domingo, 31 de agosto de 2014

Luis

El sol se desangraba en el oeste y lentamente teñía las nubes cercanas. Entonces, recordé las palabras de mi abuelo: nubes rojizas anuncian lluvia.

Acababa de salir de la maquiladora. Cada paso me costaba en serio: era un mastodonte tras otro, tratando de agujerar el suelo. 

Cuando llegué a la parada, perdí la pesera: se marchó atiborrada de brazos, piernas y cabezas derramándose por las ventanas y las puertas. No me importó, porque estaba muy cansado como para que me importara.

Era el último transporte especial que pasaba en esa avenida larga, polvorienta y sucia. En el horizonte, donde el sol agonizaba, estaba la parada de la ruta que pasaba hasta medianoche. Fui hacia allá, lento, exhausto.

El parque industrial era una ristra de fábricas, de edificios -con entrañas de máquinas ruidosas- que parecían ronronear y de coches que huían despavoridos en medio del viernes.

Los viernes olían a prisa, a billeteras desesperadas por vaciarse, a casa, a cerveza y carne asada. A descanso ficticio, narcótico.

Agosto exprimía mis piernas, mi cuerpo, apendejaba mi pensamiento. Llegué a la parada del camión, mojado en sudor, el interior de mis zapatos chicloso y los dedos de mis pies ahogados, henchidos de cansancio, trataban de reventar el calzado. Agosto me hizo subir a la pesera.

No había asiento en el urbano. Viajé de pie, aferrado a los tubos como una piñata hasta que una anciana bajó y tomé su lugar. 

El sueño me venció.

Cuando desperté, el centro de Reynosa y el zangoloteo de las calles plagadas de baches.

Y la noche.

El calor de la canícula lamía cada centímetro de mi piel, los rincones de las calles, de las casas abandonadas del centro. Mi mano golpeó el tubo del pesero con la moneda de diez pesos y bajé sin esperar el cambio.

La calle Aldama, con las siluetas de los travestis deambulando en las sombras, y las doce con cero minutos, me recibieron. El hedor de la calle, mezclado con el calor de la canícula, taladraron mis pulmones. Sentí el espasmo de la náusea subir mi garganta; lo ahogué, lo empujé abajo, hondo.

Ya me había pasado antes: recorrer la ciudad hecho un bulto en un asiento del transporte público. Esta vez, posiblemente, dos vueltas. Casi cuatro horas dormido en el mismo lugar, aunque nunca había despertado en el centro, la mayoría de las veces había terminado cerca de la casa.

Me sentía ligero, tembloroso y asustado. Como una liebre que intuye las fauces pero no logra verlas.

Pasé media hora atosigado por las luces de los coches que luego se perdían al doblar la esquina, en medio de las risas afeminadas de los prostitutos. Treinta minutos que, segundo a segundo, dilataron una eternidad mi temor. Maldije mi cansancio, al chofer que no me despertó, a la noche que me tomaba de repente, sin reservas...

Una sombra se acercó. El cuerpo delgado y sensual, moreno y oloroso. Sus ojos azules: dos luceros en medio de la noche calurosa. Él era la atracción mágica que los misterios suelen musitar en las canciones que sacuden los huesos, las ideas y los fundamentos...

Me saludó con un "Buenas noches" que se evaporó hacia las estrellas. Tenía una sonrisa de luna creciente y su voz era como el siseo de la lengua de los gatos acicalándose con esa elegancia sobrehumana.

No contesté, pero mi cuerpo quería hacerlo.

—Me llamo Manuel —dijo el de él.

El silencio, árbitro involuntario, solidificó la tensión que los segundos incrementaban. Manuel levantó la cara, como si tratara de enfocarme desde lejos y se limitó a acariciar con su mirada el contorno de mi miedo, la soledad inusitada que ahora se derramaba sobre mí y crecía como un charco de sangre a mis pies, y mi insensatez de que no habría otro día que de todos modos llegó, y que yo no sabía entonces que llegaría: de verdad pensaba que moriría ahí.

—Tienes pinta de llamarte Luis —agregó, pronunciando mi nombre con un tono juguetón que logró captar mi atención.

—Me quedé dormido en la pesera —le dije—. Tendré que caminar hasta Las Granjas.

—Queda muy lejos —contestó arqueando las cejas.

Lejos era poco. Si me fuera caminando desde ahí, tardaría tres, quizá cuatro horas. Porque tendría que evitar las avenidas principales, para no exponerme a la vista de los soldados o los sicarios de La Maña que suelen patrullar la ciudad a altas horas de la noche. Mis dieciocho años y la atención que había prestado a oscuras historias de jóvenes secuestrados en las calles de Reynosa durante la madrugada, me habían devastado. Por eso estaba muerto de pavor: ya ni los taxis pasaban. No habría más, tendría que caminar... o quedarme ahí, en la Aldama, la calle donde los travestis se prostituían.

Soy homosexual, pero no vendo mi cuerpo. Siento el mismo terror ante la muerte y el horror del secuestro como cualquiera. Soy de carne y hueso, por tanto el dolor, el sufrimiento, se sienten igual en mi piel.

Manuel no había dejado de mirarme. Guardaba silencio, distancia. Esperaba una respuesta de mi parte.

—Sí, queda lejos. No podré llegar ahora —dije. Él bajó las cejas.

Hubiera suspirado y levantado mis brazos en señal de "no hay más remedio". Pero mantuve mis manos en los bolsillos y la mirada en la acera de enfrente. El olor dulzón de la mariguana relajó mis instintos. Volteé a ver a Manuel, pensando que era él quien fumaba.

—Son aquellas perras —me dijo, levantando el índice derecho en dirección de la silueta de un árbol cuyo follaje susurraba su canción de verano, metros más allá.

Yo nunca la había consumido, pero sabía a qué olía. En ese momento deseé saber fumarla para tenerla dentro de mi cuerpo, espantando el miedo y el terror de mis huesos, adormilando a la liebre inquieta que brincaba entre mis pulmones. En el techo de la casa antigua que se desmoronaba enfrente, una lechuza aulló y agitó las alas como si se sacudiera lo que quedaba del día de encima; me asustó.

Manuel soltó una carcajada dulce, cuyo sonido me recordó a una nuez que se quebraba despacio.

—El nombre de Luis te queda grande —me dijo—. Es nombre de reyes.

En mi familia era el único al que habían bautizado y registrado ante la ley como Luis. Gracias a un arrebato de mi madre. Mi padre se llamaba José, pero ella así me puso y así me llamó hasta que murió: Luis.

—¿Reyes? —pregunté.

—Sí, de reyes franceses. ¿No lo sabías?

¿Cómo iba yo a saberlo? Y qué importaba si me encontraba en medio de la noche, abandonado en una calle oscura, maloliente, infestada de...

—¡Pásate para acá! —dijo Manuel con un grito sordo, jalándome del brazo hacia el interior de un consultorio abandonado, que carecía de techo, puertas y ventanas.

Una camioneta de carrocería y rines relucientes se paró bajo la silueta del árbol -que había enmudecido- donde el grupo de prostitutos fumaba mariguana. De ella bajaron varios hombres armados con metralletas y empezaron a golpear a los homosexuales. Entre gritos, alaridos e insultos, los sicarios preguntaban por...

—Me buscan —susurró Manuel— ¡Me buscan!  —balbuceó aterrorizado.

Lo abracé por la espalda y lo jalé al interior del edificio en ruinas, el tacón de una de sus zapatillas tronó, mi mano sobre su boca, nos arrinconamos en el piso de lo que había sido el baño, junto al retrete seco y nauseabundo. Los disparos retumbaron fuera, uno por cada prostituto. Después escuchamos el sordo costalazo de sus cuerpos al caer en la caja de la camioneta. Al final, las llantas de la troca rechinaron, y se perdieron en la esquina de la calle Bravo, rumbo al desnivel.

Manuel lloraba, su enorme cuerpo moreno  se convulsionaba, a causa del llanto, sobre el mío. El cielo estrellado sobre nosotros, en medio de las ruinas. Vi las constelaciones cruzar el pedazo de firmamento que las paredes acunaban como si fueran dos manos juntando agua, mientras el cuerpo de Manuel dejaba de temblar sobre el mío, hasta que el sueño anestesió nuestro terror.

Luego llegó el amanecer.

La mañana nos despertó con su lengua húmeda de rocío. Estábamos abrazados, como si uno y otro buscáramos refugio en el cuerpo ajeno. Despertamos y nos pusimos en pie, en silencio, aliviados, renovados.

Manuel posó en mí su mirada azul: mi cuerpo era el horizonte en el que nunca se hubo posado astro tan magnífico. La pierna de la zapatilla rota, flexionada. Sonrió con su luna creciente que se antojaba menguante. Entonces le pregunté cómo había sabido mi nombre.

Guiñó un ojo y posó su índice en mi bata de trabajo, donde estaba bordado mi nombre.

Compañeros de vida

El viernes 29 de agosto de 2014 un compañero de trabajo me comentó que el ser humano era superior a los animales y que su destino era someterlos y dominar el planeta. Su "observación" me pareció no una opinión personal, sino una mera repetición de cotorro mal esgrimida. Cuando inquirí sobre las bases de tal afirmación, sus respuestas fueron francos bandazos en el océano de la ignorancia: el pobre no tenía idea de lo que estaba hablando.

Desinformar es propagar la ignorancia.

Graznar como un loro, repitiendo lo escuchado (o leído) sin entender su significado, es ponerse en ridículo a uno mismo. 

La sabiduría es agradable porque su brillo es propio e ilumina el camino, penetrando por medio del criterio, del ejercicio crítico, las tinieblas espesas de la ignorancia. Bajo esta débil luz es posible avanzar a paso lento, pero seguro.

Los animales son nuestros compañeros de vida. Compartimos el planeta con ellos. Pero nuestro egoísmo e ignorancia se los ha arrebatado. Hemos roto, convencidos de nuestra falsa superioridad, hilos sutiles que están liberando el caos verdadero, el horror climático y las extinciones precipitadas al eliminar hábitats por completo. ¿Es esa la superioridad a la que hemos sido "llamados"?

Tal "llamado" me parece ominoso y estúpido, porque no existe. Basta que del cielo caiga un cometa y éste arrasará todo lo que conocemos como "civilización" y lo que no. Todo por igual, sin importar "niveles" sociales y naturales.

No somos superiores a nuestros compañeros de vida. A pesar de nuestros adelantos, somos débiles, pero nos negamos a verlo, y esa ceguera terca, esa ignorancia, nos está llevando al borde de la aniquilación.

El enemigo de la humanidad somos nosotros mismos. El enemigo del mundo, lamentablemente, somos nosotros. Nos hemos convertido en su demonio, en su Satanás... pero satanizar al ser humano, es darle demasiada importancia, solslayar un hecho muy simple: no queremos ver ni escuchar las consecuencias de nuestras acciones.


viernes, 15 de agosto de 2014

No quiero callar

Miércoles 14 de agosto de 2014
Ya no quiero callar, fingir que mi realidad no existe, mientras mis ojos gritan
lo que mis labios no pueden.

Mi cuerpo tiembla de miedo, se sacude de encima la mente, la razón,
y se queda vacío, hueco, sin eco. Es una cavidad opaca.

Mi sangre está viciada, nada la cura. Ni el sol de cada día, ni el pan sobre la mesa, ni los ceros que se derraman en la cuenta bancaria... nada. Ni familia, ni fama, ni este nombre que pesa tanto como el mundo, como el universo, como el silencio que me carcome.
De veras, ya no quiero callar. Es en serio. No soporto demasiada muerte, a mi lado, tan cerca que casi me toca y yo quiero que lo haga, que me manosee, pero a la vez no... por el miedo que me seca.
Mis ojos olvidaron llorar, aunque el llanto se derrama a borbotones dentro de mí, en el espanto de mis ojos, de mis tripas retorciéndose como animalitos prematuros. El horror del mundo me exprime... yo lo acepto, me entrego. ¿Qué puedo hacer?
Es demasiado dolor ajeno... una tristeza que repta y encaja sus colmillos en la yugular de la mente.
El olvido me abandonó a merced de las estrellas, en este suelo violento e insensato, rodeado de personas cuyos rostros verdaderos no conozco.
Se llevó mi voz.
Me arrastro en pos de ella, como un animal herido de vida, ahogado en una lucidez perturbadora, azotado contra un entendimiento macizo e inútil en asuntos de esperanzas imaginarias: de expectativas místicas. De realidades de carne y hueso, de facturas en el buzón, de hambres en el estómago... de mundo y sociedad, de grandes nombres y hombres: burbujas de jabón que revientan en el acto.
Es en serio: ya no quiero callar, hoy que me sobra un poco de vida. Porque cuando la muerte abunde, el gran silencio llevará mi voz a través de los rincones del universo. Porque así tiene que ser y yo no puedo hacer nada contra ello.

jueves, 31 de julio de 2014

Esposas y mujeres. Aquí desvariando un poco.

No sé de esposas, porque solo he tenido una y sigo con ella. De mujeres tampoco, porque tuve tantas que no me quedé el tiempo suficiente con ninguna, como para conocerlas. Excepto la última, claro está. Sin embargo, sí sé que esposas y mujeres no son lo mismo: esposa es la que te acompaña ante la sociedad; mujer esa persona real, de carne y hueso, que viven contigo en la intimidad.

A la esposa puedes mentirle y ella no dirá nada porque tal vez se deja convencer de que su deber es guardar las apariencias; así como el esposo lo hace cuando ella misma miente a ojos vistas y él no puede, no debe, ponerla en evidencia. La sociedad es una embustera, un cúmulo de mentiras.

Pero mentirle a tu mujer es un asunto distinto: no puedes y no debes. La cuestión es que por mucho que te esfuerces nunca la engañarás. Ella te conoce tan bien, lo suficiente para haberte elegido como su hombre.

Cuando miras a la mujer de carne y hueso, esa que mes tras mes te sofoca con desplantes hormonales, que te confunde con razonamientos filosóficos tan profundos como "Tengo ganas de algo, pero no sé qué", o que simplemente, una mañana te despierta y tiene el sexo más loco contigo (¿será?) sin mediar palabra ni caricias de por medio, cuando la miras, decía, directo a los ojos, sabes que no puedes escapar de ella porque no hay nadie más que te conozca mejor, que intuya tus deseos, que adivine tus enojos, que entienda tus momentos de debilidad y tristeza (que, sabemos, no son pocos).

Por eso, me deprime ver casos en los que el esposo menosprecia y maltrata a la esposa, inclusive la golpea. Y viceversa. Esas duplas no son matrimonios, sino monstruos que ambos dejaron crecer, quizá por ignorancia, quizá por egoísmo... no lo sé. Solo he tenido una esposa y, hasta hoy, no hemos llegado a tales extremos.

Por eso amo a mi mujer, a mi compañera, a mi amiga sexual (no le va a gustar esta parte), a esa persona que sabe más de mí que yo mismo y que ignora más de sí, que yo mismo también. La verdad, conozco lo necesario para saber que sin ella mi vida estaría incompleta. O, mejor dicho, no la disfrutaría igual. Porque es ese toque femenino que ella tiene lo que me permite despertarme cada mañana y sentirme afortunado de que esté precisamente a mi lado y no con otro.

jueves, 17 de julio de 2014

Sobre la memoria

El primer taller literario al que asistí fue en el año de 2003. Diez años después, asistí al segundo.

Comparé los textos que escribí en cada uno y, entre unos y otros, noté las pisadas hondas y nítidas del progreso. También se hizo evidente mi mala memoria. Los trabajos del primer taller estaban guardados en dos carpetas, en el fondo de una caja. Al extraer el contenido superior de ella, encontré libros que me habían recomendado en el segundo taller. ¡Eran lecturas que había hecho diez años antes y que había olvidado! ¿Cómo podía ser? La mayoría de los cuentos que estudiamos el año pasado, en el segundo taller, los había leído diez años atrás y no me di cuenta. ¡Mi memoria es pésima!

¿Cuánto olvida una persona común a lo largo de su vida? ¿Por qué razón recuerda parte de lo aprendido de manera consciente y por qué olvida el resto?

La memoria es una amiga traicionera. Voluble. De un modo desconocido y extraño selecciona los recuerdos. Los que vives con el cuerpo, permanecen. Pero aquellos que experimentas por medio de un solo sentido, la vista, los pierdes. ¿Realmente, cada uno de nosotros, recuerda todo lo que ha vivido, día tras día, año con año? No lo creo. Es mucho lo que olvidamos. ¿Cuántos de nosotros no han mirado una foto y, al verse en ella, no han sentido el horror de no recordar el momento en que fue tomada? ¿Cuántos no hemos sentido el vértigo, la angustia en el cuerpo, cuando alguien nos pregunta "Te acuerdas de..." y en verdad no encontramos la mínima huella en nuestra memoria sobre la referida experiencia?

¡Es el terror absoluto! Una ventana abierta a la posibilidad de que la propia vida sea un sueño, y el sueño vida... y ambas cosas realidad y sueño ocurriendo al mismo tiempo. Nuestra mente se confunde, se bloquea... y el cuerpo, inflamado por la sangre, tiembla ofuscado por el miedo. La memoria es diabólica, temible, inhumana. Por eso olvidamos.

Sin embargo, mi esposa encuentra en esta peculiaridad mía, el olvido, un alivio: podemos ver sus películas favoritas y yo río, sufro y me espanto, como si las viera por primera vez.

lunes, 14 de julio de 2014

El beso

"Eres raro", le dijo ella.

No era la primera vez que se lo decían y, de tantas, se había acostumbrado a escucharlo como se hace ante el barullo del tránsito de los automóviles en la ciudad. Las calles de Reynosa, sucias y estropeadas, llenan los ojos y los oídos de una sordidez etérea que se respira con apatía, con desinterés, con desapego a la realidad. La misma frialdad con la que ella quebró el sonidero de coches y de gente que pasaban en la avenida Hidalgo, junto a la plaza Juárez, con el hondo silencio de esas dos palabras: eres raro. Que ella lo dijera, le dolía en serio.

No lo esperaba. Se habían visto un par de ocasiones en la plaza: un parque construido con una veintena de fresnos y de yucas y de bancas metálicas de mala calidad que se oxidaban jóvenes. Se habían citado ahí porque era un lugar discreto, un lugar a la vera de la avenida que nadie, en pleno tránsito cargados de premuras, miraba en realidad. Era un lugar de paso, un lugar que se pasaba, que estaba ahí porque debía estar.

Ella, con sus ojos comunes, cabello lacio y negro, y esa alegría y encanto venidos de Veracruz, era bonita. El tono de su piel, entre oscuro y aperlado, y la perfección blanca de su sonrisa, lo habían enamorado. Y ese flotar como mariposa, sin dejarse atrapar ni tocar, ese casi tenerla y en realidad no, lo hacían interesarse más. Él estaba acostumbrado a no tener, a estar lejos de sus anhelos. Pero era la primera vez que casi tenía, que estaba a un paso de obtener lo que buscaba... esa sensación, esa embriaguez, ese desacomodo del estómago, como si se comiera a sí mismo, no lo había sentido nunca. O más bien, nadie se lo había hecho sentir. Hasta que la conoció a ella.

La misma que lo había tumbado del ensueño con las dos palabras siniestras, que lo convertían de nuevo, en el pordiosero que nunca había dejado de ser. Era poseedor, el dueño, de la rareza. Nada más.

Él sonrió tras escuchar las dos palabras. Se imaginó a sí mismo levantándose de inmediato y marcharse dejándola sola y con la palabra en la boca. Carecía del valor. En cambio, sonreía e imaginaba tantas maneras de ofenderla, de hacerla tragarse sus palabras, de lastimar ese hermoso cuerpo, esa bella mujer, que tanto le gustaban. El binomio perfecto: cuerpo y alma, mujer y belleza. Casi a su alcance.

Desilusionado, pero determinado a no mostrar su fracaso, empezó a articular la frase, palabra a palabra, sílaba a sílaba, como si hundiera un puñal en su orgullo, en su propia alma, en lo que le quedaba de corazón: "Sí, verdad".

Pero ella se adelantó y, de nuevo, rompió el trajín del bulevar y de la plaza, con esos ojos clavados en él y la sonrisa que se antojaba a chocolate blanco rindiéndose, las calles descuidadas eternizándose y el polvo quedándose detenido en el aire como si fuera el alma de éste, de Reynosa, con tres palabras: "Pero me gustas".

¿Qué hacer con el "casi" cuando se vuelve inútil e innecesario? Él no lo sabía y, la verdad, no tenía ánimos de averiguarlo.

La besó.

domingo, 6 de julio de 2014

¿Por qué escribir?

¿Por qué escribir? Mis recuerdos me llevan a la escuela secundaria, al momento en que la maestra de español nos pidió a todo el salón elaborar una composición a la bandera (de México). Ella elegiría los mejores. No recuerdo si escogió tres o cinco; pero entre ellos, estaba yo. 

Desde entonces, todas las tardes, después de clases, iba al colegio a escribir sobre el tema que ella nos diera mediante un sorteo. Era la preparación para el concurso local "Composición a la Bandera". Debíamos entregar, mínimo, una cuartilla sobre el tema que nos hubiese tocado. Luego ella revisaría el texto y lo corregiría, si bien nos iba, porque si el manuscrito (escribíamos a mano) no cumpliera los requisitos de un ensayo, tendríamos que re-hacerlo. Fueron tardes agobiantes, tortuosas. Una experiencia que mis compañeros no resistieron y, uno a uno, desertaron. Al final, quedé yo solo.

¿Por qué no los seguí? Mamá era divorciada y el colegio era caro. Yo no estaba para estupideces. Tenía que aprovechar, exprimir todo lo que pudiera de ese dinero que ella pagaba por mi educación. Por ella, seguí.

La verdad, sin afán de alardear, escribir me resultaba fácil. La maestra me daba el tema y yo, simplemente, escribía mi opinión sobre él. Y ya. Eso sí, tenía que ser convincente, creíble. El tema debía ser expuesto de tal modo que, quien lo leyera, no tuviera otra opción que estar de acuerdo. Así que engatusar al lector tenía su chiste. Mi lector era mi maestra, por tanto, convencerla no era un proceso sencillo. Tuve que re-escribir muchas veces los temas. Nada más no le llenaba el ojo. Era exigente y caprichosa, según yo: por cualquier tontería me rechazaba los escritos. Eso sí, presumo, jamás fue por una falta de ortografía.

Pasaron los días del mismo modo que las hojas en las que escribía. Hasta que llegó el día del concurso.

Todavía sigo pensando en qué carajos estaban pensando los maestros del jurado que me premiaron en segundo lugar, como si fuera el primero. Ellos mencionaron el segundo lugar diciendo que quería conocer quién era "Strauss", mi pseudónimo. Explicaron que estaban maravillados o asombrados, no recuerdo la palabra exacta, por lo que ése personaje había escrito. El entusiasmo que sentían se podía adivinar en sus gestos, en su manera de hablar, en su nerviosismo. Cuando levanté la mano para indicar que yo era el culpable de sus emociones frustradas (porque no había conseguido el primer lugar) un estallido de aplausos inundó el salón.

El tema del concurso que me tocó era: México y las armas nucleares. La razón para no darme el primer lugar: México no era un país productor de armas nucleares. En mi mente repasé lo que escribí y llegué a la conclusión de que no, en ningún lugar dije que lo era. Solo puse que era una estupidez armarse hasta los dientes cuando el enemigo más poderoso de esos días era uno mismo (Estados Unidos). ¿Exactamente qué leyeron esas personas? ¿O en qué mundo vivían?

México y las armas nucleares. Pienso lo mismo: el enemigo más poderoso de uno es, precisamente, uno mismo: su propia ignorancia. Hoy, el narco nos destruye porque nosotros lo permitimos. Porque callamos. Porque nos doblegamos. Es increíble que hace más de treinta años se pensaba que el fin del mundo vendría a costa de un desastre nuclear. Hoy es distinto.

¿Por qué escribir? Porque la palabra sienta un registro, una memoria, una realidad. La ficción es el único modo que conozco para digerir la brutalidad de la vida, su dolor, la soledad que acecha en todos los rincones. Sin embargo, en esa realidad he conocido la felicidad, la belleza... sensaciones que sólo puedo transmitirles por medio de la palabra.

viernes, 20 de junio de 2014

Viernes 20 de junio de 2014

"No vale la pena ni tener esperanza ni tener desesperanza. Los hechos están ahí y hay que luchar contra los hechos". Entrevista a José Saramago. Octubre de 2003.
(Leer entrevista aquí --> http://www.nexos.com.mx/?p=10900 )

El Arte, como la Ciencia, da muchas respuestas, pero no las da todas. En sí, la respuesta es el ser humano. Cada uno de nosotros: todos. Porque todos somos reales, todos existimos, todos vivimos. Todos estamos, estaremos y estuvimos aquí: en la realidad.

El problema es que el ser humano tiene demasiada fe, no en los hechos -el presente- sino en lo irreal -el futuro y, por ende, lo inexistente. Lo que fue -el pasado-: lo arrastra, lo añora, lo padece. La fe es la enfermedad mortal de la humanidad. La fe es pasividad, es inacción, es resignación no ante los hechos, sino a la ignorancia. Es dejar de cuestionar lo obvio y lo rebuscado, lo oculto, lo desconocido y lo encontrado también. Es rendirse sin luchar. La fe es indolencia intelectual, una pereza elegante, agradable, adictiva. Cómoda. La fe es el eufemismo más popular, y ampliamente aceptado, de la ignorancia, del miedo, del "no me importa". Así ha sido siempre.

Sin embargo, en medio del terror, de la fe, palpita la luz: la Ciencia y el Arte. El trabajo duro. Los seres humanos estamos impulsados por ideas y sentimientos, por las emociones y el caos de nuestros cuerpos, de nuestras mentes. Pero cuando cribamos esta arena que dormita en la margen de nuestras playas, por medio del Arte y de la Ciencia, quedan en la tela las grandes ideas, los grandes sentimientos. Eso que en esencia somos, a pesar de los nombres, de las etiquetas, de apuntar con el dedo.

El trabajo, la experiencia en sí, perfecciona. No por sí misma, sino a través de la autocrítica, la autocorrección, el escepticismo. Eso que pensamos que somos, en realidad no lo somos, porque nadie sabe quiénes somos. Ni nosotros mismos. Esta es la verdadera ignorancia, la correcta. Negarlo provoca el incendio, el dolor, el sufrimiento: el infierno. Por eso afirmo que la respuesta somos nosotros, porque sin el ser humano, sin su arte, su ciencia, su trabajo, no hay posibilidad de nada. Sin embargo, el universo seguirá a pesar de nosotros. Sin nosotros. Esa es la gran verdad.


sábado, 14 de junio de 2014

Reflexión: 14 de junio de 2014

Esto de escribir no es cosa fácil. Hilar ideas en historias que sacudan el interior de los lectores es una cuestión casi imposible. Como el enamoramiento. Convencer cuesta; dejarnos convencer, no tanto. Si todos nos pusiéramos nuestros moños, a rajatabla, el mundo estaría desierto.

viernes, 30 de mayo de 2014

Variaciones sobre el beso

Llevaba meses esperando el beso. Ella o él. No importa quién dio el primer paso. Es el encuentro, la necesidad, los labios tocándose, los cuerpos. Un beso robado a la persona que tanto te gusta. Y tras él, la realidad. Ser ajenos y lejanos. Cómplices en un instante.

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En su mente quedaba el último beso que se dieron. Sin embargo, no se sabía en la de quién.

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Era noche. Estaban solos. Se besaron: el primer y último beso. Años después, habrían de repetirlo muchas veces, de distintos modos y duraciones, en sus recuerdos.

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En la pared plasmó el beso en blanco y negro: solo de ese modo, pudieron besarse para siempre.

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¿Por qué un solo beso duele y gusta tanto?

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Cuentan de una pareja que, para acallar la soledad y el miedo, se daban un beso.
Solo uno. Pero no cualquiera. Un beso lento que fundía sus cuerpos en uno y les hacía olvidar el dolor de la vida.

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Cuentan de una pareja que, durante las noches, solía darse un solo beso.

Un beso que fraguaban durante el día, en los breves intersticios de tiempo que lograban arrancar a la jornada.

Uno podría pensar que sus besos eran iguales o parecidos. Pero no era así: cada uno era distinto, porque era el resultado de la lejanía temporal, pero obligada; de la añoranza mutua; de una búsqueda incierta; de alivio contra el dolor y la soledad que la vida infligía a sus corazones. 

Un beso, cada noche, que lo curaba todo al fundir sus cuerpos un instante en una minúscula eternidad.


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La cadena de besos se rompió una noche de agosto. Ni él ni ella, la noche anterior, sabían que sería el último.

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No me importa morir, dos veces. Me importan los dos besos.

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-Aprietas tus labios, los estiras y dejas que ellos la toquen. Así de simple.

-¿Así de simple?

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Él se acercó y la besó en la mejilla, así como quien no quiere la cosa... pero quiso, y más.

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Tus labios son la caja de pandora.

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Popocatépetl besó la frente de Iztacíuatl. Así, en náhuatl.

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Nezahualcóyotl sellaba sus decretos con un beso.

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Y bueno, la besó.

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Y ella también, lo besó.

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Luego se despidieron con otro beso.

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"Es el nahual", le dijo. Y no, eran sus labios.

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La Llorona acalló sus lamentos cuando el cometa besó a la Tierra.

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El dinero de Judas.

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El dinero de todos.

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Buenas noches :*

sábado, 24 de mayo de 2014

El Reyno (falta de ortografía intencional)

Resulta que mi ciudad, el Reyno, está custodiada por las fuerzas federales. Esta semana no hubo "contingencias".

Sin embargo, hubo un asalto, cerca del trabajo. Un día antes de que viniera el segundo en el gobierno de la federación. Tras esta "contingencia" mi miedo ha aumentado al borde de la psicosis: me da terror salir del trabajo.

Pienso en aquellos días  lejanos en los que nuestros ancestros se enfrentaban a sus depredadores naturales y a otros grupos humanos, depredadores también. No me parecen tan distintas.

La realidad del Reyno toca fibras arcaicas que la civilización ha adormecido. Volvemos a ser esos seres que vivían en guardia, en alerta constante ante los peligros que los rodeaban. Quizá este estado de tensión es lo natural, lo que nuestros cuerpos y cerebros necesitan para evolucionar.

De ninguna manera justifico los ataques, los ultrajes, los robos y los asesinatos que pululan ahora, pese a la negación y cerrazón oficial. Pienso que si no aprovechamos esta singularidad para crecer, no seremos superiores a nuestro entorno, a nuestros gobernantes, a nuestra realidad. Cada día somos más fuertes, más astutos. Somos más. Que nadie confunda el silencio con la sumisión.

domingo, 18 de mayo de 2014

Domingo 18 de mayo de 2014

Hoy hizo un sol clemente cuyo calor manso, de tanto en tanto, arrastraba el viento, dejando un fresco agradable que erizaba la piel. El cielo era claro, azul, con una valla de nubes que no se movía del horizonte. 

Estos domingos me gustan, porque los puedo disfrutar en casa. Durante la semana de trabajo, si días así ocurren, ni cuenta me doy. En el claustro de mi oficina, a pesar de la ventana, es difícil tantear el día, su sabor. Uno solo puede mirarlo a través del cristal e imaginarse cómo es estar ahí afuera, nada más.

Tantas horas en el clima artificial del aire acondicionado lo hacen olvidar a uno que hay un mundo real. Son muchos los días que paso así, encerrado, trabajando, poniendo mi mente y conocimientos a los servicios de mi patrón. Mientras el mundo, el día de sol y temperatura mimosa, suceden allá afuera, tras la ventana cercana a mi oficina.

Años atrás trabajé en otra maquiladora en la que también tenía una ventana cerca. Mi vista era la de un campo de pasto que se extendía hasta la reja. En él, vivían las ardillas. Me gustaba pararme ahí, a verlas, y las envidiaba porque ellas podían estar bajo la luz del sol, como si nada.

En esta ventana, no hay un manto verde frente a mí, solo el gris del estacionamiento. Pero más allá, en el fondo, las copas de los árboles me saludan con sus manos verdes y las aves vuelan en su busca, para completar el saludo. Imagino que la voz del viento trae hasta mí el sisear y el canto de los árboles y de las aves. Pero esto es un puro decir, porque no puedo escucharla. En mi oficina todo es artificial y rutinario, tanto que se antoja de un gris latente bajo las capas de color. No hay naturaleza que disfrutar ni viento que recibir. Solo ese gris plomizo que pesa en las pupilas y en el alma, que quiebra los nervios y la salud.

Por eso aprecio estos días luminosos, estos días claros, llenos de vida. Es como si la música de la Naturaleza se hubiera liberado de la mano del hombre y cantara a sus anchas, con descaro, frente a mí.

La voz de la Naturaleza es más fuerte que la nuestra y nosotros somos tan pequeños, tan insignificantes ante ella. Qué privilegio poder escucharla una tarde de domingo, en mi jardín.

jueves, 15 de mayo de 2014

Sobre la muerte

Morimos cuando dejan de recordarnos.

Olvidé en dónde lo leí (¿lo leí?), pero esta frase guarda un oculto anhelo de inmortalidad. Irreal, por cierto, porque cuando nuestro sistema solar desaparezca, no habrá nadie que nos recuerde. Los hechos así lo dicen: estamos acabando con el planeta y, con ello, cavando nuestra propia tumba. Como humanos, por supuesto. Tal vez vengan otras especies y se adueñen de lo que dejemos atrás.

La muerte nos fascina. No el acto de morir, claro está; sino el hecho en sí, el puntual, el momento... sin embargo, la muerte es tan necesaria para que los ciclos naturales se cumplan. Sin muerte no hay evolución; y sin ella, nosotros, los humanos, no estaríamos aquí. Queramos o no, creamos en ello o no, somos el producto de una larga cadena sucesiva de muertes: miles de millones de seres nos antecedieron y murieron para que pudiéramos existir. Todo esto a consecuencia de una serie de eventos fortuitos: no tenemos exclusividad, el Universo no se hizo para nosotros, no somos especiales.

Y es esta vanidad la que nos hace, a nosotros, los que estamos vivos en este momento, únicos. Tenemos un sinfín de oportunidades para apreciar el valor de nuestra vida. El que no haya un después, algo tras la muerte, hace la vida de cada uno de todos los seres vivos, una oportunidad valiosa, pero no especial. El Universo no está pensado para nosotros. Solo somos parte de él.

Muchas veces he pensado en mi última fecha. ¿Cuál será? Deseo que sea un dato perdido todavía en la bruma del futuro. Una fecha que sea inscrita después de ver crecer a mis nietos. Pido mucho, lo sé: quiero mucho. Nadie tiene la vida comprada. Pero si en algún momento dejara de perseverar en un futuro incierto, en contradicción, daría al traste con mi vida. Es lo irreal, el anhelo, lo que nos hace luchar por un futuro. Es esta eterna necedad, esta terquedad, por aferrarnos a lo vivo, a lo real, lo que nos permite adorar la vida aun y con todas sus vicisitudes, sus dolores, sus injusticias.

La muerte nos fascina, porque, queramos o no, es la única verdad plausible. La única verdad real. Sin embargo, de un modo poético, perduramos en el recuerdo que otros alimentan sobre lo que fuimos. Y cuando esa remembranza se pierda, entonces, habremos muerto de verdad.

martes, 6 de mayo de 2014

Cosmos

Los seres humanos -en resumen: todos los habitantes de este planeta-, somos entes limitados. Hay cosas que no está en nuestras manos cambiar; la humilde aceptación de esta verdad, alivia el peso de estar vivo. Esa es nuestra diferencia con esos seres que llamamos animales, inferiores: que nosotros sabemos que, a consciencia, sufrimos.

Díganme si no: la ignorancia de la propia condición es mejor a la total lucidez sobre ella. Bien, somos unos seres pensantes que caminan sobre la delicada superficie de un planeta en enfriamiento, perdido en medio de ese inmenso espacio que llamamos Universo, solo para evitar afirmar que estamos en medio de la nada.

¿Qué tiene de malo esto? Estar en medio de nada. Es la realidad, creamos o no en ella. Creer, tener fe, son actos irracionales. ¿Por qué? Porque prescinde de los hechos y confía las verdades trascendentales a la nada, a eso que no podemos palpar o demostrar.

Es inevitable pensar que uno es el centro de todo, de la realidad. Pero la vida se encarga de demostrarnos que estamos en un error, equivocados. La humildad nos orilla a aceptar que solo tenemos esta oportunidad, esta vida... nada más. ¿Para qué carajos desperdiciarla en ideologías sin sustento?

La fe es un acto irracional que conduce a conclusiones irracionales. Pero en modo alguno reta a la realidad. El Universo no está pensado para nosotros, de hecho, no está pensado, por tanto, no es de nadie.

Queramos o no, estamos solos, abandonados al inevitable encuentro con seres de otros mundos, inteligencias reales. Estamos en compañía unos de otros, nada más. Solo nos tenemos a nosotros y ya.

Somos, junto con nuestros compañeros "animales", seres errantes, limitados, compuestos del mismo polvo que forma a otras entidades en otros lugares. ¿No es eso maravilloso y REAL? Que exista solo una oportunidad, una chance de levantar la mirada a las estrellas y ver en esa luz del pasado nuestra propia historia. 

La magia existe, es real, solo cuando se avoca a los hechos. Porque esta soledad inmensa cobra sentido cuando aceptamos nuestra condición humana: que no hay más mundo que este y nada más.

lunes, 5 de mayo de 2014

Cinco de mayo, 2014

Un diario no es tal si no registra las experiencias vividas. Por tanto, lo ficticio, lo fantástico -acaso sí, en cierto modo, lo irreal- no tienen cabida en él. Conviene aclarar que su propósito no es el de reportar, con ese alejamiento descriptivo (¿o debería decir: esa descripción alejada?), los sucesos relevantes o noticiosos. No. Un diario es un diálogo interno. Una conversación con uno mismo, quizá. Pero un soliloquio cuya aspiración es ordenar los propios sentimientos, amansar hasta la quietud las hordas desatadas de las emociones. 

Un diario eres tú observándote a ti mismo, con un alejamiento y una cercanía inevitables y necesarios, para lograr entender los ríos de vida y de muerte que corren libres en esas profundas cavernas del subconsciente. 

Un diario son páginas de tu ser expuestas al escrutinio, a la luz de esta realidad, al posible manoseo de otros seres que, como tú, intentan desmenuzar los hechos que nos ocurren, que nos impactan, llenan o vacían... o que no mueven en nosotros nada de nada. También eso se vale: la indiferencia.

¿A qué viene todo esto? Hoy tuve la oportunidad de observar, sin quererlo, las fotografías de cuatro personas abatidas por las fuerzas armadas (sobran las aclaraciones). El horror. La irracionalidad. La repugnancia. No puedo describir lo que en este momento está latente en mí. Por ello, más allá de dar los detalles sobre lo que ocurrió este día en mi ciudad, quiero dejar escrito el grito que hay en mí. Uno hondo, grave y sincero. Un verdadero espanto.

domingo, 4 de mayo de 2014

May the 4th be with you!

Hoy tengo en la cabeza muchas ideas, pero revueltas. Todo empezó con mis sueños de anoche, que arrojaron, como quien no quiere la cosa, un semillero de sensaciones en mi subconsciente.

Ya entrada la tarde, un artículo del periódico sobre filosofía, me ayudó a anudar sentimientos que vagaban dentro de mí, sueltos.

La noche llegó acompañada de la lectura y de una voz femenina que se repite en mi mente: "Me dejaste sola con todo el peso de tu fama".

No recuerdo la cantidad exacta de sueños que tuve, solo sé que fueron muchos. Tampoco recuerdo qué fue lo que soñé. Quedaron en mi mente consciente retazos de esa "realidad". En uno de los sueños tenía yo poderes sobre los objetos: podía moverlos de un lugar a otro, sin tocarlos. También, en la palma de mi mano izquierda, concentraba a voluntad una esfera de calor cuya intensidad y tamaño aumentaban con mi deseo; luego la lanzaba contra lo que yo quisiera. En el sueño tenía enemigos y contra ellos lanzaba la bola de calor, invisible. También soñé a mi abuela materna, difunta. Me aconsejaba no confiar en el automóvil que manejaba en el sueño. Estábamos en Guadalajara, en una casa que, junto con otras, estaban en la orilla de un camino y, tras ellas, una barranca amarilla. Era un día sin sol, en penumbras, como una media tarde nublada en la que no se adivina si está próxima la noche. Era un día a media luz, nublado y pardo. Sin embargo, todo era claridad. Y la voz de mi abuela, su rostro que yo muchas veces había mirado cuando era niño, me decía que no confiara en mi carro. Lo había estacionado cerca de ahí y, cuando fui a buscarlo, no estaba. Que roben mi coche es un sueño recurrente. Por último, el baño. Tenía que ir, pero cuando iba no podía encender la luz antes de entrar. Había muchos baños en esa casa (aclaro, este ya es otro sueño) y baño al que entraba, permanecía a oscuras por más que intentara encender la luz. Eran baños con regaderas, sanitarios solos, o unas habitaciones con tina y demasiado espacio. Hasta baños de escuela dispuestos como en laberinto. Cuando por fin pude encontrar uno, la taza calló a un lado y dejó un enorme boquete en el piso del que manaba un chorro de agua sucia; no eran aguas negras, solo un agua parda que no dejaba de fluir.

El artículo que leí era sobre un filósofo coreano radicado en Alemania. Prácticamente, lo que este señor dice es que nos encanta el chisme, porque nuestra propia vida ha dejado de interesarnos. Bueno, estas son mis palabras, describiendo lo que yo entendí: que exigimos transparencia a nuestros gobiernos, porque queremos conocer los oscuros secretos de nuestros gobernantes; no porque nos interese gobernarlos a ellos. Tanto gobierna el poder, como el ciudadano. Es mutuo, y si esta delicada armonía se rompe, ocurre el desastre que hoy vemos. También tocó un tema personal: la depresión. Dice que es un acto narcisista, porque se olvida del otro. En mi tierra, o mejor debiera decir, en mis tiempos, eso se denominaba: egoísmo.

Por último, la frase "Me dejaste sola con todo el peso de tu fama", nació al ver una fotografía de un sonriente GGM. No pude evitar acordarme de Einstein, que también dejó sola a su mujer cuando murió. Ni de Pilar, la eterna compañera de Saramago. ¿Qué sucede con esas mujeres que han estado al lado de esos grandes hombres... hasta que se mueren? ¿En qué se convierten sus vidas sin ellos? Veo aquí un tema, un territorio para explorar.

Por cierto, dicen el tuiter y el f que hoy es el día de Star Wars. La serie favorita de uno de mis hijos. May the 4th be with you!

sábado, 3 de mayo de 2014

Mi recuerdo más antiguo

El recuerdo más antiguo que guardo es el de la noche en que perseguí sobre la banqueta a un gato negro. La calle estaba vacía y las casas, carentes de bardas o cercas, dormitaban su sueño incipiente a la vera de ese camino desierto. Según los cálculos de Lupita, mi mamá, tendría cuatro años. En un punto de la persecución, el minino se detuvo y volteó a verme: sus ojos se iluminaron con un brillo ámbar que me lleno de miedo. Me detuve, el animal me miraba con esos ojos refulgentes que no se me quitaban de encima. Regresé impulsado por el terror genuino de un niño de cuatro años. Era la primera vez que sentía el miedo a consciencia y era como un hervidero en el estómago.

Muchos años después, rebasados los nueve años, sentí en la misma víscera una emoción distinta, pero de igual intensidad. Ocurrió un día en que Lupita nos dio la noticia, a mis hermanas y a mí, de que el primo Daniel vendría ese día de visita. Mi alegría fue tan grande, que mi estómago se contrajo y luego impulsó mis piernas en numerosos brincos, los brazos alzados, la plena y total alegría escapando por mi garganta. Sentí esa explosión varias veces, durante varios años después. Hasta que desapareció por completo cuando llegó la pubertad y con ella los continuos sueños en que volaba con absoluta libertad. Esos sueños eran diarios y numerosos, así como mis poderes que controlaban los eventos oníricos y los sueños mismos y hasta qué soñar. Ser niño, uno de verdad, te da el control sobre las historias que te cuentas a ti mismo, mientras duermes.

Hoy, adulto, me cuesta volar en sueños. Ni qué decir de sentir tamaña alegría. En cambio, el miedo, aunque distinto, es más aterrador e intimidante, aunque no menos imaginario, irreal. Mi mente es amiga y mi peor enemiga, los dos a la vez. Mis sueños de adulto son un reflejo de mi propia realidad, una versión exagerada de ella.

jueves, 1 de mayo de 2014

Basura y angustia, las dos caras de la misma moneda

Cada vez que tiro el envase de un producto, no dejo de pensar en su destino. Ni en su pasado. Me da tristeza que un objeto se vuelva inútil al vaciar su contenido, que ya no sirva para nada: de pronto es, así nada más, basura.

Pensemos en todos los recursos necesarios para su creación: desde las mentes que los concibieron hasta las cadenas de suministro que llevaron los materiales para su fabricación, las personas (obreros, supervisores, gerentes, ingenieros, personal de limpieza, choferes, guardias de seguridad, etcétera), y, por supuesto, el consumidor (cliente es el que paga, los demás somos mirones). Un gran número de recursos intelectuales, financieros y humanos, de empleos primarios, secundarios y vaya usted a saber de qué otro orden, para consumar ese intercambio comercial: la compra-venta.

Lo que sucede después es lo que acrecienta mi angustia: el producto, o mejor dicho, el contenido se consume y lo demás se vuelve en un abrir, mas no cerrar, de empaque... en un objeto inútil y estorboso. Un desperdicio. Y de alto costo. Conservar los millones de desechos que se generan al consumir los productos que compramos implica un costo no solo económico, sino ambiental, y, me atrevo a decir, filosófico.

¿Qué clase de ser fabrica un objeto que, en realidad, nadie necesita, y que gracias a la mercadotecnia (ese eufemismo del lavado cerebral, de la manipulación de nuestros caprichosos deseos), son vendidos a millones de personas como usted y como yo en quienes ha sido creada una necesidad antes inexistente y siempre innecesaria? ¿Qué clase de ser es éste que delimita su responsabilidad a la venta y a la compra de ese objeto y se desentiende del destino final del empaque? La última pregunta involucra a dos entes: el que lo vende y el que lo compra. Ambos son responsables. ¿Y el que permite el intercambio comercial?

Sea lo que sea, los empaques de varios de los productos que he adquirido a lo largo de mi vida, yacen en los vertederos de basura. Estorbando, contaminando, pudriéndose con lentitud, unos con la velocidad de los siglos y de los milenios (según los expertos).

Cuántos de esos mismos productos cruzan las fronteras que los tratados comerciales han abierto de par en par a los objetos, mas no a las personas: millones. Millones de desperdicios que, hay que aceptarlo, son exportados a otros países.

El capitalismo tiene sus lados oscuros, esos que todos miramos de soslayo, pero que, queramos o no, vacían por debajo de nuestras conciencias, sin darnos cuenta, nuestros espíritus. Lo que queda es esta ausencia desesperante: la angustia.

Abril 30, 2014

El tema principal de hoy en las pláticas y publicaciones de las redes sociales fue la balacera de ayer en mi ciudad. Hasta el periódico local, cuya tónica principal el último lustro hace honor al lema "calladito me veo más bonito", le cedió la plana principal, la nota que impacta, la que vende.

De verdad, me gustaría convencerme de que los tiempos han comenzado a cambiar. Pero me cuesta tanto. Llámenle escepticismo, prudencia, negativismo si quieren; el caso es que ante tanta necedad oficial, tanta cerrazón de los gobernantes, tanto empeño en negar la realidad... Lo voy a plantear de este modo: un adicto, que durante mucho tiempo ha negado su enfermedad decide, por fin, una mañana aceptar su padecimiento. ¿Quién va a creer que puede recuperarse del desastre?

Dicen que los hechos hablan por sí mismos, que "por sus frutos los conoceréis", o, más simple, que "el pez por la boca muere". Pero aquellos que han muerto por las balas y han sido anulados en los discursos oficiales, los que han sido arrebatados de la manera más absurda de sus familias, de sus seres queridos, de nuestra ciudad, en suma, de la vida... ¿quién hablará por ellos? ¿Quién hará valer que una vez existieron, que fueron personas comunes y corrientes, que estuvieron entre nosotros sin ser notados porque estaban vivos? Y ahora que están muertos son igual de irreales, unos fantasmas cuya memoria es reivindicada por unos pocos, los suyos, que padecen el dolor de su ausencia, el horror del modo en que fueron tomados de manera fortuita, el hecho de que ya no están, no porque se fueron, sino porque fueron silenciados antes de levantar la voz... ¿Quién habla por ellos?

La memoria es corta porque los eslabones que unen los recuerdos se rompen, se pierden entre generaciones próximas o inmediatas. El dolor es la llama de una vela que apaga el soplo de la muerte.

En cincuenta o cien años seremos historia. Con suerte, seremos objeto de la curiosidad de personas que mirarán hacia atrás pregúntandose cómo vivíamos, qué sentíamos, cómo hicimos para no perder la esperanza. Esas gentes ignorarán lo que hoy ya sabemos: que sentimos y padecemos lo mismo que ellos, a pesar de la distancia que ha interpuesto entre nosotros el tiempo. Y ellos, así como lo hacemos nosotros, en algún momento de sus vidas, se darán cuenta de que solamente están extendiendo el monólogo de la Humanidad: por qué. El mismo soliloquio que en este momento perpetuamos.

No creo en los viajes en el tiempo, porque no detecto a sus viajeros, emisarios, chingado: vacacionistas, alrededor de mí. Pero, si lo piensan bien, en cierto modo, los viajeros en el tiempo son una falacia: de ser posible, iríamos al pasado cargados con un entusiasmo pueril, solo para toparnos con la verdad de que ahí atrás, estamos nosotros mismos, con otros nombres y otras costumbres... pero siempre, no importa la fecha o el lugar, los mismos entes. La misma esencia.

El tema principal entre los seres racionales es la vida y la muerte, el dolor, la irracionalidad del Universo. Pero que esta verdad te llegue a punta de balas que han sido disparadas por semejantes tuyos, otros igual a ti en esencia, cala hondo. Entonces, ese dolor se vuelve TU DOLOR, solo tuyo... y no hay historia o viaje en el tiempo que logre redimirlo. Este eslabón es inquebrantable, a pesar de la muerte, de la distancia en el tiempo. A pesar de todo.

martes, 29 de abril de 2014

Abril 29, 2014

¿Dónde está esa realidad que tildaban de ficticia, esa realidad imperfecta que, tal vez de un modo irracional pero convincente, llenaba nuestras vidas?
¿Cómo les explico a mis hijos, con qué cara les digo, para tranquilizarlos, "la vida es así"?
¿Lo es?
Recuerdo tardes de sosiego bajo un sol que se iba a descansar, para abrir paso a una noche plena de sueños, de anhelos, de expectativas infantiles, de alegrías mansas.
No había monstruos detrás de las puertas ni espectros debajo de las camas.
Latente estaba un mundo dispuesto para nosotros a ser explorado, a ser vivido con paciencia y curiosidad. Un mundo vasto.
Y las noches estaban llenas de los murmullos de las estrellas, de los cantos de la Naturaleza, de lunas empeñadas en repetir los mismos rostros conforme avanzaba el mes... y se acumulaban los años.
Y la familia. Mi familia. A mi lado.
El tiempo pasa, deshoja la flor de mi esperanza que unos fantasmas reales, crueles, carentes de piedad, amenazan con aniquilar.
¿Dónde está eso que era mi vida?

sábado, 26 de abril de 2014

Esto que llamamos...

No es malo pensar que un texto merece corrección. El trabajo verdadero tiene cicatrices, digo yo. Es como ver un atardecer, a la orilla del mar, del mundo, de ese pedazo de vida que anhelamos mantener eterno.

Una madre duerme a media noche. Su sueño no lo perturba este puñado de dudas, que iguala en cantidad a las estrellas del cielo primaveral.

Hoy digo: equinoccio en pleno marzo. Mañana, verano. Qué importa. Cuantas nueces deja caer un nogal, es cuantas dudas, multiplicadas por un millar, suelto al viento.

Unos dirán que soy pretencioso; otros que no valgo nada. Pero mi espíritu me dice que detrás de las palabras está el viento... feroz... como si nada... solo porque tiene que estar ahí.

¿Qué más da tener un nombre? ¿Qué más da tener nada? Al final... ¿qué es lo que permanece?

Te asesinan, te mutilan, te acaban.

¿A quién le importa?

Puede ser en un gimnasio, que vean el video de tu muerte en you tube. O tal vez, nadie lo vea.

Si no te matan, de veras. Vives en la orilla del miedo, de la realidad.

Tu colon se hincha, tanto como tu cuerpo... solo porque no puede rebasar el común denomidador: esto que llamamos hombre... o mujer... ser humano... esto que llamamos...

lunes, 21 de abril de 2014

Abril 18, 2014

Viernes Santo. Ayer murió Gabriel García Márquez (GGM), en Jueves Santo, como Úrsula Iguarán, su querido personaje de Cien años de soledad: otra coincidencia, de las que está llena la vida. 

Por este hombre, GGM, quise aprender a escribir. Ya "escribía" antes, desde la secundaria. Pero leer a GGM despertó en mí unas ansias tremendas de decir cosas. Como buen principiante, intenté imitarlo... ¡Y me salió tan mal! Hasta me atreví a asistir a un taller literario, donde pude confirmar mi ignorancia literaria. Haber leído y escrito mucho, no me hizo lector ni escritor.

Pasaron los años y con ellos muchas lecturas. Entré a otro taller y me di cuenta de que estaba peor que al principio: sí, había leído muchos libros, pero no les había puesto atención. Los leí mal. Y eso se nota en mis textos.

Escribía esta entrada, mientras los helicópteros volaban sobre la ciudad. Mi esposa preparaba la comida (que daríamos después de las siete de la tarde... pónganse en nuestro lugar, son cuatro días de descanso seguidos, hay que aprovechar dormir), me embarga una pena que no logro explicar. En mi cabeza bullen historias, pero no logro pasarlas al papel, no del modo que yo quisiera. Me gustaría que no sea la misma voz que se encuentra en lo que he escrito, que fuera algo diferente.

Las palabras deben decir algo, dicen. Solo deben contar una historia y nada más. No estoy de acuerdo: las palabras deben hacer algo más que contar. Deben hablarle a esa persona que somos, a quien nosotros mismos no nos atrevemos a dirigir la palabra, y decirle que no está solo en este mundo que llamamos realidad.

Las palabras están ahí, la hoja está en blanco: la mesa está puesta.

Buenas noches.


viernes, 18 de abril de 2014

Diario de Tehuani

Hoy compré "El último cuaderno" de José Saramago y se me ocurrió transformar este blog en un cuaderno de ejercicios y un diario. El objetivo del primero es publicar los textos que he presentado en el taller al que asisto; el del segundo, se explica solo.

JAT (entrañable amigo y compañero del taller) me ha preguntado en varias ocasiones si llevo un diario. No.
Me gustaría llevarlo, uno personal, propio y para mí. Por tanto, mi intención al modificar el perfil de este blog no es el de crear dicho documento íntimo. Más bien, me gustaría crear un diálogo que vaya más allá de la plática unipersonal que se crea con un diario personal: uno platicando con uno mismo.

Decir lo que pienso, solo para dejar un registro de lo que, en cierto momento, pensaba (hoy), y que con seguridad no será lo mismo en unos años (mañana). Muchas veces me he sorprendido al releer mis manuscritos; parecen escritos por otra persona, tanto que he llegado a preguntarme: yo escribí esto. Así que me gustaría sorprenderme en unos años y regresar a estas palabras y cuestionar al autor de ellas. Tal vez me guste, o quizás no. Pero una cosa será segura: quien las relea no será el mismo (yo).

miércoles, 2 de abril de 2014

Una tarde sin Facebook

[Facebook se cayó: no hay nada interesante qué hacer]

La realidad, el mundo, me rodea. Escucho a mis padres, allá abajo... ¡Qué hueva!

Enciendo el televisor. 

Un programa interesante: sobre las estrellas del espectáculo... pero son las viejas. Cambio de canal varias veces: una película gringa... repetida. Intento anclar mi atención en los canales de música. ¡Hey, esa rola me gusta! Qué pena que no haya aquí un botón de "Me gusta"... me entra la nostalgia. Tomó mi celular y entro al Facebook. Nada.

Vuelvo al televisor.

Un chef, que no sé quién es, prepara mole de pollo. Se ve rico... Creo que tengo hambre. Voy por un sangüich: dos rebanadas de pan... no, mejor tres... cuatro jamones... mostaza... ¡Y listo!

Estoy frente al televisor de nuevo. A ver... ¿Ya regresó Facebook? No. ¡Chingada madre! ¡Qué puto aburrimiento! ¡Oye, ese mole se ve bien rico! Mmmmm, no estaba mal este sangüich, eh.

Déjame ver qué más hay en la tele.

Mamá me grita desde abajo. Me pregunta si los voy a acompañar a hacer el mandado. No contesto. Pregunta, bueno grita de nuevo. "Está bueno, sí voy".

Pero antes, a ver, Facebook. Parece que regresó. "¡Mamá, mejor no voy! Tengo mucha tarea". Se va con papá, echando pestes. Así son ellas.

¡Falsa alarma! Pinche feis, ¿valiste madre o qué? ¡Ash!

Bueno, a ver qué hay en la televisión. ¡Mira qué ropa tan chida! ¡No mames! Ojalá y estuviera así de flaca. Ya no voy a busguear tanto. Mmmm, creo que me pondré a dieta. ¡Ay, pero eso de comer lechugas y hierbas, como las vacas, no me gusta! Bueno, ¡pero ya parezco una vaca! Ja, ja, ja, ja...

Neta que ya no aguanto este pinche aburrimiento. En la puta tele no  hay nada qué ver. Ojalá tuviéramos los canales tres equis. ¡De veras! A ver, bendito Internet. ¡Ay, no mames! No hay Internet. :(

Chingado. Bueno, deja veo ese programa gringo. Pinche doblaje, güey. Del nabo, la verdad. No. Mejor le cambio. ¡Ay, ya son del nabo todos los canales! Bueno, mejor le pongo en los videos. Así, ya de perdis, me entretengo escuchando música, mientras me pinto las uñas.

¿De qué color me las pintaré hoy? Negro. Sí, hace mucho que no uso ese tono. A ver, color negro, ¿dónde estás? ¡No pinches mames! ¿Se fue la luz? ¡Ay, no! ¡Ahora sí me da! ¡No mames! ¿Qué voy a hacer aquí sola sin tele ni Internet ni feis? ¡Qué pinche vida es ésta! ¡No mames! ¡Ojalá y hubiera un pinche botón de "No me gusta" y otro de "Chinguen a su madre"!

domingo, 30 de marzo de 2014

Alarma

Lo despertó la alarma antirrobo de la casa del vecino. Pensó que Gabriel había olvidado desactivarla otra vez, antes de entrar, pero el artefacto siguió aullando.

Entonces despertó. Abrió los ojos; no se levantó de la cama. De la casa de Gabriel escuchó unos gritos que, entre insultos, ordenaban a sus vecinos a salir. Luego, a la mujer que gritaba desesperada, el llanto de los dos niños… al escucharlo, la piel se le erizó y una quemazón aceitosa resbaló por su estómago. “¡Los niños!”, pensó. Quiso llorar, y lloró; quiso gritar, pero se contuvo: el miedo, desbocado en su cuerpo, se lo impidió.

La madre suplicaba. Gabriel pedía a sus captores que no se llevaran a su familia, que la bronca era con él… solo con él… pero no lo escucharon. Los metieron a todos en los vehículos.

Escuchó el rechinido de las llantas y el rumor agitado de los motores perderse en medio de la madrugada. Solo se quedó la alarma con su lamento cuadrado, gris, ajeno.

Ya no pudo dormir. La impotencia y el miedo no se lo permitieron.


“Por un lado es bueno que no tenga familia”, se dijo, ahogando el grito que comenzaba a escalar su garganta. La alarma se lamentaba todavía. Respiró profundo y se dio cuenta de que se había orinado.

jueves, 20 de marzo de 2014

Zeta


El olor del café se cuela bajo la puerta. Escucho ruidos de trastes, abajo en la cocina, y el parloteo del televisor. Mamá prepara el desayuno. Siento un borboteo en el estómago, quiero levantarme, pero la sábana no me libera, me abraza, lánguida, tibia. El rumor del aparato del aire acondicionado me arrulla: es un susurro, un canto manso como el de un río que dormita en medio del bosque.
La mañana está en mi habitación: tranquila, atemporal. Su luz toca mis párpados y ellos se dejan acariciar, querer… adormecer. Mi respiración se relaja y mis pies descalzos asoman por el borde de la sábana. Siento frío.
El aroma del café se mezcla con el de huevos con chorizo. Mi estómago protesta. Me niego a despertar, a levantarme. Allá abajo los ruidos aumentan, ya no son los trastes ni el televisor, son pasos fuertes, la puerta se abre de golpe, alguien grita. Mis ojos están vendados, mis manos atadas detrás de la espalda. La persona es  un hombre, me levanta de los cabellos y me arrastra fuera del recinto que huele a humedad y orines. En la habitación contigua se escuchan el llanto y las súplicas de alguien que pide le perdonen la vida. Me hincan junto a él, a mi lado derecho, en mi oreja, siento el soplo fugaz de un golpe sordo, luego el sonido de un bulto que choca contra el suelo y… silencio.
Sigo yo. Me insultan y golpean. En mi frente se estrella un escupitajo caliente que resbala por mi mejilla. Del lugar donde el bulto cayó, me llega el olor de la mierda. El gruñido metálico de una pistola que se prepara para disparar resuena sobre mi cabeza. La voz enojada de un hombre maldice la última letra del abecedario, una y otra vez. Se refiere a mí. Oigo el último sonido de mi vida: un disparo, mientras mi pensamiento se aferra a mi madre. La extraño.

viernes, 28 de febrero de 2014

Otro sueño

La noticia del fin de semana pasado fue la detención del narcotraficante "El Chapo". La semana siguiente estuvo, literalmente, plagada de notas sobre él, sus riquezas, su detención, en el radio una supuesta plática con él. En un noticiero de la televisión dijeron esta mañana, ya viernes: estamos "enchapopotados" (el chapopote es una resina del petróleo que se utiliza para pavimentar las calles). Esta insistencia mediática -en el internet, la televisión y la radio- dejó una huella en mi inconsciente.

Anoche soñé que vivía en un cuartito. Era de noche. Una balacera se desató y mi esposa y yo quedamos en medio de ella. El cuartillo no pudo protegernos: las balas llovían, literalmente, y agujereaban el techo y los muebles. Salimos a buscar un refugio entre tanto cuarto que había, sin encontrarlo. Podía escuchar el zumbido de las balas, las detonaciones, los gritos de los soldados y de los criminales. Sentí tanto miedo de no poder proteger a mi mujer ni a mí mismo. Luego la lluvia comenzó, suave, silenciosa, como un estorbo que llenaba de lodo las calles. Odié la indiferencia de las personas hacia nosotros, los que huíamos; la codicia de unos, el deber tajante de otros. Odié al ser humano y la maldad de la que es capaz. Odié la lluvia, la falta de refugio, las balas y la muerte. Me odié a mí mismo, mi propia vida que me tenía, quizá de manera casual, en medio de todo eso. 

Entonces desperté. Vi la realidad de mi recámara, hundida en la noche y el silencio de la madrugada. Mi esposa a mi lado, dormida, tranquila. Yo mismo, intacto. Entonces, odié esa parte de mí, que no me deja conciliar un sueño tranquilo, que no me da solaz, a pesar de la vida. ¿De qué sirve estar vivo, si el sueño te recuerda que lo estás?

¿Por qué hace uno un blog?

Al crear este blog, "Cuaderno de ejercicios de Tehuani", tenía en mente publicar los ejercicios que presentara en el taller literario en que me inscribí, el día de mi cumpleaños, el año pasado (2013). Soy honesto: no he cumplido el objetivo. 

He escrito desde la secundaria. La primera vez que publiqué fue en la gaceta de la universidad, un poema. Luego otro. Ambos con el pseudónimo de Mictlampapepetl. Diez años después, en un periódico de mi ciudad: tres o cuatro cuentos, no lo recuerdo, con mi nombre. De ahí llené las páginas de un diario con minicuentos que escribía los domingos y con recuerdos de mi infancia. Escribí varios textos de evocaban experiencias que me marcaron o que, simplemente, venían a mi mente. Todas al lado de mis familiares.

Pasaron otros diez años y entré a mi segundo taller. Ya no he publicado nada, pero he escrito mucho. Y, también, he fallado mucho. Me he dado cuenta de que este oficio, si se hace con amor y dedicación, no te da frutos, en el sentido de que por sí solo no te abre puertas. Debes dedicarle mucho, mucho tiempo, para alcanzar un logro modesto o ínfimo.

Publicar. Publicar. ¿Para qué publicar? Hoy en día la tecnología te permite hacerlo. De hecho, lo haré cuando comparta este texto. ¿Y qué he logrado? Comunicar una idea, tocar puertas. Pero no, escribir.

Me gustaría compartirles mis textos, los ejercicios del taller.Quizá un día lo haré. Hay tanto que decir.

jueves, 20 de febrero de 2014

Envidia

La tarea de hoy, 19 de febrero, es un cuento cuyo tema central es la envidia.

¿Qué no se ha dicho sobre la envidia? Quisiera escribir aquí una sesuda disertación sobre este pecado capital, cuya posición ordinal la verdad desconozco, para adornar y "enriquecer" esta entrada. Sin embargo, no recuerdo, de ninguna de mis lecturas, que hayan, siquiera, rozado este tema.

Puedo hablar, eso sí, de lo que me ha tocado vivir. De mis propias vivencias.

Tuve un jefe que, cito, "no vas a llegar a esa posición antes que yo". O sea, no iba este pobre hombre a conseguir ese puesto antes de la edad que él lo consiguió. En otra ocasión me dijo, "mientras yo esté en esta compañía, tú no pasarás de ese puesto". Y no pasé... ni cuando se fue. En sí, no fue tanto culpa de él. Para qué le doy tanto crédito. Mi timidez y mi falta de relaciones ayudaron en ello. Ergo... yo contribuí.

Yendo más atrás, a la secundaria. Un compañero hizo y deshizo para golpearme. Nunca lo logró. Una tarde, al salir del colegio, juntó a un grupo de amigos y me estuvo, como dicen aquí en el norte de México, "venadeando", lo que en buen español quiere decir, acechando. Yo solía hacer el camino a casa junto a un amigo que tomaba la pesera (transporte público). Ese día, no recuerdo bien por qué, no fue así. Mi amigo se fue primero y lo confundieron conmigo. Lo golpearon y amenazaron, pensando que era yo. Él, nunca olvidaré esto, regresó hasta el colegio y me alertó. No regresé hasta que mi madre fue por mí.

Hoy, al salir del taller, mi compañero y yo, vimos a un indigente (como les dicen en México a los pobres que no tienen casa y duermen en la calle) durmiendo con sus cosas en la acera de una iglesia católica de construcción moderna. Está en una colonia de ricos. Yo le dije: ahí hay un cuento sobre la envidia. Y di varios ejemplos: él indigente que envidia a los ricos; el rico, recién secuestrado (bueno, no resulta creíble ahora, pero así lo comenté) que pasa en su coche y envidia al pobre porque no tiene riquezas que cuidar ni rescates que pagar. Mi compañero dijo que leyó una historia en el Internet (¡maldito Internet!) que hablaba de algo parecido. Entonces, le propuse cambiar la historia: el indigente envidia al rico, por rico; y el rico, recién secuestrado, al pobre por pobre: ambos unidos en la misma historia. Ambos reímos. Luego añadí a un perro que orina al indigente dormido y al coche del rico (inverosímilmente estacionado en la calle).

La envidia, pienso, debe ser la más grande de las inseguridades. Es una soledad, sin sol ni desierto, que agosta el alma. Un vacío incapaz de ser llenado y, por tanto, sin oquedad. Es tener un pie en la muerte y padecerla en vida. Como intentar respirar bajo el agua putrefacta.

Tengo que escribir un cuento sobre la envidia. Más bien, la tarea es escribir un cuento sobre la envidia... ese sentimiento silencioso...

Taller de primavera

El 5 de febrero inició el taller de primavera. Esta vez hay nuevos compañeros que, a pesar de su inexperiencia en talleres literarios, están aportando mucho. Quizás nunca hayan escrito un cuento. Son sus lecturas. En sus ejercicios, dos hasta ahora, se asoman, tímidas. Me gusta, así como el botón del Facebook. sus puntos de vista, o, mejor dicho, sus valoraciones sustentadas, como he dicho, en la lectura, aportan un valor que yo no tengo: el de los años y años de continua y apasionada... lectura.

La verdad siento temor de no entender, como ya me pasó en este taller, los comentarios sobre autores que jamás he leído. Me siento ignorante. Ellos dicen, de mí y un compañero a quien conocí hace diez años en otro taller, que "se nota que tenemos experiencia". La verdad es que no. Ellos, varones añosos, qué pueden ignorar de la experiencia. Ya quisiera yo tener sus conocimientos a mi edad. Armar frases poéticas, escritos redondos, como ellos dicen, no es tan difícil. Se requiere práctica y malicia. Pero la experiencia... nada la suple. 

Los admiro a los tres. Mira que venir a un taller, con más de cinco décadas a cuestas, y decir que dos simples jóvenes, inexpertos en la vida, sabemos escribir, que tenemos oficio... No, para nada. Ellos, y nuestra querida maestra, son los que aportan.

Yo soy todo oídos... y un montón de hojas en el cesto de basura.