, en las personas que ellas seguía, gente de interés. Debo hacer un paréntesis aquí. Por "gente de interés" quiero decir personas que crg  tenía en su lista de a quiénes seguía y que, de algún modo captaron mi atención. Esta red sin restricciones me permitió agregar a mi lista de "followed" a muchas personalidades. Entre ellas a una que un buen día publicó el inicio de un taller en Reynosa. Tal vez fue el destino o la casualidad. No lo sé. Pero el taller iniciaba el día de mi cumpleaños: 28 de agosto. Pedí información por correo electrónico, me respondieron y aquí estoy. Así de simple.

Ese día cumplía 37 años. Desde un año antes me obsesionaba mi fecha de nacimiento: 8.28. Estuve publicando en el Facebook el número (8.28).  Hasta mi esposa ganó unas maletas el día de la Madre con ese número... Este año mis placas del coche llevan el número 8228. No soy muy dado a la superstición, ni a las casualidades. Pero debo admitir que me gusta que en el día de mi cumpleaños 37 iniciara una etapa importante de mi vida, sin querer. Cuando estuve en la universidad creamos un grupo de teatro que nombramos Escena 37, a sugerencia mía. No sé por qué les gustó.

Agosto 28, Escena 37 (2013). Aquí vamos.




domingo, 3 de noviembre de 2013

Cazadores de espectros

Han pasado más de diez días desde la última publicación que hice en el blog. He estado ocupado tratando de escribir tres cuentos. Mientras, he terminado otros dos que son tareas del taller. ¿Cómo ha sido posible esto (que pueda terminar dos cuentos y tres queden pendientes)? Es difícil explicarlo. Ahora mismo podría estarlos terminando, pero no es así. Las historias me han soltado; no caminan por donde quiero. O más bien, no son mi voz, no dicen lo que quiero, lo que soy. Por eso decidí detenerme. Tengo hasta el 30 de noviembre, quizás antes, para terminarlas y entregarlas.

Son tres historias distintas, por tanto, tres cuentos diferentes. Uno habla de un amor imposible, otro es un cuento fantástico y el último, es un relato sobre la pasión. Los escogí de esa manera, para poder dedicarme a cualquiera de los otros si no podía terminar uno. Hoy no puedo continuar ninguno de los tres.

Y aquí estoy, varado en la playa de la indolencia, como esos pobres cetáceos que van a dar a ellas y nadie sabe porqué. Así como yo, que desconozco cómo he venido a dar aquí, anquilosado, muerto en vida. Los escritores temen la página en blanco; peor es la página a medias, ésa, conato de diálogo, que flota como un gemido de mudo.

Quizás ayude releer lo que llevo escrito con la esperanza de continuar la narración. Sin embargo, los tres espectros deambulan en mi mente, seguro también lo hacen en mi subconsciente y en ese hipogeo desconocido que es el inconsciente. Los veo aparecerse cada día en donde menos espero: en el televisor, en mi espejo, en la figura de mis familiares o de la gente que pasa por la calle, frente a mi casa. Ahí van sin saber que los miro callado, al acecho, a través de la rendija de mi ventana, escondido tras la cortina, esperando el momento justo en que me decida a atraparlos.

Los que inventamos historias y los que las escriben eso somos: cazadores de fantasmas que un día deciden abandonar las cuevas de nuestro profundo inconsciente, porque han decidido no pertenecernos más y cobran vida propia.

Entonces nos convertimos en cazadores de espectros, pensando que perseguimos apariciones, aunque en verdad, nos perseguimos a nosotros mismos.

viernes, 25 de octubre de 2013

Minicuentos, 23 de octubre


Minicuentos del taller del 23 de octubre de 2013.


Tenía apenas dos días de muerto y la hamaca que usaba, vacía ahora, era el solio del poder que él tenía en casa; desde la tumba, continuaba gobernándola.

********

Entonces, desde lo más profundo del hipogeo de su alma, subieron oscuros sentimientos que él creía enterrados y, que ahora revividos, comenzaban a dominarlo.

********

La negativa de él soliviantó emociones recónditas en ella, agolpándole todas las palabras en la garganta. Quería gritárselas en la cara, mas no podía. Era un hervidero de nervios, de enojo, un volcán a punto de la erupción, cuya intensa furia se había acumulado con los años de indiferencia, de burlas y maltratos, que sólo consiguió liberar al darle un bofetón de olor a azufre, a sal y a sangre, lanzándolo contra la enorme puerta de cristal, que cedió al instante de recibir el cuerpo sorprendido de él.

********

El dejo de su voz transportaba una murria ácida, cruzaba el aire y se estrellaba en las paredes, carcomiéndolas.

Un escándalo de luz

Escribí en uno de mis ejercicios del taller de escritura "afuera era un escándalo de luz". Así es este domingo, después de una semana de lluvias que acribillaron las calles y les dejaron millares de heridas que exponen el suelo basto, –sobre el que, débilmente, se asienta nuestra infraestructura–, tornándolas intransitables para vehículos y peatones. En Reynosa, la civilización no ha logrado domar a la Naturaleza.

La realidad de nuestra ciudad nos asusta. Simulamos ignorarla, pero ella ahí está, en la esquina, cerca de nuestras casas. Cuando vamos al trabajo, nos la topamos seguido. De vez en cuando, el noticiero de la noche da información de ella y de un hecho raro: aún existimos.

No es que el miedo nos obligue a callar, es la muerte. Preferimos medrar, como se pueda, en medio del caos, que morir.

Mis amigos, que no son muchos, me platican anécdotas que han tenido al encontrarse con delincuentes en las calles –no los llamaré "mañosos", "narcos", "sicarios", etcétera. Su nombre correcto es: delincuentes. Todos coinciden en que su edad debe ser menor a los veinte años. "Mocosos", "güerquitos", "chamacos", por mencionar los que recuerdo. Todos hijos de madres como las nuestras, hermanos de personas como nuestros hermanos o hermanas, gente común y corriente que prueba suerte jugándose la vida y quitándosela a otros. 


Nuestro lenguaje, de por sí, tiende a disfrazar la realidad. A pervertirla. A través de esa perversión del lenguaje, nuestra percepción de la realidad se suaviza. Entonces es más sencillo aceptar la crueldad, el horror, el miedo propio ante ellos. Vivir se vuelve real... ¿o la realidad se torna vivible? Cualquiera que sea el caso, nuestras mentes construyen una fantasía más llevadera.


Sin embargo, esta crueldad no es nueva. Existen numerosos relatos, libros, películas, sobre las barbaries a las que nuestros antepasados fueron sometidos. Un claro ejemplo es la Biblia, plagada de asesinatos, exterminios y venganzas, perpetradas en el nombre de Dios.  El mismo horror o sadismo ocurre en colonias de hormigas, de abejas, en manadas de monos y de delfines. Contextos un poco distintos, pero en esencia los motivos y los resultados son los mismos: supervivencia y muerte.

Si vamos más allá, a las estrellas, existe la violencia de las leyes naturales. No que los astros se exterminen entre sí con plena consciencia, sino que el Universo se expande y desenvuelve sin la menor delicadeza: él mismo, según las últimas teorías científicas, nació de una explosión, las estrellas en sí mismas son un violento cúmulo de estallidos nucleares; inclusive, las muertes de miles de millones de estrellas –como expresó Carl Sagan– suceden por medio de fenómenos llamados supernovas, estrellas de neutrones o agujeros negros, cuyo común denominador es la máxima expresión de fuerzas descomunales capaces de deformar el espacio-tiempo. Es decir, la violencia en su máximo esplendor.

Obvio, son contextos diferentes. Lo que trato de mostrar es que la paz y la tranquilidad no es un estado natural, sino un prototipo mental que nace en nuestros cerebros. Con esto, no trato de excusar la estupidez que nos rodea. Para nada. Tengo por seguro que, si en este momento, salgo y un grupo de delincuentes pubertos, armados, me intercepta, el miedo se hará presente.

La violencia, la injusticia, son conceptos que nacen en nuestras mentes al humanizar la realidad. Creemos que el Universo está "creado" para nosotros, pero éste nos demuestra que no es así. Sólo somos parte de él. Y nada más.


Pero este horror, esta muerte sin sentido que nos rodea, nace de nosotros. De esas personas que, persiguiendo riqueza, fama, gloria y temor, se permitieron explorar vertientes de nosotros mismos que sabíamos que estaban ahí. Tuvieron el valor de entrar a esa oscuridad y la trajeron consigo; luego, se perdieron en ella.


Nuestra consciencia humaniza la realidad. Sin embargo, la ignorancia, la que impera ahora a nuestro alrededor, la torna insoportable.


Deseo nunca verme, ni a mi familia o amigos, en medio de esa crueldad. Porque no habrá razonamientos, por  muy sesudos que sean, que eviten el dolor y el sufrimiento.


Al final, de eso se trata, de que nos vayamos de este mundo en un escándalo de luz.


domingo, 20 de octubre de 2013

Escribir

Escribir es no tener miedo, hasta de uno mismo.

La honestidad cruel, absoluta, debe preponderar. Si no, mejor no escribas. Ni lo intentes. No se puede escribir, soslayando verdades que incomodan. Verdades que matan. Escribir, como acto creador, es un actor destructor si no se le sabe emplear.

Cuando escribes, se nota cuando no eres tú.

No existe tal cosa llamada "escribir bien", o mal. Sólo hay escribir. Escribes o no escribes. Eres honesto, o te pendejeas a ti mismo. No hay nada peor que escupirse en la cara.

Si al leerte detectas una belleza jamás escrita por nadie, no sirve. Si al leerte tu cerebro te dice que huele a mierda; no hay de otra, es mierda.

Lo que escribes no te tiene que gustar. Ni a nadie. Debes ceder el control a esa persona que llevas dentro y que no es nada en el mundo de los humanos, en eso que llamamos "sociedad".

Confesemos, nadie es brutalmente honesto en sociedad, ni cien por ciento uno mismo. Si fuésemos así, ningún círculo social nos aceptaría. Por eso escribimos, o pintamos, o fotografiamos. Porque el mundo tiene algo que no nos gusta y queremos transformarlo, entenderlo, disfrutarlo de un modo distinto o, simplemente, decirlo como no nos atreveríamos a hacerlo en sociedad.

Por ello, escribir, aparte de ser un acto de honestidad, es un acto de validación personal. Las mentiras mal contadas, son mentiras. Sin embargo, las mentiras bien contadas son literatura. O, humildemente, escribir.

Al final, poner en palabras nuestros sentimientos y nuestra opinión sobre el mundo, original o no, es un exhibicionismo. Nos abrimos, así sin más y con ello nos exponemos al ojo crítico o burlón de los demás.

Escribir, tal vez, no es difícil. Lo es dar a leer lo que somos en nuestros escritos, exhibir nuestros sentimientos más profundos, nuestras mentiras más creíbles. Y dejar que el mundo ruede y pisotee lo que más amamos.

Sólo asegúrate de que el primero en hacerlo seas tú.

Buenas noches.

jueves, 17 de octubre de 2013

Mini cuentos

Les dejo estos minicuentos, ejercicios del taller pasado.

-El mar, ola tras ola, le susurra un abanico de posibilidades. Pero él no las entiende y van a perderse al universo interno de las conchas.
  
-El Sol, incrustado en el cielo esa helada mañana en el bosque, era silencioso, a diferencia de otros días en los que se le escucha arder.

-Luego él quiso esconder el rubor en los intersticios de la sonrisa de ella, pero ya era tarde.


-Bastó ese intersticio entre ambos segundos, para que ella comprendiera que la amaba.

Posdata:
Aprender sobre albañilería, siempre es bueno. Aunque no llevemos las manos a la obra. Buenas noches.